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lunes, 15 de febrero de 2016

La cabellera

…
Durante edades, siempre en tu densa melena
Mi mano sembrará perlas, rubíes, zafiros,
Para que el deseo mío no puedas rechazar.
¿No eres, acaso, oasis donde mi sueño abreva
A sorbos infinitos en vino del recuerdo?
26
Te adoro como adoro la bóveda nocturna
¡Oh vaso de tristeza! ¡Oh mi gran taciturna!
Y tanto más te adoro cuanto te escapas más,
Y cuando me parece, ¡oh lujo de mis noches!
Que con más ironía amontonas las leguas
Que separan mis brazos de la inmensidad azul.

Me dispongo al ataque y acometo el asalto
Como tras un cadáver un coro de gusanos
Y me enloquece, ¡oh fiera implacable y cruel!
Hasta esa frialdad que te vuelve aún más bella.
Charles Baudelaire



sábado, 25 de julio de 2015

No son versos de Baudelaire sino de Blake

4. En las profundidades de mi oscura soledad.
en la morada eterna de mi santidad,
oculto y apartado entre severas reflexiones,
que me reservo para días venideros,
he rastreado en busca de un goce sin dolor,
de un sólido sin fluctuación.
Oh Eternos, ¿Por qué habéis de morir?
¿Por qué vivís en el fuego que no cesa?
***
5. Combatí primero el fuego, consumiéndome
por dentro en lo profundo de un mundo interior:
un vacío inmenso, tétrico y misterioso, en donde
nada había sino la gran matriz de la naturaleza.
Y, tendido hacia el abismo, en perfecto autoequilibrio,
¡Allí, estaba yo; sólo yo! Sin piedad sometiendo
a los vientos, que condensándose en torrentes
se precipitaban pertinaces. Impetuoso
aplaqué aquel vasto oleaje, y de las aguas surgió
un extenso mundo de maciza obstrucción.
***
6. Aquí, yo solo, entre libros de metal,
escritos dejé los secretos de la sabiduría,
secretos de oscura contemplación
a fuerza de librar horribles combates
contra los monstruos que alimentan el pecado,
monstruos que habitan en el corazón humano,
los siete pecados mortales del alma son.
***
El libro de Urizen. Plancha a, Copia C.

miércoles, 22 de julio de 2015

El gato

Ven, bello gato, a mi amoroso pecho;
Retén las uñas de tu pata
Y deja que me hunda en tus ojos hermosos
Mezcla de ágata y metal.
*
Mientras mis dedos peinan suavemente
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Mientras mi mano de placer se embriaga
Al palpar tu cuerpo eléctrico,
*
A mi señora creo ver. Su mirada
Como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, hiere cual dardo,
*
Y, de los pies a la cabeza,
Un sutil aire, un peligroso aroma,
Bogan en torno a su tostado cuerpo
Charles Baudelaire, en Las flores, del mal. Bogota: Oveja Negra. 1982: 42.

La voz

Con inmensa ternura amo el mar y el desierto;
Y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo
Y encuentro un gusto grato al más ácido vino;
Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas.
Y por mirar el cielo caigo en pozos profundos.
Mas la voz me consuela, diciendo. "Son más bellos
Los sueños de los locos que los del hombre sabio".
Charles Baudelaire.

El heatontimoroumenos

Sin cólera te golpearé
Y sin rencor, tal matarife,
Como en la roca Moisés.
Y haré brotar de tus párpados,
*
Para regar mi Sahara,
Las aguas del sufrimiento.
Mi deseo, hecho de esperanza,
Flotará sobre tus lágrimas.
*
Como navío que apareja,
Y en mi ebrio corazón
Redoblarán tus sollozos
Como tambor en la lid.
*
¿No soy acaso un falso acorde
En la divina sinfonía,
Porque me muerde y me sacude
Esta ironía devorante?
*
Su grito se escucha en mi voz,
Mi sangre es su negro veneno,
Y soy el espejo siniestro
Donde esa furia se contempla.
*
Yo soy la herida y el cuchillo,
La mejilla y el bofetón.
Yo soy los miembros y la rueda,
Y la víctima y el verdugo.
*
Soy el vampiro de mi sangre,
- Uno de esos abandonados,
Condenados a risa eterna
Cuya sonrisa es imposible.
Charles Baudelaire

