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viernes, 24 de julio de 2015

La casa de las bellas durmientes, o bien, la tristeza de la sexualidad masculina

Vargas Llosa y García Márquez están convencidos de que probablemente La casa de las bellas durmientes es la mejor obra de Yasunari Kawabata y un lector dócil dirá sin dudarlo: sí, claro, tiene que ser cierto, puesto que lo dicen dos grandes lectores que además son premio nobel de literatura.
Yo no necesito decir que es una gran obra porque lo dicen ?los grandes? sino porque lo sé. Cuando la leí la primera vez -es un libro hermoso que se lee en una tarde- quedé maravillada con la historia, es una historia única, no sé si parte de hechos reales, si en Japón existen este tipo de diversiones para abuelos tristes, pero está tan bien narrada que de ser cierto que los ancianos sufren con este tipo de placeres, lo más probable es que la experiencia de los contempladores de hermosas mujeres vírgenes dormidas y complacientes no es tan hermosa y tan triste como se le presenta al lector a través de las palabras. Aquí la ficción tiene que superar la realidad.
Y por eso es gran literatura, porque no es una colección de chismes estúpidos -como los que estamos acostumbrados a leer en la infamia llamada Literatura Colombiana- sino que es la sucesión de frases perfectamente enlazadas que nos cortan el aliento porque se ven muy bien una después de la otra. Esa historia es el tipo de historia que nunca se olvida aunque hayamos leído muchos libros. Las mujeres dormidas y los recuerdos de los hombres mientras las contemplan nos hacen sentir como si estuviéramos ahí, con ellos, con esos pobres ancianos conscientes de su decadencia, humillados ante la belleza desnuda de niñas dormidas que provocan en ellos sentimientos y sensaciones relacionados con su sexualidad, con la idea que tienen de las mujeres y de los recuerdos que de ellas conservan. Es, por sobre todas las cosas, un encuentro -que se convierte en vicio- con su propia miseria, con el deseo de morir mientras duermen al lado de esas jóvenes que no saben quién es el abuelo de turno que las contempla, las desea y no las puede complacer porque están más cerca de la muerte que de la vida.
La obra original no tiene nada que ver con la traducción en español. La idea que tenemos de Japón, de los rituales de té, de la sensualidad de las mujeres japonesas, de la forma en que los hombres conciben la vida, el amor, la sexualidad y la mujer nos es casi totalmente ajena, pero es seguro que cualquier lector con una pizca de sensibilidad queda hechizado ante las imágenes que pasan por la mente de los viejos tristes que contemplan y yo como mujer siento pena por los hombres -por todos los hombres- mientras leo este libro porque sospecho que esas sensaciones ante el cuerpo y la sexualidad de las mujeres es universal mientras que las mujeres no nos desvivimos por el cuerpo ni por el placer de los hombres porque sus armas de seducción son menos contundentes que las nuestras y porque la experiencia sexual puede tener varios sentidos para las mujeres mientras que para los hombres el sexo es el sexo y el cuerpo de la mujer parece perturbarlos en demasía y, como lo dice el autor, estas sensaciones no tienen que ver necesariamente con las formas, los movimientos y la edad de la mujer, con su bondad, su inteligencia o su alegría sino que cada mujer es la misma mujer y cada una lo perturba de forma diferente.

lunes, 20 de julio de 2015

Zonas húmedas. Ir al fondo de las cosas hasta vomitar

Helen es una joven de 18 años que se llama a sí misma Helen en su discurso autoreflexivo mientras se prepara y se recupera de una operación de culo: "Estoy horrorizada con el ojo de mi culo, mejor dicho, con lo que ha quedado de él. Es más ojo que culo" (Roche. 2009: 47). Es observadora, analítica y está obsesionada con la verdad, la verdad relacionada con el cuerpo, la sexualidad femenina y los "desechos"; le acaban de extirpar un trozo de carne que colgada de su culo, y ella necesita ver qué es, en qué se ha convertido esa parte que era suya:
Las cosas siempre salen de manera distinta a como te imaginas. Por lo menos me imagino algo y me figuro ese algo hasta el mínimo detalle; pregunto para contrastar con la realidad y saber más que antes. Así lo he aprendido de papá. Ir al fondo de las cosas hasta vomitar. O casi. Estoy contenta de haber visto lo que fue mío antes de que termine en la incineradora de los residuos hospitalarios (Roche. 2009: 77).
Su madre, una señora pulcra, no le ayuda mucho a resolver sus dudas, al contrario, ha hecho de la niña un ser tímido y avergonzado con su propio cuerpo que lucha sin tregua para erradicar sus prejuicios relacionados con la corrección y la higiene femenina. Helen está obsesionada con la "naturaleza":
Todos somos animales deseosos de copular. Y preferiblemente con seres que huelen a coño - El olor a chocho, polla, sudor, nos pone cachondos a todos- La mayoría de la gente está desnaturalizada y piensa que lo natural apesta y que lo artificial huele a gloria (Roche. 2009: 22).
El origen de la enfermedad de Helen tiene que ver con la educación recibida de su madre:
Que en los asuntos del coño sea tan sana y en los del ano tan estrecha, se debe a que mi madre me adoctrinó en una cagafobia inmensa. Cuando era pequeña me decía muchas veces que ella nunca hacía aguas mayores. Y que tampoco tenía necesidad de tirarse pedos. Que se le guardaba todo adentro hasta que se disolvía. Lógico, pues, que yo esté como estoy (Roche. 2009: 73).
Helen disfruta comiendo, saboreando los "residuos" las costras, los fluidos de su cuerpo y los de otros:
Y así me bebí por primera vez en mi vida los vómitos de otra persona, y a litros. Mezclados con los míos. A grandes tragos y alternando. Hasta que el cubo quedó vacío (Roche. 2009: 63).
Sus placeres favoritos son el sexo con hombres y con mujeres, el goce con su propio mal olor, masturbarse y masturbar, cultivar aguacates y frecuentar el puticlub para resolver dudas, para ver, preguntar y practicar, siempre con mujeres, preferiblemente de raza negra:
Hace poco, en una de mis excitantes visitas al puticlub, aprendí algo más sobre hemorragias y tampones. Resulta que ahora frecuento a menudo esos sitios para explorar el cuerpo femenino. Porque difícilmente puedo preguntarles a mi madre o mis amigas si están dispuestas a abrirme un rato sus vaginas para que pueda satisfacer mi lúbrica sed de conocimientos. No me atrevo (Roche. 2009: 109).
Helen no quiere ser una mujer cuidada, las desprecia:
Las mujeres cuidadas se hacen las uñas, las manos, la cara, los labios, el pelo, la piel, los pies, se pintan, se depilan, se tiñen, se rizan, se esmaltan, se exfolian y se untan con crema.
Se sienten tiesas como una estatua rococó porque cuánto trabajo han invertido y quieren que les dure el mayor tiempo posible.
¡Quién se va a atrever a sobar y follar a esas tías!
Todo lo que se considera sexy, el pelo revuelto, los tirantes cayéndose de los hombros, el brillo de sudor en la cara, de una imagen de desorden, sí, pero llama al toqueteo (Roche: 209: 101).
A Helen le gusta el olor de su propia sangre:
Cuando follo con un chico al que le guste que esté sangrando, dejamos la cama hecha una marranada a lo gore? También me encanta que me lo chupen. De hecho, es una especie de prueba de fuego para él. Después de terminar, levanta la cabeza y me mira con la boca pringada, y yo le doy un beso para que los dos parezcamos un par de lobos que acaban de cepillarse un venado (Roche. 2009: 104-105).
La madre de Helen, como la mujer ejemplar que es, espera que su hija sea madre y abuela. Helen se ríe de ella mientras la oye hacer sus planes:
Al llegar a los dieciocho mi vida ha mejorado mucho, pero también es más cara. Primero, la esterilización. Novecientos euros con anestesia incluida (Roche. 2009: 109).
Helen es una mujer autónoma, decide sobre su cuerpo y decide con quién sí y con quién no, es truculenta, una habilidad no precisamente ?femenina?:
Cuando he quedado con un chico para follar después, uso un truco genial como prueba. Como prueba de que soy yo la autora intelectual del polvo y que éste no es producto del azar. De hecho, esas salidas empiezan sin ninguna garantía, no se sabe (Roche. 2009: 97).
Esta novela, es y será una novela que generará polémica. Harod Bloom no sabrá qué hacer con ella, a críticos como él no les interesa mucho ir al fondo de las cosas hasta vomitar si no hay suficiente poesía y en este libro no hay mucha poesía, hay mucha verdad dicha de forma ofensiva, asquerosa, nada que ver con Emily Dickinson ni con Virgina Woolf. Está más cerca de la prosa de Marguerite Duras en El amante, especialmente si se observa desde la inversión de los valores: la mujer escoge, la mujer narra, la mujer goza, la mujer decide, la mujer abandona? A las feministas radicales este libro les debe parecer toda una revelación, pueden encontrar citas abundantes para argumentar sobre la emancipación femenina; si son feministas radicales de las que odian a los hombres y, por esa razón, considerarán que la mejor feminista es también lesbiana concluirán fácilmente que en esta novela lo que hay es un bello canto al lesbianismo. En fin, una novela que vale la pena leer y que se basta a sí misma, se explica y se justifica con su propio estilo.
Roche, Charlotte. Zonas húmedas. Barcelona: Anagrama. 2009. 206 páginas

domingo, 19 de julio de 2015

Hot hot Bogotá: ¿Una novela feminista?

