El valor de confiar en la razón exige arriesgarse al aislamiento y la soledad, y este riesgo es para muchos aún más duro de arrostrar que el de la vida. Pero la busca de la verdad inevitablemente expone a quien lo hace a ese riesgo del aislamiento. La verdad y la razón son opuestas al sentido común y a la opinión pública. La mayoría se acoge a racionalizaciones cómodas y a opiniones que no miran más allá de la superficie de las cosas. La función de la razón es penetrar esa superficie y llegar a la esencia oculta detrás de ella, visualizar objetivamente, esto es, sin ser determinado por los deseos y los temores del sujeto, cuáles son las fuerzas que mueven a la materia y a los hombres. En ese intento, necesita uno afrontar el aislamiento, si no el desprecio y la burla, de aquellos a quienes perturba la verdad y odian al perturbador. Freud tuvo esa capacidad en un grado notable. Sentía su aislamiento, sufría por él, pero nunca quiso o ni siquiera se sintió inclinado a la más ligera concesión que hubiera aliviado su aislamiento. Ese valor fue también su mayor orgullo; no se consideraba a sí mismo un genio, pero apreciaba ese valor como la cualidad más sobresaliente de su personalidad. Ese orgullo quizá tuvo a veces una influencia negativa sobre sus formulaciones teóricas. Desconfiaba de toda formulación teórica que pudiera sonar conciliatoria y, como Marx, encontraba cierta satisfacción en decir cosas para sorprender a los burgueses.
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lunes, 27 de julio de 2015
sábado, 18 de julio de 2015
El miedo de Albert
Cuando Albert tenía once meses, Watson y Rayner le mostraron una serie de objetos, entre ellos una rata. Ninguno de los objetos asustó a Albert; le gustaba jugar con la rata. Pero cuando de pronto, dieron un martillazo en una barra de hierro, lógicamente, Albert se puso a llorar. Los dos psicólogos se pusieron a martillear la barra cada vez que Albert tocaba la rata. A los pocos días, casi con toda probabilidad, Albert lloraría en cuanto apareciera la rata, una respuesta condicionada de miedo. Y también le asustaban un conejo blanco y un abrigo de piel de foca, aparentemente había traspasado su miedo a cualquier cosa blanca con pelo. Con sus sarcasmo característico, Watson anuncío la moraleja del cuento:
Dentro de veinte años, los freudianos, a menos que cambien de hipótesis, cuando analicen el miedo de Albert a los abrigos de piel de foca -suponiendo que vaya a psicoanalizarse a esa edad- desentrañarán un sueño por el cual su análisis mostrará que a los tres años Albert intentó jugar con el vello púbico de su madre y lo regañaron violentamente por ello.
Matt Ridley, en Qué nos hace humanos. Bogotá: Taurus. 2005: 210-211.
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