Embriagaos

Hay que estar siempre ebrio.
Esto es lo único.
Para no sentir el horrible fardo del tiempo que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra, hay que emborracharse sin tregua.
¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como gustéis. Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en la escalera de un palacio, o en el borde de un foso, o en la soledad melancólica de vuestro cuarto despertáis ya disminuida o desaparecida la embriaguez, pedidle al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle qué hora es.
Y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os contestarán: "Es hora de embriagarse. Para no ser los esclavos martirizados por el tiempo, embriagaos constantemente. De vino, de poesía o de virtud, como gustéis".
Charles Baudelaire

sábado, 18 de julio de 2015

Horizonte trivial

Libertinaje, del espíritu, impotencia del corazón; ambos hacen que se viva sólo por curiosidad y se muera diariamente de lasitud. Cada uno de nosotros se parece al viajero que ha recorrido un gran país y contemplado cada tarde al sol, que antes doraba espléndidamente la ruta y ahora se encuentra sumergido en un horizonte trivial.
Charles Baudelaire, en La Fanfarlo.

Hay una amable filosofía

Hay una amable filosofía que consiste en encontrar consuelo aun en los objetos más indignos en apariencia. Del mismo modo que la virtud es superior a la inocencia, y que mayor mérito hay en sembrar en un desierto que en saquear indolentemente un vergel repleto de frutos, es verdaderamente digno de un alma selecta purificarse y purificar al otro por su contacto. Como no hay traición que no pueda perdonarse, ni existe tampoco pecado que no pueda absolverse, ni olvido imposible de conseguir; hay una ciencia del amor al prójimo y de hallarlo amable, como hay una forma de saber vivir. Cuanto más delicado es un espíritu, tanto más descubre bellezas originales; cuanto más tierno y abierto a la esperanza, más capacitado está para encontrar en el otro, por ruines que sean, motivos de amor; ésta es la obra de la caridad, y se ha visto a más de una viajera, desolada y extraviada en los áridos desiertos de la ilusión, reconquistar la fe y apasionarse más intensamente por lo que había perdido, con tanta más razón cuanto que posee ahora la ciencia de dirigir su pasión y la del ser amado.
Samuel Cramer, dirigiéndose a la señora Cosmelly, en La Fanfarlo, de Charles Baudelaire. Barcelona: Montesinos. 1989. página 33.