Alejandra López González es de Cali y escribió una novela sobre Bogotá, la Bogotá hot, la del sexo casual, la rumba y la marihuana. La protagonista tenía que llamarse Sola, Solita, Soledad, no podía llamarse de otra forma, y es, claro, una mujer joven, hermosa e inteligente que cree vivir como se debe vivir y supone que sus valores son los Valores dignos de una mujer liberada, crítica y autoconsciente.
En la novela aparecen bien definidos los tipos femeninos eternos: la bruja, la puta y la madre santa: Sola consulta a la bruja, Clarita es una gran puta y al final de la historia la heroína renuncia a depender de la presencia de un hombre y la cambia por la que le brinda la hija, que se tenía que llamar María, claro, y ante a cual se siente felizmente esclavizada, como tenía que ser en una novela moralista que lleva implícito el sello de uno de los lugares comunes más extendidos: la máxima realización personal de una mujer consiste en ser Madre y al ser madre se le borra su historial de puta: "Pienso en el aborto, pero sé muy bien que a pesar de todo, a pesar del abandono de Oliver, de la partida de Santi, a pesar del calentamiento global y de las fosas comunes, quiero tener ese bebé" (pág. 84).
La protagonista reivindica el papel de la madre soltera, el amor filial y la recuperación de la pureza, cumple con el recorrido de rigor: una niña bien educada por una pareja de padres decentes al cumplir 18 años decide liberarse y olvidarse de los padres decentes y los valores inculcados por ellos, la niña se las da de inteligente y liberada, supone que serlo consiste en rumbear todos los fines de semana, putearse, fumar marihuana, tener amantes y quedar embarazada de uno de ellos, del más promiscuo y machista, del que la hacía sentir más puta: "Total que con chequera en blanco, tarjetas de crédito Gold Platino con cupo ilimitado, este hombre que tenía todas las posibilidades de llevarse a la que quisiera, a la hora que quisiera, como quisiera y cuando quisiera a las camas más lujosas de la hot Bogotá city" (pág.30). Cuando se ve como una mujer sola, abandonada por el amante y desamparada, regresa a la casa de los padres, que le perdonan todos los pecados y aman a su nietecita como si fuera la reencarnación de la hija; la hija omitirá ahora en su historial su pasado de puta marihuanera y aparecerá ante su hija como una santa, la niña al crecer recreará la historia y al cumplir 18 años deseará no ser tan santa como su santa madre y se hará una puta redimida con futuro de santa, como tal vez fue su abuela.
Sola posa de crítica pero no toma distancia de las situaciones que critica; ella goza de la banalidad, de la vanidad, de la tontería, es de las tontas que saben que son tontas pero no les preocupa mucho seguir siéndolo; en varias ocasiones se jacta de su propia tontería, de lo estúpidas y banales que son sus amigas, pero la reflexión no la lleva nunca a renunciar a su mundo. Para dárselas de inteligente vive con un antropólogo destapador de fosas y profesor universitario y, como era de esperarse, tenía que ser durísima con los "intelectuales", con estos viles seres: "da clases en universidad, dicta foros y talleres y se la pasa entre otros seres como él, que creen que tienen las respuestas a todo y que el sol gira alrededor de ellos y de su sabiduría infinita" (pág. 10), la idea que tiene la narradora de los intelectuales no es muy diferente a la de algunos facebookqueros muy ignorantes que, en conclusión, definen al intelectual colombiano como un hijueputa.
La historia se desarrolla en contextos de supuesta clase alta, pero las puticas son traductoras, egresadas de lenguas modernas, se evidencia el deseo por parte de la autora de hacerle creer al lector que está bien relacionada en Bogotá, muy bien relacionada, pero al escribir la historia descuida detalles que ponen en tela de juicio la verosimilitud de las fantasías que narra: "Entonces yo, Sola, Solita, tuve que acompañarla a la clínica, todo en gran secreto, con gran misterio, con pañoletas en la cabeza y gafas oscuras gigantes para que nadie reconociera a Clarita y para que jamás la sociedad bogotana se enterara de que a la mujer mejor vestida del año, su propio marido le había pegado una enfermedad venérea de esas que hacen picar, arder y doler al orinar" (pág. 14).
Solita reniega del matrimonio: "A las que están casadas se les ve infelices. Se les nota en la cara y en la forma en que repiten, de manera incansable y casi obsesiva, que son muy felices y están muy satisfechas con lo que les ha dado la vida" (Pág. 24). Solita tiene alma de campesina: "El baño de las siete hierbas tiene ruda, altamisa, manzanilla, nogal, laurel y cicuta... con una pequeña vasija, uno se va echando esa agua de la siete hierbas por todo el cuerpo" (pág. 72). Solita es básica, tiene pensamientos de postal de Día de la Madre: "Tengo miedo y ansiedad. Quiero que mi hija venga pronto al mundo, quiero que nazca para que me dé motivos suficientes para vivir, para ser feliz para siempre" (pág. 105).

viernes, 17 de julio de 2015

Vera: una novela muy interesante

Ahora se encuentran en cualquier esquina mesas con libros de Editorial Norma a $4.000 y $5.000 ¿Por qué? Una campaña para combatir la piratería. Gracias a la campaña tuve el placer de leer Las Horas, de Michael Cunningham, y ahora me espera Días cruciales, del mismo autor. Espero encontrarme con otro Frederic Beigbeder y no con otro Daniel Pennac: de Frederic Beigbeder me gusta todo, de Daniel Pennac sólo Como una novela. Con la lectura de Las Horas puedo terminar en paz el 2008, en un año se descubre un autor, esa es la norma a la que estoy acostumbrada y eso que paso la mayor parte del tiempo leyendo.
En la mesa había un libro de Andrés Hoyos, una novela escrita por el director de la Revista El Malpensante. El no me gusta ni como director, ni como columnista, ni como administrador de grupos en Facebook, ni como contador de chistes o anécdotas graciosas; él es de los que no hace reír sino enfurecer cuando se las quiere dar de chistoso, supongo que admira con desesperación a Daniel Samper Ospina.
Compré el libro con la intención de ejercitar un tipo de escritura que tengo abandonada: la crítica ofendida, la que se escribe después de haber leído pensando en la persona que escribe y con la seguridad de que el texto no merece ser leído pero se lee. La ventaja de este tipo de lectura y de escritura es que no exige relectura, desde la primera página se usa el resaltador y antes de llegar a la página veinte ya se sabe sobre qué se va a escribir, mientras se escribe se piensa en la cara que pondrá el Artista si es que llegara a leer lo que se escribió sobre su novela.
Compré el libro a las doce, son 148 páginas de la coleccion La otra orilla, ni muy grande ni muy pequeño, comencé a leer a las dos, son la seis, ya lo terminé con breves interrupciones: un café, una llamada de veinte minutos. Lectura rápida, no muy predecible, abundantes lugares comunes, un libro digno para subir los niveles de lectura en el colombiano promedio. El comienzo me hace pensar en el estilo de Ricardo Cano Gaviria, en la página veinte recuerdo un libro sobre el parlache, en la cincuenta rememoro Muertos de susto de Harold Trompetero. No pienso en Flaubert, en Bufalino, en Chandler, en Dickinson, en Ribeyro... en ningún gran escritor.
Lo más desagradable de la novela es el uso reiterado de la expresión "muy interesante", una expresión vacía. Se supone que Vera es vista y narrada desde tres perspectivas: la del detective, la del columnista y la de ella misma, a pesar de que el escritor se esfuerza por hacerle creer al lector que se trata de tres voces diferentes los tres narradores desprecian lo mismo que desprecia Andrés Hoyos por diferentes razones: la izquierda, los profesores universitarios que se follan a las estudiantes bonitas y desaplicadas del curso, los sociólogos, los pobres, los feos... y los tres se hallan inmersos en situaciones "muy interesantes". Vamos a dar varios ejemplos en los que se usa la expresión que, de paso, sirven para plasmar la pobreza del estilo en la escritura del autor:
Examinando con mayor cuidado, noto que varias de las fotos más interesantes son tomadas en una discoteca que yo conozco. (Pág. 20)
Estas últimas, pese a que están hechas para mundos que no existen, no dejan de tener aquí y allá ideas interesantes. (Pág. 73)
Interesante, pero no para lo que nos ocupa. (Pág. 74)
¿No le interesarán a tu amiguito el grafómano ése para que malgaste en cosas más interesantes su mala prosa? (pág. 91)
El parlache:
Hay varios pasajes a lo largo de la novela que hacen pensar en el parlache, nunca sabré cuál es el propósito de usar este tipo de registro en personajes que se vanaglorian de su buen gusto y su clase cuando se trata de pensar en comida, bebida, lugares de encuentro. Para quienes no saben lo que es el parlache a continuación la conversación entre amigas de la base social en la que se origina el "fenómeno", sería lamentable que no sólo el cine colombiano sino la literatura se favorecieran de este recurso, creo que es una pérdida:
Texto número cuatro
-Quiubo.
-Bien.
-Hijueputa. Más mal, estuve en el entierro de Janik.
- ¿Cómo?
- Sí, hijueputa, lo mataron el viernes.
- Vida marica: ¡lo mataron! ¿Quién fue el gonorrea?
- No que va, el malparido se mató solo.
- ¿Mande?
- Sí, íba en una moto con Jerry y se le atravesó una puta buseta y el gorzobia voló, explotó.
- Hijueputa, es güevón vivito todavía no se pasaba de remojo, pa' ir a matase él mismo.
- Sí, aquél... está más grave, el que lo iba parrillando y a ese sí no, sólo se jodió una mano y se cortó la cara. Ese man ya está es de mental y no hace sino gritar, dizque: viejo, por qué vos, hijueputa, y casi no lo deja enterrrar.
- Jerry es un amor, una nota, Hoy mismo me piso pa' allá. El no se va a joder más.
-Yanik quedó más lindo, todo nota, lo peinaron muy cuquita, yo me tomé todo un rollo con él; pero ahí el feto era yo, él estaba preciosis. Los muchachos, cuando lo íban a enterrar, se tiraron a es gueco, casi no dejan hacer nada. Los chachos están dolidos, más si no tienen por qué vengarse. Porque cuando hay con quién, ellos se desahogan, pero ahora están con eso adentro. Mejor no vas donde Yerry.
- ¡Las güevas! Así me den chumbimba, yo tengo que ir, tengo que estar con él, a la efe, como debe ser, ¿o sino qué? Yo vuelo, no, olvídate, ese man me necesita.
-Sisas, tienes razón, cuando él entienda te va a agradecer.
-Bueno parcera, parlamos, paso por vos a las ocho pa' que nos pisemos pa la novena.
-¡Jmp! Hijueputa, me dañaste la mañana. Chao.
-Bye.

