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jueves, 7 de julio de 2016

Casa por cárcel

Llevaba dos semanas sin salir
Dos semanas sin lavarme el pelo
Todo el día en sudadera
Leyendo y copiando citas sobre lo leído
Un poco loca
Una locura consciente
Puro encierro voluntario.
Hoy me volví a reconciliar con la humanidad
Me puso mi ropa de “salir”
Mis gafas de “salir”
Mi reloj de “salir”
Mis aretes
Mis pulseras
Mis anillos.
Cuando me entrego al encierro voluntario me abandono y me olvido del “arreglo”
No soy una mujer
Soy alguien que lee
Camina dentro de la casa
Toma mucho café
Y se siente en el mundo perfecto (así se deben sentir las personas un poco enfermas de la mente, las que viven encerradas en su mundo interior).
Cuando salgo y me reconcilio con el mundo sé que me he entregado al encierro voluntario y me parece extraño y ajeno todo lo que tiene que ver con salir de nuevo a reencontrarme con otros seres humanos, me cuesta un poco de trabajo representar bien mi papel pero finalmente, casi terminando la jornada, vuelvo a ser yo representando mi papel en sociedad.
Pienso en los locos
En las personas obligadas a estar encerradas
En los ancianos que salen de su encierro sólo cuando alguien se compadece de ellos y los saca a tomar el sol y sufro por todos esos pobres seres porque sé que mi casa es una cárcel porque yo decido encerrarme y sé que esos encierros me ayudan a ver los contrastes de la vida y lo hermoso que es integrarse a una comunidad de personas normales que se reúnen para decirse cuánto se aman y lo mucho que se han extrañado.
Tengo familia pero ellos confían en mi cordura y saben que aunque vivamos en la misma ciudad no les está permitido interferir en mi soledad buscada y asumida.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Escribe, no hagas nada más

Una de mis autoras favoritas de la infancia fue Marguerite Duras. Gracias a algunas ideas suyas he vivido la mayor parte de mi vida sola, 24 años para ser exacta. Ella vivía en una casa inmensa en medio del bosque y tenía jardín -como Emily Dickinson, Rilke y Virginia Woolf. Yo también soñaba con una casa inmensa para mí sola -con jardín para invocar a las hadas- pero en Bogotá ese es un sueño muy difícil de realizar, tendría que haberme ido a vivir al campo y creo que no es necesario exagerar porque aquí tengo la biblioteca Luis Angel Arango y ese espacio termina siendo más valioso que una casa inmensa. Tengo una casa no tan inmensa, aspiro a vivir sola el tiempo que me queda de vida, aunque sean siete horas o treinta años.
Uno de mis libros favoritos de Marguerite Duras se titula Escribir, lo he leído más de veinte veces y empecé a leerlo de nuevo. Hoy más que nunca me siento identificada con esta mujer que sabía desde la infancia -como yo- que su vida se construiría a partir de dos palabras simples: escritura y soledad.
Con ustedes, mi mentora:
Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esa soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad yo había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.
Marguerite Duras (1914-1996), écrivain français, chez elle. Paris, 1955.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Para vivir tranquilo hay que vivir solo

Debido a su indiferencia ante el mundo y a sus ideas estrafalarias en relación con las de la mayoría -con los lugares comunes- tanto como por su deseo de querer pasar desapercibidos aún en medio de sus excentricidades, de no querer llamar la atención de nadie, los melancólicos terminan siendo, paradójicamente, condenados por los demás debido a que su comportamiento es interpretado de manera equivocada o exagerada: su indiferencia se interpreta como arrogancia, su sequedad como orgullo y su frialdad como desprecio: “Lo que me sorprende es que, debajo de esas críticas se note un odio contra mí, contra mi persona, un prejuicio denigrador” (citado por Barnes. 1984; 1986: 37); “La diferencia que ha existido siempre entre mi modo de ver la vida y el de los demás ha hecho que me encerrase (¡no bastante, por desgracia!) en una áspera soledad de la que nada lograba hacerme salir. Me han humillado tantas veces, he escandalizado y hecho gritar tanto que he terminado, desde hace ya mucho tiempo, por reconocer que, para vivir tranquilo, hay que vivir solo y poner burletas en todas las ventanas por miedo a que el aire del mundo llegue hasta uno” (Flaubert. 1846; 1988: 91).
Bibliografía:
Barnes, Julian. El loro de Flaubert. Barcelona: Anagrama. 1986. Título de la edición original: Flaubert’s Parrot. Jonathan Cape Ltd. Londres: 1984.
Flaubert, Gustave. Carta a Louise Colet. Madrid: Siruela. 1989. Traducción, prólogo y notas de ignacio Malaxechevaerría.

lunes, 27 de julio de 2015

Familia unipersonal

Me contó mi hermana que en Bogotá hay proyectos de vivienda para familias unipersonales. Algo con lo que yo soñaba hace diez años -cuando estaba comprando casa- y no encontré. Cuando compré la casa desde donde escribo este post el modelo definido de familia -visto desde los proyectos de vivienda- era simple: un hombre, una mujer, dos niños, que equivalen a: habitación principal, dos habitaciones pequeñas, estudio, área social, cocina, comedor, terraza, balcón, dos o tres baños. Esa era la estructura general de los proyectos de vivienda hace diez años en Bogotá.
¿Qué es una familia unipersonal?
Es una familia constituida por una sola persona.
Parece una contradicción pero no lo es porque la familia es la base de la sociedad, la sociedad mueve la economía y si una persona que vive sola consume vivienda esa vivienda debe ser puesta a disposición de la nueva familia.
La vivienda para familias unipersonales no tiene espacio para comedor, espacios inmensos para recibir a los amigos ni cocinas muy bien dotadas. Tienen un solo baño.
Esa era mi vivienda soñada. Miré los proyectos, me antojé y luego decidí que ese tipo de vivienda no es para mí.
¿Por qué?
Porque la soledad es hermosa cuando se comparte con familias tradicionales, es excitante sentirse diferente a todos los vecinos, ser visto como un bicho raro, tratar de adivinar qué piensan las vecinas gordas de una familia como la mía. Un conjunto de familias unipersonales debe ser un conjunto macabro porque si todas las personas que viven solas a conciencia como yo son como yo, ese el comienzo del fin de la civilización porque las personas que viven solas a conciencia tienen bien definido por qué lo hicieron y lo último que quieren ser es buenos vecinos, es decir, ser amigos de sus vecinos y aspirar a ser como ellos. Tengamos en cuenta que los tres años de convivencia con Andrés no alteraron mi mente de soltera eterna porque llevaba viviendo sola 23 años y mi cerebro se acomodó a su estado natural en cuatro meses.
Hace dos semanas pensaba que podría volver a vivir con alguien. Hoy pienso que no, es mucho más sana la relación entre un hombre y una mujer cuando cada quien vive en su casa.
El panorama de los conjuntos residenciales para familias unipersonales debe ser tan desolador como el presentado en las novelas francesas recientes, las de Houellebecq, Foenkinos, Beigbeder… Personas  solas que a veces se sienten abandonadas, gente satisfecha porque se siente autosuficiente, controlada, madura, independiente, fuerte… Pero en lo más íntimo de su ser, cuando se ponen sinceros con ellos mismos, se sienten absolutamente solos y miserables.
Todo lo que han dicho los grandes filósofos sobre los valientes que han decidido vivir solos como proyecto de vida es imposible de realizar en este tiempo de éxito profesional, cambio de sexo, tetas gigantes de silicona, viajes baratos y antidepresivos que se consiguen en los supermercados.
La familia unipersonal del siglo XXI no tiene nada que ver con la del siglo XIX o XX. Esa soledad no se alimenta de filosofía ni de literatura sino de libertad sexual y bohemia y yo no podría soportar unos vecinos bogotanos que se creen moralmente superiores porque beben, se drogan, son promiscuos, gente de mente abierta de la que intenta suicidarse cada cierto tiempo, intelectuales de avanzada que admiran a los intelectuales franceses de comienzos y mediados del siglo XX y aspiran a ser como ellos pero no lo lograrán nunca porque están más cerca del modelo gringo aunque no lo sepan.

sábado, 25 de julio de 2015

Te amo pero vivo contigo

El amor es el pretexto para la reproducción y por eso es tan importante para todos aunque no estemos en edad de reproducirnos o hayamos decidido no hacerlo como cualquier marrana gorda. Porque supimos separar el amor de la reproducción, porque no nos dejamos engañar por la sociedad ni nos dejamos manipular por el impulso de la vida que motiva a todos los seres con órganos sexuales diferenciados a mezclarse unos con otros -aunque no crean en el amor-, a reproducirse como cualquier otro animal. La mayoría se reproduce de manera ciega, se divierten de lo lindo convirtiendo dos en tres y presentando el hecho como milagro, proeza o fruto del amor en Facebook y en Instagram. ¡Qué asco!
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Los seres privilegiados que nacimos con el don para creer en el amor romántico lo cultivamos con mucho empeño porque la idea que tenemos del amor es lo que mejor nos define, casi más que la idea que tenemos de Dios, la Belleza o la Bondad.
¿Pero qué es el amor romántico?
Vayamos a Wikipedia:
"El amor romántico es uno de los modelos de amor que fundamenta el matrimonio monogámico y las relaciones de pareja estables en las culturas modernas, principalmente las occidentales.
El amor idealizado es considerado como un sentimiento diferente y superior a las puras necesidades fisiológicas, como el deseo sexual o la lujuria, y generalmente implica una mezcla de deseo emocional y sexual, otorgándole, sin embargo, más énfasis a las emociones que al placer físico, a diferencia del amor platónico, que se centra en lo espiritual. Algunos analistas recientes1 inciden en que las características más señaladas de este tipo de amor se confirman y difunden a través de relatos literarios, películas, canciones. Se trata de un tipo de afecto que, se presume, ha de ser para toda la vida (te querré siempre), exclusivo (no podré amar a nadie más que a ti), incondicional (te querré pase lo que pase) e implica un elevado grado de renuncia (te quiero más que a mi vida)".
El amor romántico es incompatible con la convivencia porque ésta le resta poder a la emoción del encuentro, al deseo de ver al ser amado, a permitirnos el placer de soñar con los momentos que se compartirán esa próxima vez que se espera con emoción e intensidad. Con la convivencia se acaba la novedad, es una especie de ¡Sí! ¡Te amo!, pero tanto como a mi hermana o a mi mejor amigo, somos felices haciendo mercado, comprando ropa para los dos, en las salas de cine, en el parque jugando con los perritos y riéndonos en la cara de la gente como niños, viendo televisión y burlándonos de todo y de todos.
Pero tanta dicha, tanta pasión compartida, tantos maravillosos momentos que hemos vivido juntos, yo a tu lado y tú al mío, se convierten en una maldita rutina que me hace olvidar que un día te amaba tanto que deseaba vivir contigo para no cansarme de contemplarte cada mañana, cada atardecer y cada noche.
Julio Ramón Ribeyro tenía razón. La convivencia mata el amor. Uno se convierte en la mejor amiga o en la hermana del novio y eso no es justo:
El gran error de la naturaleza humana es adaptarse. La verdadera felicidad está construida por un perpetuo estado de iniciación, de entusiasmo constante. Y aquella sensación sólo la producen las cosas nuevas que nos ofrecen resistencia o que aún no hemos asimilado. El matrimonio destruye el amor, la posesión mata el deseo, el conocimiento aniquila el placer, el hábito la novedad, la destreza, la conciencia. Ser el eterno forastero, el eterno aprendiz, el eterno postulante: he allí una forma para ser feliz. Un fórmula sin embargo difícil. La naturaleza humana reclama la estabilidad. La estabilidad en el amor, en la residencia, en el pensamiento. Hay en nosotros una pesada carga de sedentarismo que nos obliga a vivir en un sitio, querer a una mujer, pertenecer fiel a una ideología. Y esto es terrible pero necesario. Necesario porque tiene sus compensaciones, y porque hace posible, además, la vida social. El nomadismo, como lo concibo -geográfico o intelectual- produciría una sociedad anárquica y primitiva, construida por hombres egoístas y dispersos.
Quién sabe, sin embargo, si esto será lo mejor. Por lo menos cada uno seria feliz -lo creo al menos- y ésta es ya una razón suficiente.