miércoles, 15 de julio de 2015

El artista: hombre de mundo, hombre de multitudes y niño

Quisiera entregarles hoy a ustedes una publicación acerca de un hombre singular, con una originalidad tan poderosa y decidida que se basta a sí misma sin buscar aprobación. Ninguno de sus dibujos está firmado, si uno llama firma a esas pocas letras, fáciles de falsificar, en la cuales aparece un nombre, y en las cuales muchos otros se adhieren fastuosamente, con el fondo de sus mucho más despreocupados bosquejos. Pero todos sus trabajos están firmados con su resplandeciente alma, y los aficionados, que los han visto y apreciado, lo reconocerán fácilmente a través de la descripción que quiero, de algún modo, llevar a cabo. Largamente enamorado de las multitudes y el anonimato, M.C.G adopta la originalidad hasta convertirla en modestia. M. Thakeray, quien, como sabemos, es muy curioso acerca de las cosas del arte, y realiza él mismo las ilustraciones de sus novelas, habló un día sobre M.C.G. en un pequeño diario de Londres. Éste [M.C.G.] se fastidió sintiéndolo como un insulto a su decencia.
Aunque recientemente, cuando advirtió que yo me proponía realizar una apreciación de su espíritu y su talento, me exhortó, de modo imperioso, a que suprimiera su nombre y no hablara de su obra sino de manera anónima. Humildemente, voy a respetar ese extraño deseo. Pretenderemos creer entonces, el lector y yo, que M.G no existe, y nos ocuparemos de sus dibujos y acuarelas, por las que él profesa un desprecio de patricio, como si fuéramos científicos dispuestos a examinar vastos documentos históricos, provistos por el azar, y cuyo autor debe permanecer eternamente desconocido. Asimismo, para dar plena confianza a mi conciencia, supondremos que todo aquello que diga sobre su naturaleza, tan curiosa y misteriosamente resplandeciente, está más o menos sugerido por los trabajos en cuestión; pura hipótesis poética, conjetura, trabajo de la imaginación.
M.G es viejo. Jean-Jaques comenzó a escribir, según ha señalado alguien, a los cuarenta y dos años. Fue quizás hacia esta edad donde M.G., obsesionado por todas las imágenes que ocupaban su cerebro, tuvo la audacia de arrojar sobre una hoja en blanco la tinta y los colores. A decir verdad, dibujaba como un bárbaro, como un niño, se enfadaba contra la torpeza de sus dedos y la desobediencia de sus herramientas. He visto un gran número de estos embadurnamientos, estas manchas primitivas, y yo aseguro que la mayoría de las personas que se conocen entre sí o pretenden conocer a todas las que les resulte posible, sin deshonor, no han sido capaces de advertir el genio latente que habitaba en esos sombríos bosquejos. Hoy, M.G., quien halló, por sí mismo, todos los pequeños trucos del oficio, y que se ha procurado, sin consejos, su propia educación, se convierte en un poderoso maestro a su manera, y ha guardado, de su primitiva ingenuidad, sólo aquello que resulta necesario adherir a sus ricas facultades, de una agudeza -por lo demás- inesperada. Cuando se halla frente a uno de sus ensayos de juventud, lo desgarra o lo abrasa con una vergüenza por demás divertida.
Durante diez años deseé conocer a M.G, que es, por naturaleza, un viajero y a la vez que cosmopolita. Sabía yo que había estado ligado, por mucho tiempo, a un periódico ilustrado de Inglaterra que publicaba sus grabados de acuerdo con sus bocetos de viaje (España, Turquía, Crimea). Pude ver entonces un conjunto considerable de aquellos dibujos improvisados en el mismo sitio, y pude leer, de este modo, un minucioso reporte diario de la campiña de Crimea, de sobra preferibles a todos los otros. El mismo periódico había publicado -siempre sin firma- numerosos trabajos del mismo autor vinculados con los nuevos ballets y óperas. Cuando finalmente lo encontré caí en la cuenta que, antes que nada, no había estado mediando, precisamente, con un artista, sino con un hombre de sociedad. Entendamos aquí, se los ruego, la palabra artista en una sentido muy restringido, y la palabra hombre de sociedad con un alcance más amplio. Hombre de sociedad, es decir hombre del mundo entero, hombre que comprende el mundo y las razones misteriosas y legítimas de todos sus usos: artista, es decir especialista, hombre ligado a su gama de recursos como el siervo a la gleba. M.G desprecia ser llamado artista. No tenía acaso algo de razón? Está interesado por el mundo entero; quiere saber, comprender, apreciar todo aquello que sucede en la superficie de nuestra esfera. El artista vive muy poco, o casi nada, en medio del territorio moral y político. Aquellos que viven en el quartier Bréda ignoran lo que sucede en los suburbios de Saint-Germain. Fuera de dos o tres excepciones que resulta inútil referir, la mayor parte de los artistas son, y estará bien decirlo, brutos muy toscos, pura maquinación, inteligencias pueblerinas, cerebros de aldea. Su conversación, inevitablemente reducida a un pequeño círculo, rápidamente se torna intolerable al hombre de sociedad, al ciudadano espiritual del universo.
