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viernes, 24 de julio de 2015

Títulos, viajes y libros

Tengo en mis manos el libro titulado El hombre en las redes de las nuevas tecnologías. Aportes a la disolución del enfrentamiento hombre-técnica, de Andrea Cortés-Boussac. Un libro pretencioso que no terminé de leer porque mi paciencia tiene límites.
La autora es filósofa de los Andes y doctora en filosofía de la Freie Universität de Berlín (Alemania, aclara ella), parece que allá conoció a su esposo ilustre, a quien dedica su libro agradecida por haberla sacada de la ignorancia en la que estaba sumida. A su esposo Etienne, a su hija Sophie y a su maestro Andrew Feenberg, quien fue discípulo de Marcuse, quien fue discípulo de Heidegger.
Andrew Feenberg se deshace en elogios al libro de Andrea Cortés-Boussac, quien se deshace en elogios a la obra de Marcuse y Heidegger, parece que Andrea parte del presupuesto de que en la universidad se gestan las grandes ideas y que el cuatrinomio Cortés-Boussac-Feenberg-Marcuse-Heidegger es apenas lógico: los maestros preparan a los discípulos para que dominen la materia y den cuenta de que en la universidad surgen las grandes ideas, las más revolucionarias.
En el libro son fundamentales los títulos, los cargos y los reconocimientos académicos de la autora y de quien presenta el libro de la autora y se presenta la obra y la figura de Heidegger como si se tratara de El Más Sabio de los hombres. Se usan las grandes ideas del Maestro para saber si cuando una persona usa su cuenta de Twitter o de Facebook se trata de un hombre, un ser, un ser humano, un ente, un humano, un sujeto, una persona, una cosa, un zombie… Lo más gracioso de todo es que la autora se rompe la cabeza tratando de explicar la tonterías que el Maestro explicó de manera confusa (para que las entendiera sólo él mismo) y la susodicha ni siquiera tiene perfil en las redes sociales, es una completa nulidad en el manejo de estos espacios.
¿Por qué se publican este tipo de libros?
¿Quién lee este tipo de libros?
¿Qué sentido tiene usar la obra de Heidegger para explicar algo tan tonto como la experiencia de los usuarios en las redes sociales?
¿Qué sentido tiene viajar desde Bogotá hasta Berlín, perder varios años de la vida allá para terminar escribiendo babosadas del tipo?:
“Esto no quiere decir que el hombre esté preso de la tecnología porque según esta interpretación seguiría primando el esquema sujeto-objeto. Bajo este esquema no se explica el mundo en redes, más que como una suma de objetos que afectan al sujeto, pues, en determinados casos éste ya no los puede dominar. Por el contrario, la propuesta heideggeriana de “In-der-Welt-sein” (ser o estar en el mundo) envuelve hombre y mundo en una unidad con diferentes dimensiones que no la descomponen, sino la exponen mejor y la enriquecen”. (página 35).
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La casa de las bellas durmientes, o bien, la tristeza de la sexualidad masculina