miércoles, 15 de julio de 2015

La virgen de los sicarios como extensión de la narrativa de la trasnculturación

En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo ficcionaliza la oralidad de una comunidad específica de Colombia con propósitos artísticos. Para crear la ilusión de oralidad desde la escritura sin perder verosimilitud es necesario que el artista conozca los imaginarios de la comunidad de su interés, la manera en que sus miembros conciben el mundo, el contexto social al que pertenecen y el modo en que valoran su participación como individuos que forman parte de una comunidad humana. Debe distinguir, además, las particularidades de la lengua y la manera en que la emplean sus usuarios en situaciones especificas con el propósito de estilizar ambos aspectos, el cultural y el lingüístico y, de esta manera, crear mundos literarios configurados a partir de situaciones sociales y usos de la lengua en contextos particulares. Fernando Vallejo posee pleno dominio de las reglas implícitas que subyacen a la realización de la oralidad y la escritura, es un gran observador del habla de la comunidad de su interés y se ha acercado a los usuarios de la lengua en contextos naturales para luego tomar distancia cuando emprende el proceso de escritura, el resultado es La virgen de los sicarios, una "historia de amor en el país del odio".
Los novelistas que han adoptado la toma de posición que Angel Rama ha denominado narrativa de la transculturación (1982) comparten la dedicación por el estudio y el esfuezo por comprender y ficcionalizar hablas y expresiones culturales de regiones relativamente aisladas de América Latina; asumen el predominio de la oralidad en la región de su interés como la clave de un conjunto de recursos de representación literaria. A través del conocimiento de la configuración mental de los habitantes de esta región y de los principales problemas sociales que los aquejan, se propusieron lograr, después de un exigente proceso de elaboración, la producción de un efecto de oralidad con repercusiones estéticas e ideológicas en cada caso particular (Pacheco, 1992).
La ficcionalización de la oralidad (como una opción opuesta a la fetichización de la escritura) se inscribe dentro de la concepción que parte de la negación de la superioridad cultural de unas comunidades en relación con otras, una actitud eminentemente antieurocentrista ratificada a partir de los textos de Fernando Ortiz -desde la perspectiva antropológica- que luego sirvió de sustento para fundamentar la teoría sobre la transculturación narrativa emprendida por Angel Rama y ratificada en la actualidad por estudiosos de la literatura latinoamericana como Carlos Pacheco.
Independencia, originalidad y representatividad literaria, categorías definidas por Angel Rama (1982: 11-20), son, después de la consolidación de las naciones latinoamericanas, los pilares sobre los cuales debía fundarse el proyecto literario, que no podía ser indígena porque existía una fuerte marca dejada por los europeos, comenzando por la lengua y las tradiciones implantadas, como tampoco se podía sustentar en la plácida imitación de los modelos europeos. Los tres aspectos fueron logrados por los transculturadores después de transcurrido mucho tiempo de intentos de escritores regionalistas por crear obras que, además de poseer gran valor estético, representaran con verosimilitud los lenguajes simbólicos y orales interiorizados y empleados por individuos de comunidades fuertemente orales, por culturas orales primarias, como diría Walter Ong (1987: 40).
El deseo de dar a conocer los imaginarios de algunas comunidades rurales e indígenas y de hacer de éstas el eje central de una propuesta estética simultánea en varios paises latinoamericanos maduró, entre otras cosas, debido a las grandes transformaciones que ocurrieron en América Latina tras la primera Guerra Mundial:
Tras la primera guerra mundial, una nueva expansión económica y cultural de las metrópolis se hace sentir en América Latina y los beneficios que aporta a un sector de sus poblaciones no esconde las rupturas internas que genera ni los conflictos internos que han de acentuarse tras el crac económico de 1929. Se intensifica el proceso de transculturación en todos los órdenes de la vida americana. Uno de sus capítulos lo ocupan los conflictos de las regiones interiores con la modernización que dirigen capitales y puertos, instrumentada por las élites dirigentes urbanas que asumen la filosofía del progreso. La cultura modernizadora de las ciudades, respaldada en sus fuentes externas y en su apropiación del excedente social, ejerce sobre su hinterland una dominación (trasladando de hecho su propia dependencia de los sistemas culturales externos) a los que prestan eficaz ayuda los instrumentos de la tecnología nueva... A las regiones internas, que representan plurales conformaciones culturales, los centros capitalinos les ofrecen una disyuntiva fatal en sus dos términos: o retroceden entrando en agonía, o renuncian a sus valores, es decir, mueren (Rama. 1982: 28).
En las obras de los narradores de la transculturación (Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Joao Guimaraes Rosa...) la lengua y las estructuras literarias son objeto de especial atención; gracias al manejo de estos recursos es posible percibir en algunas de las novelas más representativas (Pedro Páramo, Cien años de soledad, Gran sertón: Veredas...) las diferencias con otras manifestaciones estéticas escritas que, aunque también se destacan por la oralidad, generan otro tipo de efectos en los lectores. El efecto que se proponen producir los transculturadores con la estilización de un habla regional es la sensación -en el lector- de encontrarse ante la recreación de voces rurales o populares auténticas y de presentar las particularidades culturales de la comunidad, su manera de concebir el mundo, el amor, la vida... a través del uso que los narradores y los personajes hacen de la lengua;
Se trata, nada menos, de escribir la realidad (y no de describirla, de imitarla, sino de dejarla en cierto modo que se produzca a sí misma, representación natural de la naturaleza); es decir de hacer aquello que define propiamente la literatura, pero a propósito de la realidad más banalmente real, la más corriente y moliente que, por oposición a lo ideal, no está hecha para ser escrita... hay que afirmar el poder que pertenece al arte de constituirlo todo gracias a la virtud de la forma... de transmutarlo todo en obra de arte gracias a la eficacia de la propia escritura (Bourdieu. 1997: 165).
Si recordamos las características propuestas por Angel Rama sobre la manera como los narradores de la transculturación emplean la lengua, podemos percibir, antes de hacer cualquier análisis textual de la escritura de Fernando Vallejo, que todas atraviesan su narrativa:
1. Se prescinde del uso de glosarios, estimando que las palabras regionales transmiten su significado dentro del contexto linguístico aún para quienes no las conocen.
2. El léxico, la prosodia y la morfosintaxis de la lengua regional, aparece como el campo predilecto para prolongar los conceptos de originalidad y representatividad, fundamentos de la "plasticidad cultural".
3. Lo que antes era la lengua de los personajes populares y, dentro del mismo texto se oponía a la lengua del escritor o del narrador, invierte su posición jerárquica: en vez de ser la excepción y de singularizar al personaje sometido al escudriñamiento del escritor, pasa a ser la voz que narra... no remeda simplemente un dialecto, sino que utiliza formas sintácticas o lexicales que le pertenecen dentro de una lengua coloquial.
4. El autor se ha reintegrado a la comunidad lingüística y habla desde ella con desembarazado uso de los recursos idiomáticos... es a partir de su sistema lingüístico que trabaja el escritor, quien no procura imitar desde fuera un habla regional, sino elaborarla desde dentro con una finalidad artística.
5. Desde el momento en que el escritor no se percibe a sí mismo como fuera de la comunidad lingüística, sino que la reconoce sin rubor, ni disminución como propia... investiga las posiblidades que ésta le proporcionan para construir una específica lengua literaria dentro de su marco (Rama. 1982: 41-42).
Al introducirse en las raíces de la cultura y sentirse como parte de ésta el escritor transculturador descubre aspectos que le eran desconocidos, identifica rasgos particulares de la interioridad de los habitantes del lugar que difieren ampliamente de los representados en las obras en la que el escritor se distancia de la región o de la realidad que desea representar, de la misma manera que se distancia de sus personajes cuando se convierte en narrador.
La toma de posición asumida por Fernando Vallejo tiene algunas similitudes con la de los narradores de la transculturación pero es evidente que ha surgido a partir de intereses, problemas y nuevas preocupaciones, diferentes a las observadas y expresadas por escritores como Gabriel García Márquez. En La virgen de los sicarios, por ejemplo, los problemas de carácter social están relacionados con la explosión demográfica, la masificación y la violencia, no se trata de concederle la voz a los desvalidos o a los vencidos sino de -a través de la voz y las actitudes de los personajes marginados y marginales- dar a conocer y reflexionar sobre problemas que aquejan a ciudades como Medellín que, en síntesis, son los de las ciudades latinoamericanas, en las que la distribución de los bienes materiales y culturales no es equitativa; se trata de una sociedad en la que no se le brindan las mismas oportunidades a todos, especialmente a los jóvenes menos favorecidos económicamente.
En la narrativa de la transculturación pocas veces los narradores explican las situaciones que viven los personajes, a través de la ficcionalización de la oralidad éstos lo hacen por sí mismos en narraciones que se asemejan al testimonio y que producen en el lector la sensación de que aquello que lee no es el resultado del esfuerzo de un artista por lograr verosimilitud en su creación, sino que se trata de la transcripción de relatos orales de personas que desconocen la escritura o la emplean sólo con fines prácticos. La voz de los narradores no es fría y distante, como si fuera la de un hombre culto, distanciado y objetivo que expone situaciones que le son ajenas, sino que esta voz se mezcla y se confunde con la de los personajes.
El narrador de las obras de Fernando Vallejo ha llevado esta práctica al extremo:
Al decidir hablar en nombre propio, con su voz (una voz inconfundible que no se parece a la de nadie), Fernando Vallejo está rompiendo con la más obstinada tradición literaria: la del narrador omnisciente que todo lo sabe y que todo lo ve, el novelista ubicuo que puede atravesar con su mirada las paredes y leer los pensamientos. Nada de esto aquí. En vez del Artífice Supremo, un simple ser humano que dice "yo" sin ocultarse detrás de una pluralidad de máscaras. Pero eso sí, uno que ha jurado no salirse jamás de los límites del pronombre de primera persona con todo lo que eso implica: asumir sin disimulos ni subterfugios sus amores y sus odios (Contracarátula de El desbarrancadero. 2001).
En La virgen de los sicarios no sólo el narrador y los personajes comparten el mismo idiolecto sino que, además, se involucra al lector. El lector -real e implícito- aprende la lengua del narrador -que también está aprendiendo la de los sicarios- y debe aceptar las agresiones que éste le dirige; en la primera página de la novela Fernando primero lo informa, después lo interroga, luego lo desprecia y, finalmente, como hace siempre, le explica:
Un rombo de ciento veinte pliegos inmenso, rojo, rojo, rojo para que resaltara sobre el cielo azul. El tamaño no me lo van a creer, ¡pero qué saben ustedes de globos! ¿saben qué son? Son rombos o cruces o esferas hechos de papel china deleznable, y por dentro llevan una candileja encendida que los llena de humo para que suban. El humo es como quien dice su alma, y la candileja el corazón (Vallejo. 1994: 7).
Fernando emprende su viaje a través de Medellín; lo inicia con Alexis y lo termina con Wilmar (el asesino de Alexis) cuando lo deja en el anfiteatro:
Al amanecer sonó el teléfono: del anfiteatro, que fuera a identificar a alguien que llevaba consigo un número.
"Anfiteatro" llaman aquí a la morgue, y no hay taxista en Medellín ni cristiano que no sepa dónde está porque aquí los vivos sabemos bien adónde tenemos que ir a buscar a los muertos (Vallejo. 1994: 136-137).
Cuando Fernando sale de allí se dirige a tomar un bus cualquiera para donde vaya y se despide del lector, que lo ha acompañado durante su travesía.
De la misma manera en que Fernando le explica al lector lo que es un globo, le describe cuanto ve y cuanto recuerda durante su recorrido por diferentes lugares: iglesias, calles, zonas rurales, comunas, restaurantes, bares... Los espacios, ambientes y objetos con los que se encuentra y llaman su atención son conocidos por el lector a través de descripciones y comparaciones en las que el pasado vivido y recordado es visto como el tiempo ideal y el presente es tratado con desprecio y dolor:
Entre los nuevos barrios de casas uniformes seguían en pie, idénticas, algunas de las viejas casitas campesinas de mi infancia, y el sitio más mágico del Universo, la cantina Bombay... con los mismos techos de vigas y las mismas paredes de tapias encaladas... los muebles eran de ahora pero qué importa, su alma seguía encerrada allí y lo comparé con mi recuerdo y era la misma...
No sé si entre aquellas casitas campesinas que quedaban estaba la del pesebre... la del pesebre más hermoso que hayan hecho los hombres desde que se estableció la costumbre de armar en diciembre nacimientos y belenes para conmemorar la llegada a esta mísera tierra... en la carretera a Sabaneta había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a Sabaneta. Ir de una realidad a la otra era infinitamente más alucinante que cualquier sueño de basuco (Vallejo. 1994: 15-16).
En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo recrea una región que es presentada y sentida como un espacio natural y una realidad social que han sido transformados, disueltos de forma violenta; se trata de un espacio y una realidad que le producen repulsión: el idilio es la naturaleza y la infancia, la edad adulta es de inconformidad, rechazo y desprecio del presente:
¿Se les hace impropio un viejo matando a un muchacho? Claro que sí, por supuesto. Todo en la vejez es impropio: matar, reirse, el sexo, y sobre todo seguir viviendo (Vallejo. 1994: 103).
A través de la narración el lector experimenta las sensaciones vividas por Fernando debido al modo en que están escritas, a la puesta en forma; el ritmo de las frases es acorde con el ritmo de las acciones y los rasgos de los espacios descritos:
Las comunas cuando yo nací no existían... las encontré a mi regreso en plena matazón, florecidas, pesando sobre la ciudad como su desgracia. Barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas, atronándose con su música, envenenándose de amor al prójimo, compitiendo las ansias de matar con la furia reproductora... en el momento que escribo este conflicto aún no se resuelve: siguen matando y naciendo... pero sigamos subiendo: mientras más arriba en la montaña mejor, más miseria (Vallejo. 1994: 33).
La descripción física y los valores de los amantes del gramático son explicados y contrastados con los de él mismo a medida que él, un hombre adulto culto, se va internando en el mundo de los jóvenes sicarios:
"Aquí te regalo esta belleza -me dijo José Antonio cuando me presentó a Alexis- que ya lleva como diez muertos". Alexis se rió y yo también y por supuesto no le creí, o mejor dicho sí... Le quité la camisa, se quitó los zapatos, le quité los pantalones, se quitó las medias y la trusa y quedó desnudo con tres escapularios. Que son los que llevan los sicarios: uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen. (Vallejo. 1994. 11-18).
Para comprender la naturaleza de los sicarios el narrador ha tenido que involucrarse no sólo en sus actividades sino que además ha tenido que aprender, interpretar y usar su lengua; a lo largo de la novela hay frecuentes reflexiones relacionadas con el lenguaje y con su uso debido a que el narrador es un gramático:
"El pelao debió de entregarle las llaves a la pinta esa", comentó Alexis... Con "el pelao" mi niño significaba el muchacho; con "la pinta esa" el atracador; y con "debió de" significaba "debió" a secas... una cosa es "debe" sola y otra "debe de". Lo uno es obligación, lo otro duda (Vallejo. 1994: 23).
Los valores del narrador experimentan transformaciones graduales a medida que avanza el relato debido a que se ha involucrado en las experiencias de los demás personajes. Al comienzo puede llegar a alterarse debido a algunas actitudes de los sicarios, más adelante los cuestiona un poco, al final, termina justificándolos y hasta celebrando su comportamiento. Los sicarios, como Ángeles Exterminadores, cumplen una función positiva debido a que compensan la "furia reproductora" de sus madres.
El inicio de la novela no produce ninguna sorpresa en el lector debido a que se trata de una escritura narrativa más o menos convencional: un narrador en primera persona que se refiere a hechos ocurridos en el pasado en los que él ha participado: "Había en las afueras de Medellín un pueblo silencioso y apacible que se llamaba Sabaneta. Bien que lo conocí" (Vallejo. 1994: 7).
Cuando el narrador se ha involucrado lo suficiente en el mundo de los sicarios también se ha transformado su modo de expresarse: "Sacó el Ángel exterminador su espada de fuego, su 'tote', su 'fierro', su juguete, y de un relámpago para cada uno en la frente los fulminó. ¿a los tres? No bobito, a los cuatro, al gamincito también" (Vallejo. 1994: 64).
Al final de la novela, en la última página, Fernando se dirige al lector través del idiolecto característico de los sicarios; el narrador conoce y emplea la lengua de los personajes de manera desenvuelta y natural:
Bueno parcero, aquí nos separamos, hasta aquí me acompaña usted. Muchas gracias por su compañía y tome usted, por su lado, que yo me sigo en cualquiera de estos buses para donde vaya, para donde sea.
"y que te vaya bien,
que te pise un carro
o que te estripe un tren" (Vallejo. 1994. 142).
El narrador de La virgen de los sicarios, a diferencia del de Cien años de soledad, es un crítico severo que se expresa sin titubeos y no se esfuerza por cautivar al lector. Mientras que en la novela de García Márquez los problemas son expresados a través de la voz de los personajes y la reflexión surge a partir de la lectura, es decir que la actitud crítica debe ser descubierta e interpretada por el lector, en la de Fernando Vallejo el narrador evalúa acciones y actitudes propias y ajenas, la mayoría de las veces de forma bastante agresiva, sin ningún tipo de consideración ni siquiera con él mismo.
La actitud desacralizadora -la "etica invertida" celebrada por el "odiador amable" (Abad, 2000) en todas las obras de Fernando Vallejo no puede ser concebida sólo como el deseo de ofender o de calmar angustias existenciales; "el fin de Vallejo, con todo, es menos retratar una conciencia que zarandear a un país y, desnudando sus vergüenzas, igualarlo al resto de la humanidad, a la que insulta con indignación imparcial" (Ospina. 2000: 20).
El narrador de La virgen de los sicarios -que es el mismo de El río del tiempo y El desbarrancadero- se esfuerza por ir contra la corriente, contra valores e instituciones como el matrimonio, la maternidad, la heterosexualidad, la iglesia, la familia, los actos humanitarios, la intelectualidad, el respeto a las instituciones públicas, al presidente, etc:
La relación carnal con las mujeres es el pecado de la bestialidad... como por ejemplo un burro con una vaca.
De tanto en tanto una vieja preñada, una de esas perras putas paridoras que pululan por todas partes con sus impúdicas barrigas en la impunidad más monstruosa.
Vive prisionero, encerrado, casado, con mujer gorda y propia y cinco hijos comiendo, jodiendo y viendo televisión.
(el presidente) les lee el discurso que le escribieron en inglés con esa vocecita chillona, montañera, maricona, suya, y con el candor y el acento de un niño de escuela que está aprendiendo.
Cualquier sociólogo chambón de esos que andan por ahí analizando en las "consejerías de paz" concluirá de esto que al desquiciamento de una sociedad se sigue el del idioma. ¡Qué va! (Vallejo. 1994).
Aunque la ficcionalización de la oralidad es un recurso empleado en la totalidad de la obra de Fernando Vallejo, en La virgen de los sicarios, por tratarse de la recreación de las expresiones y las acciones más frecuentes de los sicarios de las comunas, su uso es más eficaz para asumir una actitud desacralizadora, para producir mayor repulsión en los detractores de sus obras. Después de esta novela -gracias a la verosimilitud de su escritura- es muy probable que su autor no sea catalogado sólo como homosexual de costumbres depravadas, sino que, además, podrá ser declarado como sicario y, sin embargo, Fernando Vallejo, como su narrador, aparte de unos cuantos libros no tiene prontuario (Vallejo.1994: 42).
En La virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en los problemas que aquejan a Medellín, pero es evidente que a lo largo de su narrativa el menosprecio va dirigido a la raza humana, a sus actos y sentimientos, a la manera en que expresan sus deseos y a los argumentos que los motivan para ejecutarlos:
Mira Alexis, tú tienes una ventaja sobre mí y es que eres joven y yo ya me voy a morir, pero desgraciadamente para ti nunca vivirás la felicidad que yo he vivido. La felicidad no puede existir en este mundo tuyo de televisores y casetes y punkeros y rockeros y partidos de fútbol. Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas. Dan grima, dan ganas de darle a la humanidad una patada en el culo y despeñarla por el rodadero de la eternidad, y que desocupen la tierra y no vuelvan más (Vallejo. 1994: 15).
La elección por la que ha optado Fernando en La virgen de los sicarios no se debe a que los sicarios encarnen los valores que él considera dignos de ser llevados a la práctica, sino porque entre las posibilidades que le presenta Medellín durante el periodo de tiempo recreado la opción que considera más legítima es la de amar a Alexis, el Ángel Exterminador, porque en él, a pesar de sus limitaciones, se concentran valores que dan fe de su autenticidad y de una actitud radical ante la vida.
En algunas ocasiones y en relación con algunas decisiones, Alexis puede llegar a ser "más extremoso" que el narrador:
Le pregunté si le gustaban las mujeres. "No", contestó con un "no" tan rotundo, tan inesperado que me dejó perplejo. Y era un "no" para siempre: para el presente, para el pasado y para el futuro y para toda la eternidad de Dios: ni se había acostado con ninguna ni se pensaba acostar. Alexis era imprevisible y me estaba resultando más extremoso que yo. Conque eso era pues lo que había detrás de esos ojos verdes, una pureza incontaminada de mujeres. Y la verdad más absoluta, sin atenuantes ni importarle un carajo lo que piense usted que es lo que sostengo yo. De eso era de lo que me había enamorado. De su verdad (Vallejo. 1994: 21).
Si se piensa en la situación actual del país, en los antecedentes de violencia y en la parcialidad con que se abordan los temas más conflictivos (la corrupción, la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico, los derechos humanos, etc.) a través de los medios de comunicación, por los políticos y por los "especialistas", es evidente que la actitud de Fernando Vallejo no se constituye apenas en el desahogo de un hombre que sufre y disfruta injuriando y escandalizando a los demás mientras recuerda episodios de su vida, sino que es necesario ir un poco más allá: "Esas despiadadas comprobaciones, esos sermones del ateísmo militante, estos asesinatos simbólicos del poder, fueron siempre el modo como las sociedades se quitaron de encima las mordazas del clericalismo y las camisas de fuerza de la moralidad hipócrita" (Ospina. 2000: 20).
La descripción del globo hecho con papel china deleznable en la primera página de La virgen de los sicarios no cumple sólo la función de evocar con nostalgia la infancia, es, además, el objeto ideal para contrastar la fervorosa religiosidad de los colombianos -especialmente de los antioqueños- con la sangre derramada por Jesús y por Colombia "por los siglos de los siglos amén":
Cuando se llenan de humo y empiezan a jalar, los que los están elevando sueltan, soltamos, y el globo se va yendo, yendo al cielo con el corazón encendido, palpitando, como el Corazón de Jesús. ¿Saben quién es? Nosotros teníamos uno en la sala; en la sala de la casa de la calle del Perú de la ciudad de Medellín, capital de Antioquia; en la casa donde yo nací, en la sala entronizado o sea (por qué no se va a saber) bendecido un día por el cura. A él está consagrada mi patria. El es Jesús y se está señalando el pecho con el dedo, y con el pecho abierto el corazón sangrando: goticas de sangre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos amén (Vallejo. 1994: 7-8).
En la virgen de los sicarios Fernando Vallejo se concentra en un sector marginado de Medelllín: los jóvenes sicarios de las comunas; el gran problema que aqueja a la comunidad -como ocurre en otros lugares marginales de Colombia- no es el aislamiento sino la violencia y el interés de quienes la constituyen por estar al día en relación con aspectos como la moda:
Le pedí que anotara, en una servilleta de papel, lo que esperaba de esta vida. Con su letra arrevesada y mi bolígrafo escribió: Que quería unos tenis marca Reebock, y unos jeans Paco Ravanne. Camisas Ocean Pacific y ropa interior Kelvin Klein. Una moto Honda, un jeep Mazda, un equipo de sonido láser y una nevera para la mamá: uno de esos refrigeradores enormes marca Whirpool que soltaban chorros de cubitos de hielo abriéndoles simplemente una llave (Vallejo. 1994. 107);
Los placeres o las aficiones como la música:
Alexis dijo que yo estaba loco. Que no se podía vivir sin música, y yo que sí, y que además eso no era música "romántica" (Vallejo. 1994: 20);
La televisión:
Se pasa ahora el día entero mi muchachito ante el televisor cambiando de canal a cada minuto... Impulsado por su vacío existencial agarra en el televisor cualquier cosa: telenovelas, partidos de fútbol, conjuntos de rock, una puta declarando, el presidente (Vallejo. 1994: 22-38);
El fútbol:
El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol... al día siguiente ¡goool! Los goles atruenan el cielo de Medellín y después tiran petardos o "papeletas" o "voladores" y uno no sabe si es de gusto o si son las mismas balas de anoche (Vallejo. 1994: 46).
Los gustos de los personajes se materializan o se ven frustrados en un contexto social y político corrupto e impune:
Con eso de que aquí, en este país de leyes y constituciones, democrático, no es culpable nadie hasta que no lo condenen, y no lo condenan si no lo juzgan, y no lo juzgan si no lo agarran, y si lo agarran lo sueltan... La ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente, que a estas horas debe andar parrandiándose el país (Vallejo. 1994: 22).
Una de las preocupaciones más evidentes de Fernando Vallejo como intelectual y como novelista es el aumento desmesurado de la pobreza, que se hace cada vez más preocupante debido a lo que él llama la "furia reproductora". En El desbarrancadero el narrador desprecia e insulta a su madre por el hecho de que ella se autoproclame heroína sólo por haber dedicado su vida a tener hijos y pensar que ellos deberían agradecérselo y servirla:
Herrmana de esta furia es la Loca que aquí tratamos, una mujer impredecible, mandona, irascible, que nos hijueputiaba... El gran secreto de las madres de Antioquia: paren al primer hijo, le limpian el culo, y lo entrenan para que les limpie el culo, al segundo, al tercero, al cuarto, al quinto, al decimosexto, que encargándose exclusivamente de la reproducción ellas paren. Así procedió la Loca y yo... terminé de niñera de mis veinte hermanos mientras la devota se entregaba en cuerpo y alma... a propagar su sacro molde... no se fuera a perder... Yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba, ordenaba... y lo que yo lavaba, planchaba, barría, trapeaba y ordenaba la Loca lo ensuciaba, arrugaba, empolvaba, desordenaba...
-Fue la última vez, vieja hijueputa- le grité con la dulce y delicada palabra aprendida de ella.
Y fue porque cuando yo digo basta es basta.
Pero después me arrepentí de haberme rebajado tanto, hasta su bajeza (Vallejo. 2001).
En La virgen de lo sicarios esta diatriba también es frecuente -mucho más que en las novelas que constituyen El río del tiempo- debido a que los amantes de Fernando viven en las comunas y las madres de estos sicarios son tan prolíficas como la del narrador de El desabarrancadero.
Uno de las rasgos que mejor caracteriza a lo sicarios y a las personas con menos recursos económicos es la necesidad de aferrarse a la fe para, a través de ésta, hacer más llevadera la vida:
Un tropel entre un carrerío llenaba el pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota, insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. me avergüenzo de esta raza limosnera... Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los muchachos, los sicarios, y en efecto, pululaban (Vallejo.1994: 17).
Los pobres de Medellín se reproducen "como las ratas" en las comunas y luego bajan a arrasar la ciudad:
¡Pero miren qué hacinamiento! millón y medio en las comunas de Medellín, encaramados en las laderas de las montañas como las cabras, y reproduciéndose como las ratas. Después se vuelcan sobre el centro de la ciudad y Sabaneta... y por donde pasan arrasan. "Acaban hasta con el nido de la perra" como decía mi abuela (Vallejo. 1994: 60).
De la misma manera que los habitantes de las comunas reproducen la pobreza, se encargan de reproducir también la violencia:
Cada comuna está dividida en varios barrios, y cada barrio repartido en varias bandas: cinco, diez, quince muchachos que forman una jauría que por donde orina nadie pasa... perdiéndonos en el laberinto de los callejones y de los odios... los rencores y los ajustes de cuentas que se heredan de padres a hijos y se pasan de hermanos a hermanos como el sarampión... La lucha implacable es a muerte, esta guerra no deja heridos porque después se nos vuelven culebras. No señor (Vallejo. 1994: 67).
Fernando Vallejo considera que la violencia se ha acrecentado "por la rabia de la población. Por tanto carro, tanta gente, tanta rabia, que les va subiendo de grado en grado la temperatura a las ciudades" (Vallejo. 2002: 1). Propone dos alternativas para mejorar las condiciones de vida: "o nos ponemos a matar en bloque, más a conciencia, no de a veinte o treinta; o dejamos de reproducirnos. Porque ya no cabemos. Y cuando las ratas no caben porque están muy apretadas, unas con otras se matan (Vallejo. 2002: 1).
Bibliografía
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Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997. Primera edición: París: Éditions du Seuil. 1992.
__________ Sociología y cultura. México: Grijalbo. 1990. Primera edición. Questions de sociologie. Paris: Editiones de Minuit. 1984. Introducción de Néstor García Canclini.
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Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1978.
Ospina, William. "No quiero morir pero matan", En Número. 26. Sept - nov. 2000.
Pacheco, Carlos. La comarca oral. Caracas: La Casa de Bello. 1992.
Rama. Angel. Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI. 1982.
Vallejo, Fernando. El desbarrancadero. Bogotá: Alfaguara. 2001.
___________ "Los difíciles caminos de la esperanza". Fotografías: retratos con bestia de Jorge Mario Múnera. En www.revistanumero.com. 2002
___________ La virgen de los sicarios. Bogotá: Alfaguara. 1994, 2002.
Notas:
[1] La distribución de los bienes materiales y culturales en realidad no es equitativa en ninguna parte y, mucho menos en las sociedades capitalistas: "El mercado de bienes simbólicos incluye, básicamente, tres modos de producción: burgués, medio y popular. Estos modos de producción cultural se diferencian por la composición de sus públicos (burgués/clases medias/populares), por la naturaleza de las obras producidas (obras de arte/bienes de consumo masivo) y por las ideologías político-esteticas que los expresan (aristocratismo esteticista/ascetismo y pretensión/pragmatismo funcional). Pero los tres sistemas coexisten dentro de la misma sociedad capitalista, porque ésta ha organizado la distribución (desigual) de todos los bienes materiales y simbólicos. Dicha unidad se manifiesta, entre otros hechos, en que los mismos bienes son, en muchos casos, consumidos por distintas clases sociales. La diferencia se establece entonces, más que en los bienes que cada clase apropia, en el modo de usarlos" (Néstor García Canclini, en la introducción a Sociología y cultura. Pierre Bourdieu. 1990: 22)
[2] "El amor homosexual ha sido un tópico difícil para la literatura hispanoamericana contemporánea, principalmente por la impericia de los autores al tratar el tema... La mayoría se conforma con un erotismo repetitivo y solemne, o bien una farse melodramática que, a estas alturas, ya ni siquiera nos hace sonreir.
Fernando Vallejo evita ambos escollos obrando con eminencia intelectual: su novela no es erótica sino tanática. Su campo de batalla es la mente, no la piel...
Por lo que atañe a las probables escenas de erotismo homosexual, éstas han sido suprimidas sistemáticamente, como si el narrador no quisiera que su presencia negara o atemperara la perspectiva de que el mundo... fue y será una porquería. De tal suerte, la homosexualidad aparece en La virgen de los sicarios como una actitud moral de los personajes. También como un recurso estilístico, un potente catalizador de la misantropía y el horror ante la capacidad de engendrar" (Herbert. 2001: 2).
[3] En fragmentos como este las palabras del narrador van dirigidas al lector extranjero como explicación o ilustración y al colombiano como reproche.
© Elsy Rosas Crespo 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

