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domingo, 12 de febrero de 2017

Zygmunt Bauman y mi regreso como bloguera

Muerto Zygmunt Bauman sólo queda Noam Chomsky, los grandes intelectuales del siglo XX están todos muertos. Nos quedamos sin mentes brillantes que analicen nuestra torpeza y nuestra miseria y eso causa bastante desasosiego, claro.
En vista de tan preocupante panorama me veo en la penosa necesidad de seguir escribiendo aquí para reflexionar sobre los grandes problemas de nuestro tiempo, sobre nuestros héroes de un día y nuestros escritores sin talento aplaudidos por un público torpe e ignorante que no sabe de literatura.
¿Me da miedo que me maten por opinar?
No. Si me diera miedo hubiera dejado de escribir hace mucho tiempo, en 2010 o quizá un poco después.
Fue fácil vivir  sin escribir durante dos meses, no me muero si no escribo, lo pude comprobar. Puedo vivir sin dar cuenta de mi vida privada, sin anotar citas, sin comentar libros y películas; comprobé también que no vivo del aplauso ajeno, pero debo reconocer que escribir es divertido y a medida que pasa el tiempo me convenzo más de que mi destino no son los libros sino la escritura de textos en tiempo real.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Zygmunt Bauman describe a Colombia sin conocerla

Las guerras y las masacres tribales, la proliferación de “tropas guerrilleras” o de bandas criminales y traficantes de drogas enmascarados como combatientes por la libertad, empeñados en diezmarse unos a otros, absorbiendo y aniquilando mientras tanto el “excedente de población” (la mayoría jóvenes, incapacitados para trabajar en casa y sin perspectivas); esta es una de las extrañas y perversas “pseudosoluciones locales a problemas globales” a las que los recién llegados a la modernidad se ven obligados a recurrir o, por decirlo mejor, están recurriendo.
Centenares de miles de personas, a veces millones, son expulsados de sus casas, asesinadas y obligadas a tener que arreglárselas lejos de las fronteras de su país. Quizá la única industria próspera en las tierras de los recién llegados (retorcida y, a menudo, engañosamente denominados “países en vías de desarrollo”) es la producción en serie de refugiados.
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La amenaza de un cambio implacable e inexorable

El terreno sobre el que se presume que descansan nuestras perspectivas vitales es, sin lugar a dudas, inestable, como lo son nuestros empleos y las empresas que los ofrecen, nuestros colegas y nuestras redes de amistades, la posición de la que disfrutamos en la sociedad, y la autoestima y la confianza en nosotros mismos que se derivan de aquélla. El “progreso”, en otro tiempo la manifestación más extrema del optimismo radical y promesa de una felicidad universal compartida y duradera, se ha desplazado hacia el lado opuesto, hacia el polo de expectativas distópico y fatalista. Ahora el “progreso” representa la amenaza de un cambio implacable e inexorable que, lejos de augurar paz y descanso, presagia una crisis y una tensión continuas que imposibilitarán el menor momento de respiro. El progreso se ha convertido en algo así como un persistente juego de las sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable. En lugar de grandes expectativas y dulces sueños, el “progreso” evoca un insomnio lleno de pesadillas en las que uno sueña que “queda rezagado”, pierde el tren o se cae por la ventanilla de un vehículo que va a toda velocidad y que no deja de acelerar.
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Desperdicios humanos

La masa de seres humanos convertidos en superfluos por el triunfo del capitalismo global crece sin parar y, ahora, está a punto de superar la capacidad del planeta para gestionarlos; existe una perspectiva plausible de que la modernidad capitalista (o el capitalismo moderno) se atragante con sus productos residuales, que no puede volver a asimilar, aniquilar o desintoxicar (hay numerosos indicios de la creciente toxicidad de los residuos, que se acumulan a toda prisa).
Aunque las insanas consecuencias de los residuos industriales y domésticos para el equilibrio ecológico y la sostenibilidad del planeta vienen constituyendo desde hace algún tiempo un motivo de gran preocupación (si bien es cierto que, tras los debates, no se ha hecho gran cosa), seguimos lejos de ver con claridad y de captar en su totalidad las enormes repercusiones de las masas crecientes de “desperdicios humanos” en el equilibrio político y social de la coexistencia planetaria humana. Sin embargo, ya es hora de empezar. En una situación novedosa como la nuestra, ni el análisis de la lista de los sospechosos habituales, ni recurrir a los medios tradicionales para atraparlos serán de gran ayuda a la hora de dar un sentido a lo que está ocurriendo, y que afecta por igual, aunque de distintas maneras, a cada habitante del planeta.
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