De este modo, para ingresar a la comprensión de M.G debemos tomar nota inmediatamente de esto: la curiosidad puede considerarse como punto de partida de su genialidad.
Recordemos un cuadro (en verdad, se trata de un cuadro!) escrito por la más poderosa pluma de este tiempo, y que lleva por título L’homme des foules? Detrás de la vidriera de un café, un convaleciente, contemplando la multitud con placer, se mezcla, en pensamiento, con todos los otros pensamientos que se agitan a su alrededor. Recientemente vuelto de las sombras de la muerte, aspira con delicia todos los gérmenes y emanaciones de la vida; como estuvo a punto de olvidarlo todo, recuerda y quiere, ardorosamente, recordarlo todo. Finalmente, se precipita a través de la multitud a la búsqueda de un desconocido cuya fisonomía, en un abrir y cerrar de ojos, lo ha fascinado. La curiosidad se vuelve una pasión fatal, irresistible!
Supongan un artista que estaría, siempre, en un estado de convalecencia espiritual, y ustedes tienen la llave del carácter de M.G.
Sin embargo, la convalecencia se asemeja a un retorno a la infancia. El convaleciente se contenta con el grado más alto. Como el niño, posee la facultad de interesarse vivamente en la cosas, aún en las aparentemente más triviales. Remontémonos, si resulta posible, a través de un esfuerzo retrospectivo de la imaginación, hacia nuestra juventud, hacia nuestras impresiones matinales, y seremos capaces de reconocer que tienen una muy particular similitud con las impresiones, tan vivamente coloreadas, que recibimos más tarde, luego de una enfermedad física, con tal que esta enfermedad mantenga intactas nuestras facultades espirituales. El niño no ve sino innovación; está siempre ebrio. Nada más parecido a eso que llamamos inspiración que la alegría con la que el niño aprehende la forma y el color. Me tomaré la libertad de ir más allá; afirmo que la inspiración tiene alguna clase de analogía con la congestión, y que todo pensamiento sublime está acompañado de una oscilación nerviosa, más o menos intensa, que reverbera hasta el cerebelo. El hombre de genio tiene nervios sólidos; el niño, débiles. En uno, la razón ocupa un lugar considerable; en el otro, la sensibilidad lo ocupa casi todo. Pero la genialidad no es más que la infancia encontrada a voluntad, dotada, de momento, de modo que pueda ser expresada a través de cuerpos viriles y del espíritu analítico que le permite ordenar una suma de materiales involuntariamente acumulada. Es a través de esta curiosidad profunda y feliz que debemos atribuir a la mirada fija y animalmente estática de los niños delante de lo nuevo, sea como fuere, rostro o paisaje, luz, dorure, colores, telas tornasoladas, encantamiento de la belleza iluminado por el pequeño lienzo. Un día, uno de mis amigos me confiaba que, siendo pequeño, y al observar a su padre bañándose, contemplaba con delicioso estupor los músculos de los brazos, la degradación de los colores de la piel, pálida y amarilla, y el azulado tejido de las venas. El cuadro de la vida externa ya lo llenaba, apoderándose de su cerebro. Ya la forma lo obsesionaba y lo poseía. La predestinación se manifestaba precozmente. La condena estaba sellada. ¿Debo decir que este niño es hoy un pintor célebre?
Les solicitaría consideren, en todo momento, a M.G. como un eterno convaleciente; y para completar nuestra comprensión, concíbanlo también como un hombre - niño, por un hombre poseedor a cada minuto del genio de la infancia, es decir, un genio para el cual ningún aspecto de la vida está desgastado.
Ya he dicho que me rehúso a la idea de llamarlo puramente un artista, y que él mismo se defendía de ese título con una equilibrada modestia hecha de pudor aristocrático. Yo lo llamaría dandy, para lo que tendría algunas buenas razones; pues la palabra dandy implica una quintaesencia de carácter y una inteligencia sutil de todo el mecanismo moral de este mundo; pero por otra parte, el dandy aspira a la insensibilidad, y es por ello que M.G, dominado por una pasión insaciable, la de ver y sentir, se desprende violentamente del dandismo. Amaban amare, decía San Agustín. "Amo apasionadamente la pasión", diría M.G. El dandy está hastiado, o se jacta de estarlo, por política o razón de casta. M.G. siente horror por la gente hastiada. Posee el arte tan difícil (los espíritus refinados me comprenderán) de ser sincero sin ser ridículo. Yo le atribuiría el nombre de filósofo a quien tiene derecho a más de un título, si su amor excesivo por las cosas visibles, tangibles, condensadas al estado plástico, no le inspiraran cierta repugnancia por aquellas que forman el reino impalpable de la metafísica. Reduzcámoslo a la condición de puro moralista pintoresco, como La Bruyère.
