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lunes, 15 de febrero de 2016

El amor es un fenómeno de campo

Sufriré por lo tanto con el otro, pero sin exagerar, sin perderme. A esta conducta, a la vez muy afectiva y muy controlada, muy amorosa y muy pulcra, se le podría dar un nombre: es la delicadeza: es como la forma “sana” (civilizada, artística) de la compasión. (Até es la diosa del extravío pero Platón habla de la delicadeza de Até: su pie es alado, apenas toca el suelo.
Roland Barthes, en Fragmentos de un discurso amoroso
E. Ella. La protagonista de esta triste historia.
A. Una relación de diez años con E. Tres de convivencia (que acabaron con el amor).
B. Una amistad de cuatro años con E. que parecía amor no manifiesto. Una especie de amor platónico fruto de la mutua admiración desmedida que jamás llegó a convertirse en discurso amoroso por exceso de timidez y respeto excesivo de los participantes. Una amistad nerviosa, casi como la de Carlota y el pobre Werther.
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C. Una declaración de admiración desmedida durante un mes que terminó sumida en el silencio y sin que los participantes se hayan visto cara a cara (¿porque el Destino no lo quiso?). C. Logró desplazar de la mente de E. a A. y a B. porque es un absoluto amante latino: conquista con dibujos, canciones, conversaciones de índole intelectual con alto contenido sexual (vía telefónica, mensajes privados en Twitter y conversaciones de cuatro horas vía Whatsapp). Es lo que llamaríamos en un texto de biología un macho dominante.
E. sufre porque está obsesionada con los procesos de observación, comprensión e interpretación de textos de toda índole y el discurso amoroso y las acciones e intenciones de los participantes no le son ajenas. Después de una cadena de hechos que superan su entendimiento no ha podido llegar a comprender cuál era la intención de C. A veces se pregunta si no se trató de una conquista de venganza. Si hay porno de venganza puede haber conquista de venganza, pero, entonces surge otra pregunta: ¿A quién estaba vengando C.? ¿Por qué tanto despliegue de talento, memoria, tiempo y energía con el único propósito de que E. terminara locamente enamorada de C. si la única intención consistía en dejarla aturdida y abatida ante el más aplastante Silencio?
¿Por qué? Si se trata de un juego es muy divertido y si se trata de una venganza es una dulce venganza, tan dulce que puede ser narrada sin lágrimas y sin suspiros.
A. Era recordado con cierta nostalgia y aunque no se abrigaba el deseo de reanudar el idilio amoroso se vivía a su lado una especie de “bonita amistad”, recuerdo del viejo amor que se tuvieron y que C. destruyó para siempre porque durante un mes trastornó la mente de la protagonista de esta triste historia, se insertó de tal modo en lo más íntimo de su ser hasta el límite de convertir a  A. en un amigo lejano y B. en un amigo más.

domingo, 19 de julio de 2015

¡Ah, qué niño soy!

Yo buscaba los ojos de Carlota: ¡ay! iban de uno en otro, pero no se posaban en mí, en mí, que estaba delante totalmente entregado a ella. Mi corazón le dijo mil adioses. ¡Y ella no me vio! El coche siguió adelante, y los ojos me quedaron llenos de lágrimas. La seguí con la mirada y vi inclinarse contra la portezuela el sombrero de Carlota, y ella se volvió a mirar, ¡ay! ¿a mí? Querido mío, floto en esta incertidumbre: es mi consuelo: quizá volvió la mirada para verme, ¡quizá! ¡Buenas noches! ¡Ah, qué niño soy!
¡Tendrías que ver la figura de estúpido que hago cuando la nombran en la conversación! ¿Y cuando me preguntan si me gusta? ¡Gustar! Odio esa palabra hasta la muerte. ¡Qué hombre tiene que ser aquel a quien le guste Carlota y no le llene todos los sentidos, todo su ánimo! Hace poco, alguien me preguntaba si me gusta Ossián.
Werther a Guillermo

A esta desdicha no le veo otro fin que la tumba

Mi alegría es trepar por una abrupta montaña, abrirme un camino por un bosque impenetrable, a través de setos que me hacen daño, y de espinas que me desgarran. Entonces me siento algo mejor: ¡Un poco mejor! Y cuando me tiendo a veces por el camino, fatigado y sediento, y se eleva sobre mí la luna llena, o me siento en el bosque solitario sobre un árbol desmochado, para procurar algún alivio a mis pies llagados, entonces me adormezcco en la penumbra con una calma desfallecida. ¡Oh, Guillermo!, el vivir solitario es una celda, el vestir áspero pelo y llevar cilicio serían delicias por la que anhela mi alma. ¡Adiós! A esta desdicha no le veo otro fin que la tumba.
Werther