lunes, 7 de agosto de 2017

Mi poema favorito de Charles Baudelaire

El Heotontimorumenos

Yo te golpearé sin cólera
Y sin odio, como un leñador,
¡Como Moisés la roca!
Y haré de tus párpados,
Para abrevar mi Sahara,
Brotar las aguas del sufrimiento.
Mi deseo preñado de esperanza
Sobre tus lágrimas saladas flotará
Como un navío que zarpa,
Y en mi corazón que embriagarán
¡Tus queridos sollozos resonarán
Como un tambor que bate a la carga!
¿No soy yo un falso acorde
En la divina sinfonía,
Gracias a la voraz Ironía
Que me sacude y me muerde?
¡Ella está en mi garganta, la grita!
¡Es toda mi sangre, este veneno negro!
¡Yo soy el siniestro espejo
Donde la furia se contempla!
¡Yo soy la herida y el cuchillo!
¡Yo soy la bofetada y la mejilla!
¡Yo soy los miembros y la rueda,
Y la víctima y el verdugo!
Yo soy de mi corazón el vampiro,
—Uno de esos grandes abandonados
A la risa eterna condenados,
¡Y que no pueden más sonreír!
baudelaire

Pasar de largo

Soy de cuerpo resistente desde que tengo uso de razón y he pasado muchas noches de largo en celebraciones relacionadas con el amor. Cuando se terminó mi primer romance no podía creer que eso pasara y me castigaba leyendo a las dos de la mañana, fue ahí, más o menos en 1999, cuando aparecieron los arrebatos místicos y me sentía como una mujer muy religiosa leyendo los clásicos desde las dos de la mañana hasta que viera amanecer, luego me acostaba y me sentía pura. Amaba la noche como la amaba Kafka y sentía la aristocracia de los que pueden jugar con el tiempo. Leer en la madrugada era una especie de placer aristocrático y de castigo. Si había disfrutado tanto tiempo con un hombre y no me importaba dejar de dormir por él por qué no podría disfrutar con la misma intensidad leyendo a Keats, a Yeats y a Rilke como si se tratara del mejor banquete y a eso me dedicaba con pasión. Como se podrán imaginar, me volví cultísima y superé el duelo amoroso.
Hoy se me pasaron esas ideas por la mente. Son las 2:18 a.m. y ya publiqué dos posts sobre el alcohol y ahora escribo sobre el placer que significa escribir por primera vez en la vida a la hora en que todos duermen y descansan.
¿Cómo me siento?
Como una Santa
Y ahora se me antoja ir por un café y sentir que vivo en un castillo en el que soy la reina sin nadie que me pregunte por qué estoy digitando a esta hora en vez de estar durmiendo y cómo así que me dio por tomarme un tinto a las 2:22
Terminé
Sor-Maria-Jesus-de-Agreda

El vino del asesino

Mi primer contacto con el alcohol fue hace casi cuarenta años, de la forma más inocente, sin restricciones de ningún tipo y en plan familiar. En mi casa tenemos el gen del borracho y lo hemos administrado muy bien, no he asistido al grupo de Alcohólicos Anónimos y nunca se me ha pasado por la mente asistir porque desde que tengo uso de razón sé lo que es la templanza porque leí en la infancia a Plotino y a Milton y ellos son mis Maestros.
Aunque aspiro a la santidad todos sabemos que en las iglesias se bebe mucho vino. Bebo desde hace mucho tiempo pero no tengo problemas con el alcohol y la meta es no renunciar a este placer mientras tenga vida y el estómago me aguante.
Como me gustaba leer y me gustaba el sabor y la sensación que me producía el alcohol, leí este poema de Baudelaire hace mucho tiempo y quedé tan fascinada como cuando era niña, tenía gato y leía los poemas que este mismo maestro le componía a estas fieras en miniatura para compararlas con las mujeres.
De la colección de los poemas al vino este es mi favorito de todos los tiempos, me lo sé de memoria desde 1979.
Con ustedes: El vino del asesino.

¡Ya se murió, por fin, y quedé libre!
Ahora sí me pondré borracho en serio.
Qué manera de romperme los oídos
cada vez que yo volvía sin dinero.

Soy tan feliz como si fuera un rey;
el aire es puro, el cielo es admirable…
Y pensar que fue un verano semejante
aquel en que me enamoré de ella.

La horrible sed que me destroza,
para calmarla sería necesario
tanto vino como el que cupiera
en su sepulcro – lo cual no es decir poco.

Yo la arrojé al fondo de ese pozo,
yo mismo fui tirando sobre ella
todas las piedras que pude encontrar cerca.
Comienza el desafío de olvidarla.

En nombre de los tiernos juramentos,
de los que nada puede desligarnos,
y con la excusa de reconciliarnos,
y regresar a aquellos buenos tiempos

de la embriaguez primera, le pedí
que viniera a una cita por la noche.
Y ella vino, nomás, la pobre loca.
¡Todos estamos más o menos locos!

Ella aún conservaba su belleza
aunque ya un poco ajada. En cuanto a mí
la amaba demasiado: suficiente
razón para decirle: Has de morir.