La masa es su dominio, como el aire lo es para el pájaro, como el agua al pez. Su pasión y profesión consiste en esposar a la masa. Para el perfecto ocioso, para el observador apasionado, es un inmenso gozo instalarse en el número, en lo variable, en el movimiento, en lo fugitivo y lo infinito. Estar fuera de casa y sin embargo sentirse en casa en todas partes; ver el mundo, estar en el centro del mundo y permanecer escondido, tales son algunos de los meros placeres de esos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente. El observador es un príncipe que goza del incógnito en todas partes. El amante de la vida hace del mundo su familia, como el amante del sexo débil compone su familia con todas las cosas bellas encontradas, factibles de encontrar o imposibles de encontrar como el amante de la pintura vive en una sociedad encantada por sueños pintados en la tela. De ese modo el enamorado de la vida universal entra en la masa como en un inmenso depósito de electricidad. Se puede así compararlo con un espejo tan grande como la masa, con un caleidoscopio dotado de conciencia que, en cada movimiento, representa la vida múltiple y la gracia animada de todos los elementos de la vida. Es un yo insaciable de un no-yo que a cada instante lo vuelve y lo expresa en imágenes más vivas que la vida misma, siempre inestable y fugitiva. "Todo hombre, decía un día M.G. en una de sus conversaciones que ilumina con una mirada intensa y gesto evocador, todo hombre que no está agobiado por una de estas penas de naturaleza demasiado positiva para no absorber todas sus facultades, y que se aburre en el seno de la multitud, es un tonto! un tonto! y yo lo desprecio!".
Cuando M.G se despierta, abre los ojos y ve el sol ruidoso golpeando los cristales de las ventanas, se dice con remordimiento, con pena, "Qué orden imperioso! ¡Qué fanfarria de luz! ¡Desde hace varias horas, luz por todos lados! luz perdida por mi descanso" ¡Qué de cosas resplandecientes que podría haber visto y no vi!" ¡Y parte! Y mira correr el río de la vitalidad, tan majestuoso y brillante. Él admira la eterna belleza y la sorprendente armonía de la vida en las capitales, armonía tan providencialmente mantenida en el tumulto de la libertad humana. Contempla los paisajes de la gran ciudad, paisajes de piedra acariciados por la bruma o golpeados por las bofetadas del sol. Disfruta de bellos equipajes, de fieles caballos, de la limpieza deslumbrante de los grooms, de la soltura de los valets, del andar ondulante de las mujeres, de los niños bellos, felices de vivir y de estar bien vestidos, en una palabra, de la vida universal. Si una moda, un corte de ropa fue ligeramente transformado, si los nudos de la cintas, los bucles fueron destronados por las cocardas, si el bavolet se hizo más largo, o el moño baja un punto más por encima de la nuca, si la cintura fue elevada y la pollera ampliada den por sentado que, desde una distancia enorme, su ojo de águila ya lo advirtió. Un regimiento pasa, va posiblemente al fin del mundo, lanzando en el aire de los bulevares sus fanfarrias animosas y livianas como la esperanza, y he aquí que M.G. ya ha visto, inspeccionado, analizado las armas, el garbo y la fisonomía de esa tropa. Arreos, centelleos, música, miradas decididas, bigotes espesos y serios, todo ello entra confusamente en él. Y en algunos minutos, el poema que resulte de ello, será virtualmente compuesto. Y su alma pasa a vivir con el alma de ese regimiento que marcha como un animal solitario, fiel imagen del gozo en la obediencia. Pero la tarde llegó. Es la hora extraña y dudosa en que las cortinas del cielo se cierran, en que las ciudades se encienden. El gas mancha el púrpura del poniente. Honestos o deshonestos, razonables o locos, los hombres se dicen: "¡Al fin terminó la jornada!" Los sabios y los rufianes piensan en el placer, y cada uno corre al lugar elegido para beber la copa del olvido. M.G. será el último en todas partes donde pueda resplandecer la luz, resonar la poesía, [...] la vida, vibrar la música, en todos los lados donde una pasión pueda dejarse retratar, donde el hombre natural y el hombre convencional se muestren en una extraña belleza, donde el sol ilumine los placeres urgentes del animal depravado. "He aquí, desde luego, un día bien empleado", se dice cierto lector que todos hemos conocido, "cada uno de nosotros posee suficiente genio para ocuparlo de la misma manera". ¡No!, pocos hombres están dotados de la facultad de ver, y aún menos, del poder de expresar. Ahora, a la hora en que los demás duermen, éste se halla apoyado sobre la mesa, lanzando en una hoja de papel, la misma mirada que fijó sobre las cosas hace un instante, empeñando su lápiz, su pluma, su pincel, haciendo saltar el agua del vaso al techo, secando su pluma en su camisa, impaciente, violento, activo, como temiendo que las imágenes se le escapen, provocador, aunque solo, arrollándose a sí mismo.
Y las cosas renacen en el papel, naturales y más que naturales, bellas y más que bellas, singulares y dotadas de una vida entusiasta como el alma del autor. Lo fantasmagórico fue extraído de la naturaleza. Todos los materiales que obstruyeron la memoria se clasifican, se acomodan, se armonizan y sufren esa idealización forzada, resultado de una percepción infantil, es decir, una percepción aguda, ¡mágica a fuerza de ingenuidad!
Charles Baudelaire
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Un bruto muy diestro

En El artista: hombre de mundo, hombre de multitudes y niño hay una reflexión de Baudelaire que no ha dejado de inquietarme desde que la leí: la idea de que la mayoría de los artistas son brutos muy diestros: escritores, pintores o músicos que sólo se dedican a escribir, a pintar o a componer. Creo que Baudelaire tiene razón en esta idea, tanto como cuando afirma que los verdaderos escritores pasan por dolorosas crisis en las que odian la escritura y la literatura tanto como a quienes se ejercitan en este oficio, en el de escribir y leer. Supongo que estas reflexiones parten de su propia frustración ante la imposibilidad de dejar para siempre la literatura o, bien, ante su timidez y falta de iniciativa para llegar a ser tan activo y polifácetico como algunos de sus más admirados artistas o filósofos.

Prefacio a Las flores del mal

Ricardo Cano Gaviria publicó recientemente una selección de cuentos bajo el título El hombre que rezó a Baudelaire, un título muy provocador que se queda sólo en eso, el cuento no tiene nada que ver con la escritura de Baudelaire y la historia no hace pensar ni en el poeta ni en su poesía ¿Será que existe el artista que escriba un cuento sobre Baudelaire que esté a la altura de Baudelaire? Yo creo que no. La obra de Baudelaire se lee y se cita, ni siquiera vale la pena comentarla, él es el mejor crítico de su obra. En mis clases propongo la lectura de Baudelaire, creo que es el mejor regalo que le puedo ofrecer a los estudiantes.
A continuación, el prefacio a las Flores del mal, escrito por la única persona que merecía escribirlo: Charles Baudelaire.
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Este libro no ha sido escrito para mis mujeres, mis hijas o mis hermanas, las hijas o las hermanas de mi vecino. Dejo esta tarea a los que se muestran interesados en confundir las buenas acciones con el lenguaje bello.
Sé que el amante apasionado del bello estilo se expone al odio de las multitudes; mas ningún respeto humano, ningún falso pudor, ninguna coalición, ningún sufragio universal, podrán obligarme a hablar la jerga incomprensible de este siglo, ni a confundir la tinta con la virtud.
Ilustres poetas, hace tiempo que se repartieron las provincias más florecientes del terreno poético. Me ha complacido, y tanto más cuanto la tarea presentaba crecientes dificultades, extraer la belleza del mal. Este libro, esencialmente inútil y absolutamente inocente, no tiene otro fin que divertirme y estimular mi gusto apasionado por la dificultad.
Algunos han apuntado que estas poesías podrían dañar; no he sentido alegría por ello. Otros, almas buenas, que podían hacer bien; no me he afligido. El temor de unos y la esperanza de otros me resultan extraños y no han servido más que para probarme, una vez más, que este siglo había olvidado todas las nociones clásicas concernientes a la literatura.
Pese a los auxilios que determinados pedantes célebres han aportado a la natural estupidez del hombre, nunca hubiera sospechado que nuestra patria pudiera caminar a tal velocidad por la vía del progreso. Este mundo ha adquirido tal espesor de vulgaridad, que imprime al desprecio por el hombre espiritual la violencia de una pasión. Pero existen felices caparazones en los cuales el veneno no podrá jamás abrirse paso.
En un principio, acaricié la idea de contestar a las numerosas críticas, y explicar al mismo tiempo algunas cuestiones muy simples, totalmente oscurecidas por las modernas luces: ¿Qué es la poesía? ¿Cuál es su objeto? De la distinción del Bien y lo Bello; de la belleza en el Mal; que el ritmo y la rima obedecen en el hombre a imperecedoras necesidades de monotonía, de simetría, de sorpresa; de la adaptación del estilo al asunto; de la vanidad y el peligro de la inspiración, etc., etc.; sin embargo, cometí la imprudencia de leer esta mañana algunos papeles públicos; repentinamente, una lasitud como el peso de veinte atmósferas se abatió sobre mí, y me he visto paralizado ante la espantosa inutilidad de explicar cualquier cosa a quien fuese. Quienes saben, me pueden adivinar, y para los que no quieren o no pueden comprenderme, amontonaría en vano las explicaciones.
C. B.
Tomado de:
Las flores del mal, Charles Baudelaire. Bogotá: Oveja Negra. 1982.