José Asunción Silva y Ricardo Cano Gaviria: lector artista, lector que escribe

A partir del texto de Walter Ong Oralidad y escritura (1987), Alvaro Pineda Botero, en "La escritura especular de Silva en De sobremesa" (1992), recuerda el origen, la función y el uso de los diarios para interpretar la novela del escritor bogotano. Ong explica la proliferación del uso del diario y la aparición de éste como recurso estilístico en la literatura, especialmente durante el siglo XVIII, y destaca su aparición como parte del proceso de supremacía de la escritura sobre la oralidad en la cultura occidental. De sobremesa, según Pineda Botero, está construida en forma de espiral ya que la escritura de un diario depende de la lectura y la escritura de otro: José Fernández lee el diario de María Bashkirtseff y los amigos de José Fernández escuchan la lectura del suyo; "El significado del verbo escribir se proyecta aquí en múltiples niveles que sólo podríamos describir con una especie de trabalenguas: yo, en este ensayo crítico, escribo que el autor Silva escribe que el protagonista Fernández escribe que a él le gusta escribir..." (Pineda: 1992: 196).
El ambiente en el que se desarrolla la conversación y la posterior lectura del diario es lo suficientemente ostentoso como para no dudar que José Fernández es un hombre culto, adinerado y sensible ante la belleza. Esta sensibilidad ha sido adquirida a través de la experiencia lectora y contemplativa, así como a partir de vivencias personales motivadas, en varias ocasiones, a partir de la lectura de un libro o la observación de un cuadro.
La formación intelectual y la sensibilidad de José Fernández surgen a través del ejercicio de la lectura y la escritura porque ambas prácticas son complementarias y recíprocas, porque escribir es ejercitar con especial rigor y esmero el arte de la lectura: "Lo que me hizo escribir mis versos fue que la lectura de los grandes poetas me produjo emociones tan profundas como son todas las mías; que esas emociones subsistieron por largo tiempo y se impregnaron de mi sensibilidad y se convirtieron en estrofas" (Silva. 1984: 166). Las ideas románticas del genio y la inspiración son suplantadas en De sobremesa, como en La fanfarlo de Baudelaire, por las del trabajo y el esfuerzo físico y mental. El artista posee gran sensibilidad estética pero ésta sólo se constituye en un componente de su formación.
Una idea persistente en la novela es la del "lector artista": para que se complete la obra es necesario que el lector posea gran sensibilidad; el lector debe asemejarse, en su formación literaria y en sus niveles de percepción ante el arte, al escritor. Fernández explica la existencia de dos tipos de lectores: el lector mesa y el lector piano; el segundo es el esperado por el poeta, desafortunadamente, dice Fernández, casi todos los lectores son lectores mesa:
Es que yo no quiero decir sino sugerir y para que la sugestión se produzca es preciso que el lector sea un artista... En imaginaciones desprovistas de facultades de ese orden ¿qué efecto produciría la obra de arte? Ninguno. La mitad de ella está en el verso, en la estatua, en el cuadro, la otra en el cerebro del que oye, ve o sueña. Golpea con los dedos una mesa, es claro que sólo sonarán unos golpes, pásalos por la teclas de marfil y producirás una sinfonía: y el público es casi siempre mesa y no un piano que vibre como éste (Silva. 1984: 173).
Se trata de una actitud bastante similar a la que asume Ricardo Cano Gaviria no tanto ante los lectores de literatura como ante los críticos:
Es un hecho que... a propósito de la crítica... procediendo de acuerdo a los esquemas de un contenidismo -reducido en el peor de los casos, a sus límites más patéticos, los del mensaje- ha representado las mayores incomprensiones y los más grandes malentendidos en el intento de hacer inteligible un acontecer literario1 (Cano. 1972: 139).
Quien escribe un diario lo hace porque considera que lo que le ha ocurrido en el instante o, muy recientemente, es tan memorable o doloroso como para ser recordado en lecturas posteriores. Para José Fernández, como para María Bashkirtseff, la escritura del diario cumple dos funciones: se constituye, por una parte, en la memoria que registra las lecturas que van realizando, acompañadas casi siempre de reflexiones o comentarios surgidos a partir de dichas lecturas:
Tras de varias horas de lectura de Balzac, en que he vivido en comunión con aquel genio enorme... Hay que pintar a Margarita, después del encuentro con Fausto, con el seno agitado y los ojos brillantes y las mejillas encendidas por el fuego de amor que le hacen correr por las venas las palabras del gallardo (Silva. 1984: 179-184).
Y, por otra, para referir experiencias personales que han afectado su sensibilidad; muchas de estas experiencias han surgido después de la lectura de algún libro o debido a emociones vividas a través del arte, de su contemplación o de su recuerdo. Ambos son "lectores-artistas" y la sensibilidad exacerbada que los caracteriza convierte sus vidas en una experiencia que también es estética:
Hay frases del diario de la rusa que traducen tan sinceramente mis emociones, mis ambiciones y mis sueños, mi vida entera, que no habría podido jamás encontrar yo mismo fórmulas más netas para anotar mis impresiones (Silva. 1984: 182-190).
La escritura de ambos diarios es característica de grandes lectores y las dos actividades, la lectura y la escritura, exigen absoluta soledad para realizarse plenamente. Esta característica se opone de manera radical a la oralidad y es evidente en la novela de Silva.
En Una lección de abismo y en "En busca del Moloch" la reflexión en torno al hecho de leer, de releer y de escribir, de reflexionar sobre estas actividades, se constituyen en temas centrales, pero la diferencia entre los personajes de estas obras con José Fernández y la pintora rusa está relacionada con el hecho de que los únicos "lectores artistas" en los textos de Ricardo Cano Gaviria son Flaubert, Gautier y Víctor Hugo, los demás, los creados por él, son lectores comunes en cuya escritura se despliega demasiada erudición innecesaria e ingenuidad disfrazada de profundidad; la novela está elaborada a partir de lugares comunes del tipo "todo tiempo pasado fue mejor".
Algunas de las reflexiones más profundas de Jasmin, el artista de Una lección de abismo, son del orden de:
Últimamente me persigue una idea, con una intensidad que sospecho algo malsana, la de que sólo llegamos a valorar lo que tenemos cuando ya lo hemos perdido. Mi actual estado de ánimo me lleva a constatarlo a cada instante; de pronto, todo se me antoja suspendido de esa especie de sensación de finitud que, como un suave polen, desprende la exquisita flor de la nostalgia, una flor que es de color amarillo encarnado... Creo que deberíamos permanecer siempre al acecho de lo que fuimos, pues mucho me temo que sólo cuando empecemos a sorprendernos tanto de nuestra imagen pasada que no lleguemos a reconocernos en ella, habremos empezado el camino de una decrepitud peor, de la que haríamos bien en avergonzarnos si aún nos queda un resto de dignidad... (Cano. 1991: 17-18).
En las cartas de Silva es fácil observar la ambivalencia del poeta en relación con la espiritualización del arte y el deseo de fama, el reconocimiento como artista y los beneficios económicos que le pudieron haber representado sus relaciones personales, tanto como los negocios; mientras que por una parte se lamenta por el aislamiento y el provincianismo, por la falta de sensibilidad estética en la vida de los bogotanos, por otra se relaciona con los políticos más retrógrados, celebra algunas de sus actitudes y planes y tiene grandes pretensiones de lucro cuando se refiere a sus actividades económicas. La actitud estética excesiva la expresa especialmente cuando le escribe a Baldomero Sanín Cano como si intuyera que esas cartas después irían a dar fe de su "sensibilidad":
Anoche, después de haber recorrido todas las librerías y la biblioteca nacional, perdida la esperanza de encontrar un libro legible... tuve una sorpresa deliciosa. Hay una biblioteca pública, perfectamente desierta a toda hora, fundada por un señor Revenga, donde se encuentra Ud completo a Renán, Taine, Melchior de Vogüe, Bourget, Rod; Toda la serie de la Internacional de Emilio Aglavé ¿recuerda?... Spenser, Wundt, de Roberty, Secchi, etc..., Todo Ribot, todo Paulham, todo Guyau, en fin, una mina de oro inverosímil, por donde fui caminando de sorpresa en sorpresa, pellizcándome para ver si no era un sueño, hasta dar con Barrès, Chiampoli, d'Annunzio, Trezza, la Serao, Graff... Juzge Ud mi felicidad! (Silva. 1996: 127).
El comentario de Fernando Vallejo2 sobre esta parte de la carta es: "En fin, del gran número de autores de lenguas extranjeras que Silva cita en esta carta tengamos presente que es típico de él y de su manía enciclopédica enumerar autores. Su novela De sobremesa es un catálogo de ellos: fluyen por centenares" (Vallejo, en. Silva. 1996: 135).
En relación con las listas enciclopédicas que "fluyen por centenares" en De sobremesa y en las cartas, también son una constante en la obra narrativa, los ensayos y las entrevistas de Cano Gaviria; hay en el escritor un afán evidente de ser y de parecer un gran intelectual con sensibilidad a flor de piel.
¿Pastiche o Kitsch?
Ricardo Cano Gaviria no se ha propuesto asimilar un estilo propio sino que ha querido actuar como crítico, imitador y suplantador de sí mismo en su papel simultáneo de escritor, lector y crítico; "lo que quisiera ser es un escritor que, en su deseo de pureza, pudiera desdoblarse en su crítico. Y no sólo en éste, sino también en su lector, su editor, su público, su posteridad, y que terminara no necesitando más que de sí mismo para existir" (Cano. 1983: 45); "El escritor, si su móvil es estrictamente literario, no escribe ni para sí mismo ni para un público, sino para un intermediario, un mediador entre los dos, que es el lector que lleva dentro... Ese lector interno sabe entusiasmarse pero también sabe criticar... por eso yo creo que tras un buen escritor hay siempre un buen lector" (Cano-García. 2002: 72).
En las obras literarias de Ricardo Cano Gaviria se expresa el deseo de su autor de exigir de sus lectores una enciclopedia literaria francesa e inglesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX en la que se rinde homenaje a los grandes, a los consagrados, y por lo mismo, a los autores que han empezado a banalizarse.3
La mejor opción para Cano Gaviria como traductor, crítico, biógrafo, editor y novelista que no quiere involucrarse en asuntos de carácter social es conformarse con la lectura, la imitación, la interpretación y la edición de las grandes obras de la modernidad, seguramente porque comparte con Fiedler la idea de que "el tipo de literatura que reclamó para sí la denominación modern (con la pretensión de representar el máximo de progresividad en sensibilidad y forma, más allá del cual no sería posible 'novedad' alguna) cuya carrera triunfal comenzó poco antes de la Primera Guerra Mundial y terminó después del la Segunda, ha muerto. Es decir, pertenece a la historia, no a la realidad. Para la novela esto significó que ya pasó la época de Proust, Joyce y Thomas Mann" (citado por Carlos Rincón. 1995: 132).