No podrán comprenderme. ¿Ni siquiera
de entre tantos estúpidos borrachos
uno que sueñe en las noches mórbidas
con hacer del vino una mortaja?

Toda esa crápula que se cree invencible,
como si fueran máquinas de hierro,
ningún verano y ningún invierno
jamás supo en verdad qué es el amor,

con sus encantamientos de negrura,
con su cortejo de gritos de ultratumba,
con su veneno en frascos, con sus lágrimas,
con el chirriar de cadenas y osamentas.

Y aquí estoy pues, sin trabas, solitario.
Y por la noche me agarraré una tranca,
ya sin temor y sin remordimientos,
hasta caer en tierra sin remedio,

para dormir a pata ancha como un perro.
Y que las ruedas  pesadas de los carros,
cargados como están de piedra y barro
o un tren implacable, lo que sea,

revienten mi cabeza de culpable,
o me corten el cuerpo por el medio:
lo mismo me da reírme de ellos,
que de Dios, que del cielo, que del Diablo.
baudelaire

La impotencia del discurso veraz

Pero ahora puede plantearse la pregunta: ¿qué razón se aduce para que, en el juego democrático, el discurso veraz no se imponga al discurso falso? ¿Cómo puede ser, en resumidas cuentas, que un orador valeroso, un orador que dice la verdad, no sea capaz de granjearse el reconocimiento? O, para decirlo de otra manera, ¿cómo puede ser que gente que escucha al orador que dice la verdad no está en estado y condiciones de entenderlo, escucharlo y reconocerlo? ¿por qué y cómo, por qué motivo, la división entre el discurso veraz y el discurso falso no puede hacerse en la democracia? Creo que nos encontramos aquí ante un problema fundamental y que es preciso tratar de comprender. ¿Qué factores motivan que en democracia el discurso veraz sea impotente? ¿La impotencia de ese discurso le es inherente? Indudablemente no. En cierto modo, se trata de una impotencia contextual. Es una impotencia debida al marco institucional  en el cual ese discurso veraz aparece y procura hacer valer su verdad. La impotencia del discurso veraz en la democracia no obedece, claro está,  al discurso mismo, al hecho de que sea veraz. Obedece a la estructura propia de la democracia. ¿Por qué no permite ésta la discriminación entre el discurso veraz y el discurso falso? Porque en ella no se puede distinguir al buen y al mal orador, el discurso que dice la verdad y es útil a la ciudad, del discurso que miente, adula y es perjudicial.
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Decir a los individuos la verdad de sí mismos que se oculta a sus propios ojos

El parresiasta interviene, dice lo que es, pero en la singularidad de los individuos, las situaciones y las coyunturas. Su papel específico no es decir el ser de la naturaleza y las cosas. En el análisis de la parrhesía se reencontrará de manera constante esa oposición entre el saber inútil que dice el ser de las cosas y el mundo y el decir real del parresiasta que siempre se aplica, cuestiona, apunta a individuos y situaciones para decir lo que en realidad son, decir a los individuos la verdad de sí mismos que se oculta a sus propios ojos, revelarles su situación actual, su carácter, sus defectos, el valor de su conducta y las consecuencias eventuales de la decisión que tomen. El parresiasta no revela a su interlocutor lo que es. Le devela o lo ayuda a reconocer lo que él es.
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Sócrates parresiasta

Su deber, su obligación, su responsabilidad, su tarea, consiste en hablar, y no tiene derecho a sustraerse de esa misión. Lo veremos precisamente en Sócrates, que lo recuerda a menudo en la Apología. Ha recibido del dios la función de interpelar a los hombres, tomarlos por el brazo, hacerles preguntas. Una tarea que él no abandonará. Aún amenazado de muerte, la cumplirá hasta el final, hasta su último suspiro
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El ser humano y su ceguera

El parresiasta debe firmar sus dichos, tal es el precio de su franqueza. Revela y devela lo que la ceguera de los hombres no puede percibir, pero no levanta el velo que oculta el futuro. Levanta el velo de lo que es. El parresiasta no ayuda a los hombres a franquear de cierta manera lo que los separa de su porvenir, en función de la estructura ontológica del ser humano y el tiempo. Los ayuda en su ceguera, pero en su ceguera acerca de lo que son, acerca de ellos mismos, y por lo tanto no de una estructura ontológica sino de alguna falta, distracción y disipación moral, consecuencia de su desatención, una complacencia o una cobardía. Y es allí, en el juego entre el ser humano y su ceguera arraigada en una desatención, una complacencia, una cobardía o una distracción moral, donde el parresiasta cumple su papel, un papel de develador.
El parresiasta dice las cosas lo más clara, lo más directamente posible, sin ningún disfraz, sin ningún adorno retórico, de modo que sus palabras pueden admitir de inmediato un valor prescriptivo. El parresiasta no deja nada librado a la interpretación. Es cierto, deja algo por hacer: deposita en aquel a quien se dirige la dura tarea de tener el coraje de aceptar esa verdad, de reconocerla y hacer de ella un principio de conducta.
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