Vargas Llosa y García Márquez están convencidos de que probablemente La casa de las bellas durmientes es la mejor obra de Yasunari Kawabata y un lector dócil dirá sin dudarlo: sí, claro, tiene que ser cierto, puesto que lo dicen dos grandes lectores que además son premio nobel de literatura.
Yo no necesito decir que es una gran obra porque lo dicen ?los grandes? sino porque lo sé. Cuando la leí la primera vez -es un libro hermoso que se lee en una tarde- quedé maravillada con la historia, es una historia única, no sé si parte de hechos reales, si en Japón existen este tipo de diversiones para abuelos tristes, pero está tan bien narrada que de ser cierto que los ancianos sufren con este tipo de placeres, lo más probable es que la experiencia de los contempladores de hermosas mujeres vírgenes dormidas y complacientes no es tan hermosa y tan triste como se le presenta al lector a través de las palabras. Aquí la ficción tiene que superar la realidad.
Y por eso es gran literatura, porque no es una colección de chismes estúpidos -como los que estamos acostumbrados a leer en la infamia llamada Literatura Colombiana- sino que es la sucesión de frases perfectamente enlazadas que nos cortan el aliento porque se ven muy bien una después de la otra. Esa historia es el tipo de historia que nunca se olvida aunque hayamos leído muchos libros. Las mujeres dormidas y los recuerdos de los hombres mientras las contemplan nos hacen sentir como si estuviéramos ahí, con ellos, con esos pobres ancianos conscientes de su decadencia, humillados ante la belleza desnuda de niñas dormidas que provocan en ellos sentimientos y sensaciones relacionados con su sexualidad, con la idea que tienen de las mujeres y de los recuerdos que de ellas conservan. Es, por sobre todas las cosas, un encuentro -que se convierte en vicio- con su propia miseria, con el deseo de morir mientras duermen al lado de esas jóvenes que no saben quién es el abuelo de turno que las contempla, las desea y no las puede complacer porque están más cerca de la muerte que de la vida.
La obra original no tiene nada que ver con la traducción en español. La idea que tenemos de Japón, de los rituales de té, de la sensualidad de las mujeres japonesas, de la forma en que los hombres conciben la vida, el amor, la sexualidad y la mujer nos es casi totalmente ajena, pero es seguro que cualquier lector con una pizca de sensibilidad queda hechizado ante las imágenes que pasan por la mente de los viejos tristes que contemplan y yo como mujer siento pena por los hombres -por todos los hombres- mientras leo este libro porque sospecho que esas sensaciones ante el cuerpo y la sexualidad de las mujeres es universal mientras que las mujeres no nos desvivimos por el cuerpo ni por el placer de los hombres porque sus armas de seducción son menos contundentes que las nuestras y porque la experiencia sexual puede tener varios sentidos para las mujeres mientras que para los hombres el sexo es el sexo y el cuerpo de la mujer parece perturbarlos en demasía y, como lo dice el autor, estas sensaciones no tienen que ver necesariamente con las formas, los movimientos y la edad de la mujer, con su bondad, su inteligencia o su alegría sino que cada mujer es la misma mujer y cada una lo perturba de forma diferente.

lunes, 20 de julio de 2015

Zonas húmedas. Ir al fondo de las cosas hasta vomitar

Helen es una joven de 18 años que se llama a sí misma Helen en su discurso autoreflexivo mientras se prepara y se recupera de una operación de culo: "Estoy horrorizada con el ojo de mi culo, mejor dicho, con lo que ha quedado de él. Es más ojo que culo" (Roche. 2009: 47). Es observadora, analítica y está obsesionada con la verdad, la verdad relacionada con el cuerpo, la sexualidad femenina y los "desechos"; le acaban de extirpar un trozo de carne que colgada de su culo, y ella necesita ver qué es, en qué se ha convertido esa parte que era suya:
Las cosas siempre salen de manera distinta a como te imaginas. Por lo menos me imagino algo y me figuro ese algo hasta el mínimo detalle; pregunto para contrastar con la realidad y saber más que antes. Así lo he aprendido de papá. Ir al fondo de las cosas hasta vomitar. O casi. Estoy contenta de haber visto lo que fue mío antes de que termine en la incineradora de los residuos hospitalarios (Roche. 2009: 77).
Su madre, una señora pulcra, no le ayuda mucho a resolver sus dudas, al contrario, ha hecho de la niña un ser tímido y avergonzado con su propio cuerpo que lucha sin tregua para erradicar sus prejuicios relacionados con la corrección y la higiene femenina. Helen está obsesionada con la "naturaleza":
Todos somos animales deseosos de copular. Y preferiblemente con seres que huelen a coño - El olor a chocho, polla, sudor, nos pone cachondos a todos- La mayoría de la gente está desnaturalizada y piensa que lo natural apesta y que lo artificial huele a gloria (Roche. 2009: 22).
El origen de la enfermedad de Helen tiene que ver con la educación recibida de su madre:
Que en los asuntos del coño sea tan sana y en los del ano tan estrecha, se debe a que mi madre me adoctrinó en una cagafobia inmensa. Cuando era pequeña me decía muchas veces que ella nunca hacía aguas mayores. Y que tampoco tenía necesidad de tirarse pedos. Que se le guardaba todo adentro hasta que se disolvía. Lógico, pues, que yo esté como estoy (Roche. 2009: 73).
Helen disfruta comiendo, saboreando los "residuos" las costras, los fluidos de su cuerpo y los de otros:
Y así me bebí por primera vez en mi vida los vómitos de otra persona, y a litros. Mezclados con los míos. A grandes tragos y alternando. Hasta que el cubo quedó vacío (Roche. 2009: 63).
Sus placeres favoritos son el sexo con hombres y con mujeres, el goce con su propio mal olor, masturbarse y masturbar, cultivar aguacates y frecuentar el puticlub para resolver dudas, para ver, preguntar y practicar, siempre con mujeres, preferiblemente de raza negra:
Hace poco, en una de mis excitantes visitas al puticlub, aprendí algo más sobre hemorragias y tampones. Resulta que ahora frecuento a menudo esos sitios para explorar el cuerpo femenino. Porque difícilmente puedo preguntarles a mi madre o mis amigas si están dispuestas a abrirme un rato sus vaginas para que pueda satisfacer mi lúbrica sed de conocimientos. No me atrevo (Roche. 2009: 109).
Helen no quiere ser una mujer cuidada, las desprecia:
Las mujeres cuidadas se hacen las uñas, las manos, la cara, los labios, el pelo, la piel, los pies, se pintan, se depilan, se tiñen, se rizan, se esmaltan, se exfolian y se untan con crema.
Se sienten tiesas como una estatua rococó porque cuánto trabajo han invertido y quieren que les dure el mayor tiempo posible.
¡Quién se va a atrever a sobar y follar a esas tías!
Todo lo que se considera sexy, el pelo revuelto, los tirantes cayéndose de los hombros, el brillo de sudor en la cara, de una imagen de desorden, sí, pero llama al toqueteo (Roche: 209: 101).
A Helen le gusta el olor de su propia sangre:
Cuando follo con un chico al que le guste que esté sangrando, dejamos la cama hecha una marranada a lo gore? También me encanta que me lo chupen. De hecho, es una especie de prueba de fuego para él. Después de terminar, levanta la cabeza y me mira con la boca pringada, y yo le doy un beso para que los dos parezcamos un par de lobos que acaban de cepillarse un venado (Roche. 2009: 104-105).
La madre de Helen, como la mujer ejemplar que es, espera que su hija sea madre y abuela. Helen se ríe de ella mientras la oye hacer sus planes:
Al llegar a los dieciocho mi vida ha mejorado mucho, pero también es más cara. Primero, la esterilización. Novecientos euros con anestesia incluida (Roche. 2009: 109).
Helen es una mujer autónoma, decide sobre su cuerpo y decide con quién sí y con quién no, es truculenta, una habilidad no precisamente ?femenina?:
Cuando he quedado con un chico para follar después, uso un truco genial como prueba. Como prueba de que soy yo la autora intelectual del polvo y que éste no es producto del azar. De hecho, esas salidas empiezan sin ninguna garantía, no se sabe (Roche. 2009: 97).
Esta novela, es y será una novela que generará polémica. Harod Bloom no sabrá qué hacer con ella, a críticos como él no les interesa mucho ir al fondo de las cosas hasta vomitar si no hay suficiente poesía y en este libro no hay mucha poesía, hay mucha verdad dicha de forma ofensiva, asquerosa, nada que ver con Emily Dickinson ni con Virgina Woolf. Está más cerca de la prosa de Marguerite Duras en El amante, especialmente si se observa desde la inversión de los valores: la mujer escoge, la mujer narra, la mujer goza, la mujer decide, la mujer abandona? A las feministas radicales este libro les debe parecer toda una revelación, pueden encontrar citas abundantes para argumentar sobre la emancipación femenina; si son feministas radicales de las que odian a los hombres y, por esa razón, considerarán que la mejor feminista es también lesbiana concluirán fácilmente que en esta novela lo que hay es un bello canto al lesbianismo. En fin, una novela que vale la pena leer y que se basta a sí misma, se explica y se justifica con su propio estilo.
Roche, Charlotte. Zonas húmedas. Barcelona: Anagrama. 2009. 206 páginas