La mayoría de los poetas del siglo XIX colombiano se entronizaron en un ideal clásico, "ideal grecolatino de grandeza ateniense" (Cano. 1988: 357) cuyo propósito central era expresar e instaurar modelos de comportamiento a nivel moral y ético; la literatura tenía un fin marcadamente pedagógico y normativo. Para Cano Gaviria el ideal es estético, el presentado a través de las obras y las actitudes de los escritores franceses de mayor consagración de finales del siglo XIX y comienzos del XX (Flaubert, Baudelaire, Proust, Larbaud... ), los únicos a los que cree que vale la pena sujetarse porque son plenamente modernos. En la escritura de Ricardo Cano Gaviria parece haberse sustituido la pureza y la raigambre de la iglesia católica y la lengua española, griega o latina, por la pureza y la majestuosidad de algunas obras literarias europeas modernas; les ha concedido a éstas y a sus autores la sacralidad que antes tenían otras instituciones.
Ricardo Cano Gaviria no escribe odas a la patria, a la pureza del idioma, no exalta el valor de algunos principios morales, éticos o estéticos del modo en que lo hicieron algunos escritores del siglo XIX y comienzos del XX en Colombia, pero su obra, en todo caso, expresa deslumbramiento ante valores ajenos, ante principios artísticos concebidos, desde su perspectiva, como los únicos modelos dignos de ser imitados; manifiesta reverencia ante algunos presupuestos estéticos del pasado reciente que expresan los rasgos que él hubiera deseado tener a su disposición para materializarlos a través de la escritura. En vista de que las "mejores" obras ya han sido escritas sólo le queda como opción el placer de imitarlas, continuarlas, homenajearlas, a través del ejercicio de sus habilidades como lector.
La opción elegida por Cano Gaviria a través de sus diversas actividades intelectuales y artísticas es de evasión a través de la contemplación y la imitación de ideales artísticos expresados a través de arte y posturas que, observadas de manera negativa y en estrecha relación con algunos postulados del romanticismo, podrían ser catalogadas como kitsch:
Lo kitsch parece ser, históricamente, un resultado del romanticismo... muchos románticos promovieron una concepción del arte sentimentalmente orientada, que a su vez abrió el camino a varias clases de escapismo estético... el deseo de escapar de una realidad adversa o simplemente aburrida es quizá la principal razón del amplio atractivo de lo kitsch...
A menudo lo kitsch no es sino "una escapada al idilio de la historia donde todavía son válidas las convenciones establecidas... El kitsch es el modo más simple y directo de disparar esta nostalgia"... lo kitsch adelanta claramente ciertas necesidades emocionales que generalmente se asocian con el concepto de mundo romántico. En gran medida podemos considerar lo kitsch como una forma vulgar del romanticismo...
Lo kitsch, barato o caro, es sociológica y psicológicamente la expresión de un estilo de vida, es decir, el estilo de vida de la burguesía o de la clase media... Aunque el kitsch vaya unido a la búsqueda de status tendrá la función -que es psicológicamente más importante- de proporcionar una huida de la banalidad y la insignificación de la moderna vida urbana. En cualquier forma o combinaciones, lo kitsch es relajante y agradable. El deseo-cumplido contenido en este placer enfatiza su origen activo, el miedo al vacío que el kitsch intenta mitigar. Desde este punto de vista el kitsch es una respuesta al extendido sentido moderno del vacío espiritual: rellena el vacío tiempo libre con "diversión" o "excitación" y "alucina" los espacios vacíos con un conjunto infinitamente matizado de "bellas" apariencias (Calinescu. 1987: 223-245).
"Cuando uno tiene un modelo y quiere escribir como él, tiene la opción de hacerlo seriamente o en broma", afirma Ricardo Cano Gaviria. "Si lo hace en broma escribe un pastiche, y se pone del lado de Proust; si lo hace en serio escribe un texto mimético y se pone del lado de Pierre Menard" (Cano-García: 2002: 70). Cano Gaviria afirma ponerse del lado de Proust pero, entonces, habría que tener en cuenta el papel que jugaba la práctica del pastiche como "ejercicio de estilo" para los escritores modernos: "El pastiche moderno era un juego con la competencia descodificadora, con la erudición literaria del receptor; y para quien lo practicaba, desde Jean Francois Marmontel hasta Proust, poseyó cualidades de exercice de style: 'Es necesario, afirma Proust, hacer un pastiche voluntario para poder, después de esto, tornarse original, no hacer toda la vida pastiche involuntario" (Rincón. 1995: 185).
Después de practicar la elaboración de pastiches el escritor debe llevar a cabo una labor específica "para producirse como creador, es decir como sujeto de su propia creación" (Bourdieu. 1997: 163). En la medida en que lo logre o no es posible
Dar cuenta de la diferencia (habitualmente descrita en términos de valor) entre las obras que son el mero producto de un medio y de un mercado y las que tienen que producir su propio mercado y que incluso pueden contribuir a transformar el medio, gracias a la labor de liberación de la que ellas son el producto y que es efectuado, en parte, a través de la objetivación de ese medio.4
No es casualidad que Proust no sea el autor absolutamente improductivo que es el narrador de En busca del tiempo perdido. El Proust escritor es aquello en lo que se convierte el narrador en y por esa labor que produce En busca..., y que lo produce a él como escritor (Bourdieu. 1997: 163).
Cano Gaviria, a diferencia de Proust, ha terminado haciendo de la totalidad de su obra un "pastiche involuntario" y, de esta manera, su obra se constituiría en "un arte de imitaciones, cuyo original ha desaparecido', ausencia que a su vez correspondería a la desaparición del 'sujeto individual' y del 'estilo personal" (Rincón. 1995: 188), que sería una característica de la literatura postmoderna en la que operarían tres tipos de intertextualidad:
Junto a la participación dialógica en "los textos de la cultura" (desde la "nostalgia de la cultura universal" hasta el "placer de la repetición"), realizada durante el acto de escribir, se ha destacado el propósito (rebasamiento autoconsciente de la "ansiedad de la influencia", inscripción en una "línea autoritativa" etc.) de superar el pretexto, cuyas huellas se muestran claramente en el propio texto. El tercer modelo es el de la apropiación transformadora de los textos "extraños" hasta hacerlos irreconocibles, jugando con ellos, combinándolos, sincretizándolos. La dificultad de distinguir por completo los tres momentos entre sí es resultado de la participación que tiene en todos ellos, en mayor o menor grado, todo acto de escritura (Rincón. 1995: 184).
En Una lección de abismo los personajes y sus características físicas y emocionales se configuran en estrecha relación con las características de algunos personajes, ideas o situaciones expresadas a través de obras literarias, pictóricas, musicales y cinematográficas; la mayoría de estas obras gozan en la actualidad de gran consagración.5
Una de las referencias literarias centrales a las que remite Una lección de abismo es la relacionada con Barnabooth, el protagonista que da título a una de las obras de Valery Larbaud; Jasmin, en la primera carta, piensa en este personaje literario cuando se refiere al rastacuerismo de su primo:
No creo que ellos te hayan enviado gracias a una aspiración literaria, la de tener en la familia a un segundo Barnabooth, y en realidad no sé por qué te menciono ahora a ese joven y sofisticado millonario, a quien tan poco te pareces, de no ser por las placenteras horas que pasé en la lectura de sus opiniones y aventuras (Cano. 1991: 16).
Jasmin ha leído la novela de Larbaud6 y recuerda en la carta a su protagonista. De la misma forma en que este detalle puede pasar desapercibido para muchos lectores, dado que la narrativa de Valery Larbaud no es muy conocida ni difundida en Colombia actualmente, puede suceder lo mismo con otras fuentes de las que sólo es consciente el autor de la novela y los lectores que las identifican y establecen las relaciones.
En Una lección de abismo es evidente la intertextualidad premeditada y la plena conciencia de la tradición artística a la que desea rendirse homenaje: el romanticismo. La intertextualidad no se limita a las referencias musicales, pictóricas y literarias, en estrecha relación con los sueños y los deseos de los personajes, sino que va hasta límites que es muy probable no lleguen a ser identificados ni explicados totalmente o que, incluso, desborden las intenciones y los recuerdos de Cano Gaviria, debido a que los lectores de sus obras también son lectores de literatura y seguramente se han orientado por caminos de la cultura que no se conectan directamente o a través de las mismas fuentes presentadas por él.
Para Ricardo Cano Gaviria es fundamental generar diferentes posibilidades de lectura e interpretación de sus obras; éstas se logran gracias al uso, precisamente, de la técnica narrativa, de la elección y la organización de los recursos estéticos a partir de los cuales se constituyen.7
Ricardo Cano Gaviria considera que al concebir la literatura como una expresión nacional -o de lo nacional- lo único que lograría sería limitar la creación artística y sus resultados estéticos; desde su perspectiva, la literatura surge de la literatura misma, de lo ya escrito:
Borges ha encarnado mejor que nadie la condición de la literatura como variación de lo ya escrito, modalidad que ha brindado acaso, en las diversas literaturas europeas y americanas, lo menos deleznable de lo que se ha escrito en nuestros días. Mutis comparte ese distintivo en Colombia sólo con Pedro Gómez Valderrama y, muerto Borges, es tal vez el más conspicuo representante en Latinoamérica.
El ideal de "la obra vista" -manera en la que la construcción deja ver sus andamiajes, sus ladrillos y sus vigas- es algo que se ha incorporado a los modos y usos de la arquitectura, y que puede tener también un efecto muy positivo en la literatura si se sabe traducir el esquema de la "obra en abismo". Tal es el caso de la obra de Mutis donde el "poner sitio" a los temas, en aquel u otro género, después de ésta o aquella otra lectura, conlleva siempre una cierta mise en abime, en la que la literatura se define como un juego que remite siempre a ella misma, por más que se le llene de trozos de vida -que lo diga si no Maqroll, al que incluso los más duros golpes de la vida lo afianzan en su amor por los libros que hablan de otras "vidas"- como un juego cuya regla primordial es la aventura. Aventura múltiple, que para el escritor comienza en la lectura y continúa en la reflexión literaria que de-genera en ficción y en la ficción que regenera el pasado, lo ya escrito, definiendo los puntos cardinales de una obra en cuya parte central el autor posa con sus instrumentos, al modo de aquellos pintores que practicaron el género "taller del artista" (Cano Gaviria, en: Mutis. 1997: 12-14).
Los aspectos que Cano Gaviria considera, en mayor o menor grado, son los centrales en la obra de Mutis, Borges y Gómez Valderrrama se relacionarían con los que caracterizan la obra narrativa y la actitud de él mismo ante la literatura y la escritura de textos de ficción; estos aspectos son:
- Conciben la literatura como variación de lo ya escrito.
- En sus respectivas obras ocupa un lugar central el ideal de la "obra vista"; la construcción que deja ver sus andamiajes, sus ladrillos, sus vigas.
- Saben traducir el esquema de la "obra en abismo".
- Ponen sitio a los temas en aquel o otro género después de ésta o aquella otra lectura.
- Definen la literatura como un juego que remite siempre a ella misma por más que esté llena de trozos de vida.
- La aventura de la escritura empieza en la lectura y continúa en la reflexión de la literatura que de-genera en ficción.
- A través de la ficción re-generan el pasado, lo ya escrito.
Desde una perspectiva estrictamente formal estos aspectos son perceptibles en la escritura de estos destacados y consagrados artistas, pero el gran valor estético de sus obras más representativas no parte del hecho de que sean escritores "metaliterarios".8
En relación con la distancia que Ricardo Cano Gaviria se propone establecer con Colombia, su obra sería la plasmación de lo que Luz Mery Giraldo llama espejo ausente en su estudio sobre las relaciones entre literatura y ciudad:
La idealización de ciudades como París, Londres, Madrid, responde a una idealización, a una aspiración, a un sueño... a un imaginario y a un referente que como identidad se construye ocultando o enmascarando la propia identidad, la no deseada. La ciudad concebida de esta manera debe entenderse... como un espejo ausente. Su construcción y aspiración obedece a la búsqueda de un origen fundacional del cual enorgullecerse, de una identidad con la cual identificarse de manera profunda. Al negar la condición valorativa de América por sí misma y asimilarla a los conceptos de bárbaro y salvaje, se explica la vergüenza ancestral y se ratifica la negación de los valores propios... la imitación y la asimilación -real o ficticia- de unos modelos ideales.9
Desde la perspectiva de este tipo de aproximación la actitud de Ricardo Cano Gaviria es vista como idealización de culturas ajenas y desprecio de la propia; él la concibe como "un símbolo de lo que yo siempre he querido ser: un mediador entre América y Europa" (Cano-castillo. 1996: 6). El problema de este papel como mediador se relaciona con el hecho de que en las obras literarias los rasgos que representan lo americano y, específicamente, lo colombiano, casi siempre son desfavorecidos de manera cruel o despreciativa, mientras que lo europeo es exaltado en exceso.
Las actitudes de Cano Gaviria surgen como resultado del rechazo ante el contexto social y cultural del que formó parte y con el que no se hallaba conforme; es evidente su relación con Silva si se observan tres aspectos fundamentales que consolidaron sus tomas de posición: ambos manifiestan inconformidad ante el anacronismo en que se halla(ba) enclaustrado el país, sienten la necesidad de salir de éste cuanto antes debido a que no hay posibilidades reales de cumplir con sus anhelos a nivel personal ni artístico y para ambos la lectura y la escritura ocupan un papel central en sus vidas como seres humanos y como artistas.
Si nos atenemos a la interpretación que hace Rafael Gutiérrez Girardot de la figura de José Asunción Silva en "El dandismo de José Asunción Silva" (1998) será más fácil entender algunas actitudes de Cano Gaviria como lector e intérprete de la obra del escritor bogotano:
El hecho de que Silva... se sintiera aislado y aconsejara a su amigo Emilio Cuervo Márquez que no cejara en la "empresa de dejar la tierra" no es un acto de rebeldía o rechazo pleno de su raíz social, sino expresión de una insatisfacción social del "artista" consciente de su vocación, frente a la pacata y provinciano-católica sociedad burguesa de Bogotá, y de una nostalgia indefinida de ubicación en la realidad, esto es, de lo que cabe designar como "excentricidad", o la pérdida del centro... Su "excentricidad" se nutrió indudablemente de la simulación de esa "aristocracia", pero no menos de su vocación de poeta encaminada por una consecuencia determinante del romanticismo: la de la llamada "autonomía del arte", que consiste en la conversión del arte en un Absoluto religioso pero secular, en la sustitución de Dios ausente por el arte... La "existencia estética" que quiso encarnar y encarnó el adolescente Silva encontró en el título de la trilogía de Barrès "el culto del yo", no sólo una consigna que corrobora la comprensión de sí mismo, sino la descripción de una experiencia de ese culto. Es evidente que Silva acomodó las situaciones de la trilogía de Barrès a sus propias circunstancias e ideales, es decir, que Silva leyó la trilogía de Barrès como literatura consoladora, como breviario religioso del yo estético (Gutiérrez. 1998: 90-101).
Parafraseando la última parte de la cita anterior se podría decir de Ricardo Cano Gaviria que la existencia estética que quiso encarnar y encarnó el adolescente Cano encontró en De sobremesa, Madame Bovary, Las flores del mal, En busca del tiempo perdido... no sólo una consigna que corrobora la comprensión de sí mismo, sino la descripción de una experiencia que a él le hubiera gustado experimentar. Es evidente que Cano acomodó las situaciones de algunas obras de Silva, Flaubert, Baudelaire, Proust, Larbaud... a sus propias circunstancias e ideales como escritor y que su sueño fue haber podido pertenecer a esa época... Cano leyó estas obras como literatura consoladora, como breviario religioso del yo estético.
Bibliografía
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Notas:
[1] Una de las principales razones por las cuales Ricardo Cano Gaviria se preocupa más por la interpretación del hecho literario que por la del mensaje se debe a que elabora sus obras a partir de un principio simétrico en el que "el discurso literario y el discurso metaliterario se aproximan uno al otro presentando afinidades que concurren bilateralmente a una misma condición textual que los induce, paradójicamente, tanto a definirse como a identificarse" (Block. 1984: 165); a través de la literatura no pretende expresar situaciones de o ante la vida sino, fundamentalmente, presentar juegos literarios que ponen a prueba la erudición del lector en relación con técnicas y alusiones literarias a partir de las cuales se formulan reflexiones implícitas y explícitas sobre la literatura y el proceso de escritura. A medida que transcurre el tiempo la literatura y los estudios literarios -no sólo los escritos por Cano Gaviria- se constituye en un intercambio entre escritores que son críticos y críticos que son escritores.
[2] A quien la Casa de Poesía Silva le encomendó la tarea de elaborar el prólogo y la notas de pie de página de las cartas de Silva (1881-1896).
[3] "El proceso en el cual están inmersas las obras es el producto de la lucha entre quienes, debido a la posición dominante (temporalmente) que ocupan en el campo (en virtud de su capital específico), propenden a la conservación, es decir a la defensa de la rutina y la rutinización, de lo banal y la banalización, en una palabra del orden simbólico establecido" (Bourdieu. 1997: 309).
[4] "Desde Tocqueville muchos críticos sociales y culturales, conservadores y revolucionarios por igual, estaban de acuerdo en que los estándares artísticos se estaban deteriorando rápidamente y atribuían la causa principal de la amplia corrupción del gusto a la búsqueda de status y a la exhibición. Primero los plutócratas y los nouveaux riches, después la pequeña burguesía y ciertos segmentos de la población se veían como imitadores de la vieja aristocracia y sus patrones de consumo, incluyendo el consumo de belleza. El arte que les gustaba, creado y comprado principalmente como signo de status social, ya no tenía por qué ejecutar su difícil función estética, y auténticos artistas se vieron forzados a volver la espalda a un público que aplicaba criterios exclusivamente pecuniarios en cuestiones de estética" (Calinescu. 1987: 223).
[5] En la segunda edición de Una lección de abismo (Alfaguara, 2001) las alusiones y las relaciones intertextuales son más abundantes; hay más epígrafes, citas en francés, comentarios sobre nuevas obras y artistas consagrados; este recurso podría ser interpretado, de nuevo, como kitsch; "El artista Kitsch imita la vanguardia sólo en la medida en que los inconvencionalismos de ésta hayan probado tener éxito y haber sido ampliamente aceptados e incluso convertidos en estereotipos... lo kitsch, por su propia naturaleza, es incapaz de aceptar el riesgo implicado en todo auténtico vanguardismo" (Calinescu. 1987: 230).
[6] "Valery Larbaud empieza a escribir unos poemas que atribuye a un personaje ficticio, también extraordinariamente rico. Como el mismo poeta, está terminando una larga y difícil adolescencia y ha llegado al momento en que va a integrarse en el mundo de los adultos. Larbaud presta evidentemente a Barnabooth su propia psicología y sus aficiones, y los pocos libros que coloca en la biblioteca del errante millonario son los compañeros escogidos para sus viajes personales. Entre ellos descuellan las obras de José Asunción Silva" (Patout. 1973: 7).
[7] "Estética incestuosa: el arte por el arte es un arte para los artistas. A fin de participar en su saber y en su goce, el público debe alcanzar la misma aptitud que ellos para percibir y descifrar las características propiamente estilísticas, debe cultivar un interés puro por la forma, esa capacidad de apreciar las obras independientemente de su contenido y su función. Quienes lo logran exhiben, a través de su gusto "desinteresado", su relación distante con las necesidades económicas, con las urgencias prácticas. Compartir esa disposición estética es una manera de manifestar una posición privilegiada en el espacio social, establecer claramente "la distancia objetiva y subjetiva respecto a los grupos sometidos a esos determinismos". (Néstor García Canclini, en la introducción a Sociología y cultura. Pierre Bourdieu. 1990: 24).
[8] A Ricardo Cano Gaviria le gusta considerarse una novelista "metaliterario": "El imaginario de un autor se forja a través de sus lecturas... y así ocurren cosas muy curiosas: que gracias a Turgueniev o a Gogol o a Dostoievsky yo como colombiano siento que tengo más cerca las estepas rusas que las cordilleras de Boyacá... Hay que precisar que esta manera de ver las cosas es la de un escritor metaliterario, que considera que, en la mayoría de las veces, cuenta más ese tipo de experiencia mediatizada que es la de la lectura que la experiencia directa, la que viene de la vida real. Quiero decir que, a la hora de escribir un relato o una novela, seguramente lo que más cuenta en mí es el recuerdo de una lectura que el de un hecho vivido, porque como experiencia fue más intensa la lectura". (Cano-García. 2002: 67).
[9] Esta cita forma parte de "De la ciudad arcadia a la ciudad historia", texto inédito ampliado en Ciudades escritas, publicado por el Convenio Andrés Bello en 2001.
© Elsy Rosas Crespo 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid