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domingo, 12 de febrero de 2017

Contra la bicicleta como medio de transporte en Bogotá

Bogotá es una ciudad inmensa que cada día crece más. Algunas personas deben recorrer trayectos diarios de más de dos horas para ir de su casa al trabajo y del trabajo a la casa y desde hace un buen tiempo surgió la moda de sentirse moralmente superior porque se llega al trabajo en bicicleta (y tiene gato).
Moda es moda y millones de personas se toman por los nuevos héroes de la vía porque soportan sol y lluvia, humo negro y vías desastrosas.
Yo los veo desde la ventana de mi buseta y me pregunto asombrada:
¿Son bobos a conciencia o nacieron para sufrir?
A medida que pasa el tiempo crece el número de personas masoquistas que se exponen diariamente a este tormento físico con la pretensión de que son humanos conscientes, amantes del planeta, ciudadanos ejemplares y como las masas tienden a imitar los comportamientos aunque sepan que son errados ahora ir en bici es casi que una cualidad intelectual. Los que vamos a pie somos tontos.
En vez  exigir que mejore el transporte público los amigos de la bici incentivan a sus congéneres para que hagan deporte en ropa de trabajo antes de llegar a la oficina. Cualquier persona que haya practicado el ciclismo con cierta regularidad sabe que después de media hora de trayecto el ciclista no sueña con llegar a trabajar sino con darse un baño, cambiarse de ropa y descansar un buen rato.

Obsesión fatal

Mi nombre es Elsy, tengo 46 años y no soy nadie.
No soy nadie en el sentido de que no he publicado una obra, no tengo amigos influyentes, no devengo sueldo de millonaria, no vivo en un barrio exclusivo de Bogotá, no tengo carro, no uso Uber, no tengo tarjeta de crédito ni cuenta corriente, no aparezco ni publico en medios, no soy modelo, youtuber, influencer, emprendedora, empresaria independiente ni nada parecido. No  tengo grandes aspiraciones en la vida y paso por un momento crucial porque me siento atascada como un carro, no sé si lo mejor es seguir o quedarme donde estoy y hay momentos en los que me pregunto preocupada: ¿Seguir para dónde si siempre he estado más o menos en el mismo lugar? Es complicado y lo peor de todo es que presiento que estoy exactamente en medio del camino, sospecho que me quedan más de cuarenta años por vivir.
Soy la persona más común con la que usted se pueda cruzar en esta ciudad sin méritos llamada Bogotá. Casi nunca salgo, me desplazo siempre a los mismos lugares, hablo con muy pocas personas y no tengo una vida digna de ser contada. No redactaré mis Memorias porque no serían más de dos páginas.
Y sin embargo tengo fans que me persiguen, me buscan, se esconden, juegan conmigo, intentan enamorarme, me dicen que me van a matar o se quieren casar conmigo, buscan hacerme dudar de mi propia valía o me dicen que soy la mujer más grande del universo, plantean juegos psicológicos y a la larga siempre termino preguntándome qué putas pasa, cómo es posible que la escritura en un simple blog y en una simple cuenta de Twitter desencadene emociones tan funestas que en varias ocasiones me han hecho sentir en una película de terror psicológico y me han llevado a preguntarme si esos admiradores o enemigos confundidos van a conducirme al suicidio como a Kurt Cobain o me van a matar como mataron al pobre John Lennon, mientras salga a comprar lo del desayuno en la tienda de la vecina. Lo pienso y me pregunto si la escritura tiene tanto poder y si esas personas de sentimientos confusos, obsesionados conmigo y empeñados en hacer de mi vida una pesadilla sin fin me toman por estrella de rock o por premio nobel de literatura.
En este momento no me interesa el sexo ni el amor, saber si soy bonita o fea, deseable o despreciable porque la edad no lo amerita, voy rumbo a la tercera, a la peor de todas. En este momento de la vida me obsesiona la escritura y sólo la escritura, nada más. Es casi lo único en lo que pienso, lo que me pone a suspirar. Parece una contradicción porque es precisamente la escritura la que desencadena la locura de mis fans enamorados pero es inevitable, escribir es lo que disfruto con pasión intensa desde hace más veinte años.
Estoy perdiendo la memoria o el pasado no me importa o no me toca, no sé qué es lo que pasa en mi cerebro, el hecho es que siento que estoy pasando por un momento crucial, lo que mi caja craneana oculta pasa por un proceso que seguramente se ha repetido durante varias generaciones en miembros de mi familia que no conozco y me tiene un poco sorprendida porque presiento que se trata de un viaje hacia lo desconocido.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Carolina Sanín matoneada

Una persona demasiado llena de sí misma no puede tener buen sentido del humor, una escritora que insulta sin compasión desde una red social no puede esperar se tratada con dulzura cada vez que agrede a una persona o a un grupo de personas con un español digno de una vendedora de fritanga; debe estar dispuesta a recibir todo tipo de burlas y asumir que en las redes sociales las reglas del juego no se corresponden con las de la realidad real, aquí no existen títulos ni dignidades. No puede esperar que después de insultar a los estudiantes de la Universidad de los Andes en Facebook la feliciten por ser sincera, irreverente, contestataria, amiga de la verdad y le den un premio de periodismo de inmersión o de literatura de autoficción.
Si a un grupo de estudiantes en un espacio real les da por jugar cartas encima de una mesita la profesora no tiene ninguna autoridad para escribir en Facebook que preferiría verlos robando o consumiendo drogas.
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Esos juicios no son una broma y lo más natural es que a una agresión se responda con más agresiones y con un meme.
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Carolina Sanín ha creado un personaje grotesco en Facebook y en YouTube, la versión de una mujer altanera que insulta sin compasión y sin mesura en un español no precisamente digno de una profesora de literatura de la Universidad de los Andes. Ese personaje grotesco se hunde en la exposición de temas banales tratados con profundidad y en temas serios tratados con ligereza y cada cierto tiempo logra que sus pataletas virtuales en Facebook lleguen a Twitter, después a los medios y después al despacho del rector de la Universidad de los Andes.
El último gran escándalo ha causado más revuelo que todos los anteriores, se han manifestado varios columnistas en diferentes medios, hay cartas firmadas por profesores indignados que no saben cómo funcionan las redes sociales, hay columnas de estudiantes denunciando que la Universidad de los Andes se convirtió en un negocio rentable y que en el claustro hay o ha habido profesores abusadores que encierran niñas menores de veinte años en los salones no precisamente para discutir asuntos relacionados con crítica literaria.
Hay quienes se ponen de parte de la víctima (por ser mujer) y hay quienes se burlan sin compasión de la profesora-escritora ávida de fama, de premios y de reconocimiento que aspira a ser la versión moderna de Quevedo y termina recordándonos a Nicolás Arrieta-; lo que ella llama humor es la peor representación del mal gusto y en su cadena de insultos terminó damnificado hasta el pobre  Héctor Abad Faciolince.
Carolina Sanín quiere formar parte del campo literario, quiere ser la versión femenina de Fernando Vallejo y sueña con escribir un libro como El olvido que seremos, éxito indiscutible en ventas. Intenta ser la fusión de Vallejo y Abad y su fórmula la ha llevado a ponerse al lado de figuras tan lamentables como Catalina Ruiz-Navarro y Virginia Mayer, que  se solidarizaron con ella.
¿Qué pasa con Carolina Sanín?
¿Por qué deshonra el apellido del abuelo?
¿Por qué le cuesta tanto trabajo entender que la realidad virtual y la realidad son mundos diferentes?
¿No es preocupante que quienes estén poniendo en aprietos a las directivas de las universidades por hacer mal uso de las redes sociales y mezclarlas con entornos laborales sean los profesores y no los estudiantes?
¿Qué sentido tiene que una profesora universitaria matonee a los estudiantes desde una red social y luego se ponga en el papel de víctima cuando los agredidos responden con un meme y luego con otro?
¿Es el fin de la civilización?
¿Me volverán a amenazar de muerte o con ácido por tratar estos temas tan sensibles en este humilde blog?
¿Cuál será la próxima pataleta de Carolina Sanín?
¿Los viajes, el estudio y los apellidos ilustres no sirven para nada?

viernes, 20 de noviembre de 2015

¿Cómo vive la mayor parte de la gente sin pensamientos?

Cómo vive la mayor parte de la gente sin pensamientos. Hay mucha gente en el mundo (usted lo debe haber notado en la calle). Cómo viven. Cómo sacan fuerzas para vestirse por las mañanas.
Emily Dickinson
Las preguntas que se hace la artista son preguntas nada tontas. Yo también me las hago (sin ser artista y sin ser famosa) y no encuentro ninguna respuesta. Sólo encuentro (pobre corazón atormentado) amenazas de muerte y de ataques con ácido en la cara. Me tienen prohibido preguntar.
Mi miseria consiste en que a pesar de los peligros que me acechan no puedo parar de hacerme las mismas preguntas y no se me pasa por la mente que pueda ser peligroso, que pueda haber alguien esperándome en la calle para -en el momento menos esperado- acabar conmigo o  dejarme un recuerdo en la cara para que aprenda a respetar.
¿A respetar a quién?
¿Quién se merece respeto en un país como Colombia?
A pesar de las frases amenazantes que retumban en mi cabeza, frases del tipo: “en cualquier lugar puede estar el que le va a lavar la cara con acido hagalo una vez mas y le juro que le hago joder esa jeta asquerosa ni una mas gonorrea”, a pesar de ese mensaje cargado de odio no sé ser precavida en la ciudad del miedo, no puedo parar de sonreír mientras camino  y saludo a la gente, porque camino por calles por donde transita  gente que me conoce y cree que soy una persona jovial.  Y lo soy. Mi agresor debería conocerme en persona o conversar conmigo durante veinte minutos y pensar mientras ve mi mirada y oye el tono de mi voz si Bogotá sería una mejor ciudad sin mí.
No me atrevo a ir a la estación de policía a decir que tengo miedo ni me atrevo a caminar con precaución para despistar a la persona que me persigue para saber si me estoy comportando a la medida de su deseo y su gusto.
Me cuesta mucho creer que una persona que me lee puede llegar a atentar en contra mía. Si lee es porque le interesa lo que escribo y si no le interesa o no le gusta debería ignorarme y ya. Si mi nuevo agresor lo piensa bien debe admitir que soy una persona común que pasa la mayor parte de su miserable vida leyendo y escribiendo. ¿Cuál es mi delito? ¿Escribir sobre las estrellas de la farándula? ¿Por eso me van a echar ácido en la cara? ¿Tanto vale y tan importante es esa gente?
¿Qué tipo de preguntas se haría Emily Dickinson si tuviera cuenta en Facebook, en Twitter y en Instagram?
¿Cuántos amigos tendría en cada red?
¿Iría a Juan Valdez con sus amigos?
¿Estaría dichosa en las redes sociales?
¿Qué pensaría de los viajes en Transmilenio si fuera bogotana?
¿Cómo podría hacer la vida tolerable con tantos amigos en cada red social sin sentir que no le falla a ninguno y que a medida que aumenta la cifra es menos auténtica? 900 en total, 300 en cada red (sin contar los contactos en WhatsApp).
¿Sería un troll o un fake?
¿La censurarían?
¿La amenazarían de muerte y de ataques con ácido en la cara por escribir lo que piensa en un blog como este?
¿Qué pasaría si escribiera frases como las que leerán a continuación en su cuenta de Twitter con nombre propio y foto real?
¿Ya estaría muerta?
¿La buscarían para matarla o para decirle que la admiran?
¿Por qué esta mujer tan insignificante tiene tanto que decir sobre el siglo XXI?
Son muchas preguntas y ninguna respuesta:
La vida es para dos. Nunca para un comité.
La verdad es algo tan infrecuente que es preciso decirla.
Mi vida ha sido demasiado sencilla y austera como para turbar a nadie.
Siempre hay una cosa por la que estar agradecido -y es que uno sea uno mismo y no otro.
Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción puede ser tan extraña ni parecer tan improbable, como lo sería la simple verdad.
Si leo un libro y hace que mi cuerpo entero se sienta tan frío que no hay fuego que lo pueda calentar, sé que eso es poesía. Si físicamente me siento como si me levantasen la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Esta es la única manera que tengo de saberlo. ¿Hay alguna otra?
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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Amenaza de ataque con ácido a una fea de 45 años

Fea de 45 es una redundancia porque después de las cuarenta es muy complicado encontrar mujeres bonitas y si son bonitas las miran con un poco de pesar, piensa la gente: “esa señora tal vez fue bonita”.
Y sin embargo me amenazaron anoche, me amenazaron con un ataque con ácido en la cara, me llamaron monstruo y la pregunta es simple: ¿Quién querría desfigurar a un monstruo? Eso también es redundante. Hasta donde tengo entendido las mujeres víctimas de ataques con ácido suelen ser mujeres jóvenes, bonitas y vanidosas y yo no soy nada de eso. Si el agresor llegara a actuar los medios amarillistas no sabrían cómo presentar la noticia y la gente que me lee se sorprendería mucho porque ese no es el tipo de ataque que esperarían para alguien como yo, puesto que ya todos sabemos que tengo la cara desfigurada.
No soy ni la sombra de lo que era cuando tenía veinte años y algunas personas se detenían a mirar mi rostro con atención. No, después de los cuarenta las mujeres son señoras y a las señoras pocas personas las miran y si las miran es para ofrecerles una silla azul.

Esta ruta tarda 45 minutos en pasar

Uso el transporte público porque me seduce la naturaleza humana y dentro de un bus puedo ver y oír mucho más que dentro de un carro particular o dentro de un taxi, además me gusta sentirme como parte del pueblo, me gusta estar al lado de los perdedores y la gente común, no con los exitosos y los elegantes. Aunque tuviera todo el oro del mundo me seguiría trasportando en buses de servicio público.
Como soy paciente tolero todo tipo de maltratos sufridos por el pobre usuario bogotano, tengo alma de mártir, pero con el nuevo servicio – llamado SITP (Sistema Integrado de Transporte Público)- hemos llegados a niveles de atropello no vividos jamás en la historia de mi triste vida.
Mi ruta es la E25 y tarda en promedio 45 minutos en pasar o no pasa. Así de simple. Ya perdí una cita porque el bus no pasó y decidí que lo mejor era regresar a la casa y olvidarme del asunto y ayer tenía clase de 7. a.m., salí a las 6:00 en un trayecto que dura 45 minutos y llegué a mi destino a las 7:45. Soy una persona puntual y gracias a este pésimo servicio ahora no llego a la cita o llego tarde.
Anoche recibí de nuevo un mensaje anónimo de amenaza de ataque con ácido  en tono planflerio buen estilo colombiano, lo transcribo a continuación:
siga buscando hijueputa
“siga buscando mostruo hijueputa y llegara el dia que no pueda salir a la calle sin mirar para los lados pq en cualquier lugar puede estar el que le va a lavar la cara con acido hagalo una vez mas y le juro que le hago joder esa jeta asquerosa ni una mas gonorrea”.
45 minutos sentada en un paradero es tiempo suficiente para las personas que saben dónde vivo, dónde trabajo, a qué hora salgo y a qué hora llego, para que puedan realizar sus sueños con tranquilidad. Se la pongo fácil a los delincuentes y el sistema de transporte ayuda.
rutero_e25_extraoficial

lunes, 12 de octubre de 2015

Memorias de una ensayista colombiana

Comencé a leer Chapinero de Andrés Ospina. La primera narración -titulada “Lorenzo”- no tiene gracia, sentido ni humor pero me llevó a recordar una historia vivida por mí hace veinticinco años. La bonita historia comenzó en una compraventa de Chapinero, como en el cuento de Andrés Ospina; pensé que podría narrarla y narrar de paso otras seis o siete historias ocurridas en 1989, cuando yo tenía apenas 19 años y soñaba con una vida de placeres inspirada en algunos libros que había leído, especialmente soñaba con ser como la heroína deMemorias de una cantante alemana. Ese libro me llevó a interesarme mucho en el tema y entre 1985 y 1989 me documenté con los clásicos de la psicología y la sexología moderna con la ilusión de ser como ella, como la mujer del libro. No lo logré, después supe que todo es literatura. Anoche, antes de dormirme, pensé que en mi lejana juventud viví historias porno-eróticas dignas de ser inmortalizadas a través del estilo que me caracteriza. No es fácil recordar todos los detalles de historias vividas hace un cuarto de siglo, pero voy a esforzarme. Si no recuerdo el rostro, el nombre, la mirada y la sonrisa del protagonista; si no recuerdo el lugar exacto donde ocurrieron los hechos, los llamaré simplemente X o Y, como en las novelas eróticas anónimas del siglo XVIII. Sin más preámbulos comencemos (no olvide el lector que todas las historias ocurrieron en el mismo año 1989, cuando yo tenía apenas 19 años):
Alberto
Alberto estaba enamorado de mí, no recuerdo nada de él, ni su rostro,ni  su voz, ni su mirada ni por qué éramos amigos. Sólo recuerdo que Alberto era dulce, joven y amable conmigo pero a mí Alberto no me gustaba. No entiendo por qué terminé en un paseo de fin de semana con él en compañía de esas personas a las que tampoco recuerdo. Sólo conocía a Alberto, a nadie más. La cita era en una compraventa de Chapinero. Y, claro, vi a los mariachis esperando al cliente, los moteles, la Caracas, las compraventas… Chapinero por las Caracas no es un sitio para caminar sino para ver desde la ventana del bus, la buseta, el colectivo, el taxi o transmilenio, la Caracas nunca ha sido un hermoso lugar para caminar y contemplar el paisaje. Llegué, entré a la compraventa, saludé, no recuerdo haberme arrobado de emoción estando dentro de ese lugar, viendo las “antigüedades” que ponen a suspirar a Andrés Ospina. Y eso que era una compraventa inmensa y bastante variada. Yo estaba entusiasmada con lo que me había prometido Alberto, no estaba pensando en nostalgias sino en diversión. Sospecho que bebimos, en esa época no era prohibido conducir bajo el efecto del alcohol y a mí me encantaba beber con moderación con conductores que también bebían con moderación mientras atravesábamos una trocha o una curva peligrosa en medio de la noche o cuando por exceso de velocidad había momentos en los que el carro quedaba suspendido en el aire, como en Los magníficos.
No recuerdo quién era el conductor, hacia dónde nos dirigíamos, cuántas personas íbamos dentro del carro; recuerdo que llegamos a nuestro destino y yo estaba dichosa porque podría nadar de noche en uno de esos lugares de Colombia con la temperatura perfecta para estar en vestido de baño a las diez de la noche sin sentir frío ni calor. Sospecho que la bendita casa que nos acogió estaba a menos de dos horas de Bogotá. Era una casa inmensa disfrazada de balneario y como me domina el espíritu deportivo me divertía más en la piscina y en los columpios que en la pista de baile y con el alcohol. Alberto estaba un poco triste porque nadaba, bebía, me columpiaba y bailaba más con los otros niños que con él. No recuerdo rostros de hombres viejos, recuerdo que los bailarines y los nadadores eran niños como yo. Recuerdo el rostro de dos niños que querían jugar conmigo. Recuerdo que les di dulces y apasionados besos a los dos y cuando quisieron ir un poco más allá les recordé que me gustaba mucho nadar y entonces nadábamos de nuevo.
Pasé de largo esa noche, no dormí ni un minuto. Cuando amaneció caminamos por una camino de herradura, esos caminos que tanto me gustan, y rumbo al pueblo hubo más besos con uno de los niños, el otro se quedó en la casa; con él nos divertimos en la piscina cuando regresamos del pueblo. Yo quería desayunar en el pueblo, le confesé a uno de los niños y él feliz y complacido se dispuso a acompañarme. Desayunamos, él me dijo que podríamos amarnos más intensamente, yo le dije que no lo daba por un desayuno y seguimos conversando, volvimos a la casa, volvimos a nadar.
No recuerdo lo que ocurrió durante el día ni nada del regreso. Recuerdo que esa fue la única noche de mi vida que pasé de largo porque tantas emociones me afectaron un poco la memoria, se me recargó el cerebro, casi no podía conciliar el sueño por exceso de emoción.

viernes, 7 de agosto de 2015

Cándido pero no huevón

Lo que más he despreciado en mi vida ha sido a los profesores. Cuando éramos niños mi papá tenía un amigo que era dueño de un colegio, un profesor comprometido con la causa. Nosotros nos reíamos en su cara y cuando pasaba por el frente de nuestra casa nos escondíamos y con voces solemnes decíamos ¡Profesor! Cuando el Maestro volteaba a mirar con la ilusión de ver a sus discípulos o admiradores nosotros lo mirábamos muertos de la risa desde nuestros escondites y crecimos convencidos de que era un idiota.
De la primaria no recuerdo nada, así de desmotivada estaría.
En bachillerato quería renunciar y hacerme autodidacta como Estanislao Zuleta porque veía a mis profesores como los más mediocres y los más ignorantes. Mi hermana no me dejó.
En el pregrado tuve que relacionarme con los bobos más convencidos que he conocido en mi triste vida académica y en la maestría tuve el placer de conocer al anciano que nos gritó en medio del bullicio: ¡Soy cándido pero no huevón!
La maestría fue lo que reivindicó mi vida, fue allá donde sentí que estudiar valía la pena, que los viejos pueden llegar a constituirse en una fina materia para divertir a la gente joven; también supe que aunque algunos profesores viejos  pueden llegar a ser la gente más ridícula del mundo otros lo hacen sentir a uno ante ellos como ante los verdaderos maestros. Forjadores del carácter y verdaderos lectores e intérpretes.
Allá conocí a las dos mujeres más admirables que recuerdo en mi vida de estudiante. Mujeres viejas, firmes, fuertes, exigentes, de las que humillan a los estudiantes y los hacen temblar de miedo y, como era de esperarse, yo era la niña mimada de ese par de mujeres porque mi furia, mi carácter, mi inteligencia y mi erudición eran tan evidentes que las dos cayeron rendidas ante mí. Cuando un profesor descubre a su discípulo es como cuando una joven inocente descubre al amor de su vida, es una situación parecida pero a nivel intelectual.
La más vieja me decía que tenía madera y me miraba como diciéndome que podría llegar a superarla. Esa profesora, a la que llamaban Doña o Doctora temblando del miedo, ya está muerta. Es una verdadera lástima que sólo haya conocido en la vida a una persona como ella.
Con la otra profesora nos reíamos a carcajadas de Ricardo Cano Gaviria, ella fue la directora de mi trabajo de grado. Sigue viva y espero que siga siendo el terror de las nuevas generaciones. Es un portento de mujer, elegante como un andamio y con voz y mirada de trueno.
Gracias a ese par de furias pensé que podría llegar a ser divertido convertirme en el futuro en una venerable anciana que inspira una mezcla de miedo, admiración y reverencia. Si llego a la vejez me gustaría ser un poco como ellas.
Los profesores -entre los que se encontraba Cándido- nos ofrecían espectáculos de otro nivel:
El poeta que todos dábamos por muerto tenía una voz tan muerta que nadie entendía lo que decía. Nadie supo nunca qué era lo que decía el poeta porque su voz no llegaba a nuestros oídos, pero nosotros estábamos orgullosos porque el maestro no estaba muerto sino vivo y además era nuestro profesor. Con eso nos bastaba.
El otro poeta no era tan viejo pero no tenía nada que decir. Lo único memorable es recordar el día en que no sabíamos por qué motivo terminó comprando vino para todo el curso, pidió música culta, se pasó de la medida en el alcohol y en medio de la borrachera despreció la música elegante y después de decir borracho y desconsolado ¡Cambien esa mierda! sólo pudo controlarse cuando trajeron un radio y encontraron lo que él pedía a gritos: La cariñosa. Esa música era la que le gustaba de verdad al poeta, el alcohol lo reconcilió con su gusto.
El otro profesor viejo se dormía en la clase y nosotros lo contemplábamos en silencio, se despertaba cuando comenzaba a roncar.
Y estaba Cándido. Cándido era un profesor encantador, todavía atractivo y elegante a pesar de la edad. Sabía mucho, como dicen los estudiantes, pero estaba un poco sordo y parece que la sordera le hacía creer que nosotros nos reíamos de él a sus espaldas. Un día cualquiera nos olvidamos de que Cándido esperaba que nosotros nos sentáramos y dejáramos de hablar, nunca supimos qué fue lo que enfureció al profesor que admirábamos tanto, el hecho es que nos calló a todos con un grito, Cándido dijo con toda la fuerza que conservaba en sus pulmones: ¡Soy cándido pero no huevón! Nosotros nos callamos y nos sentamos, claro, la clase debía comenzar, pero reímos como locos durante meses recordando la reacción del venerable anciano.

sábado, 25 de julio de 2015

La diva de Transmilenio

He conocido a varias personas a través de Twitter y con todas coincidimos en algo: la mayoría de la gente -los millones de humanos que caminan por ahí- no tienen una cuenta en esa página y no se mueren por estar ahí sino que viven en el mundo real. Los tuiteros son personas con tiempo libre, gente a la que le gusta leer y escribir frases que no trascienden más allá del teclado, una gran masa de desconocidos luchando por hacerse relevantes.
Cuando logran cierto reconocimiento descubren que su fama no va más allá de Twitter, cuando caminan por la calle, trabajan y se desplazan por la ciudad comprenden que son un humano más, nadie se fija en ellos, nadie sabe que tienen una cuenta en Twitter y un número determinado de seguidores, amigos influyentes, favs y retuits. No existen.
Consciente de este hecho camino tranquila por ahí, como un perro sin amo, me visto de cualquier forma y voy a cualquier sitio porque soy una persona común.
A veces me sorprendo ante la sorpresa de alguien que me pregunta si soy la misma señora que tiene una cuenta en Twitter. Hay quien sonríe con dulzura, hay quien se asusta, hay quien se ríe en mi cara, hay quien se estrella contra un muro, hay quien sonríe con sonrisa nerviosa, hay quien me da la mano temblando de miedo, hay quien crea una imagen distorsionada de mí en su mente. Me sigue, lo sigo, me pide que nos veamos algún día y compartamos un café.
Casi siempre acepto para que se convenzan de que soy la persona más común del mundo, una persona que tiene un trabajo normal, una vida normal, una señora que vive en un barrio popular, se transporta en servicio público y no habla como un libro sino como una persona común. Me esfuerzo para que el hecho de leer, de escribir y de trabajar como profesora no interfiera en mi forma de comunicarme con la gente porque no soporto esas poses.
Ayer ocurrió algo entre grotesco y divertido: un tuitero compartía bus conmigo y decidió hacerme un pequeño estudio mientras llegaba a mi destino. Lo más seguro es que me vio, me reconoció, pensó en mí como en una especie de estrella y decidió tomarme tres fotos desde diferentes ángulos para presentarlas luego como el gran hallazgo, como si se hubiera cruzado por casualidad o de forma premeditada conmigo, con la idea que ha creado en su mente de mí a partir de lo que lee aquí y en mi cuenta de Twitter. Es el tuitero que ha llegado más lejos y es imposible saber si me admira, me odia o me persigue con fines que sólo él conoce. Se trata de uno de los millones de personajes anónimos de la red que hablan fuerte pero sin nombre ni rostro propio.
El fotógrafo improvisado presentó las imágenes con la intención de desmitificar a la “diva”, es probable que, como muchas personas, tenga una idea distorsionada de mí y mientras me veía sentada en la silla de un bus como cualquier pobre ser humano, mientras miraba el teléfono como cualquier ciudadano de bien, pensara que ganaría cierto reconocimiento porque me sorprendió, porque revelaría elementos no reconocidos de mi vida privada que acabarán con la idea que he tratado de recrear a través de la escritura.
La pregunta de hoy es simple:
¿Por qué hay gente así?
transmilenio1transmilenio2transmilenio3

jueves, 23 de julio de 2015

Bogotá para los bogotanos

Los colombianos nacidos en Bogotá vivimos con la sensación extraña de sentirnos cosmopolitas cuando compartimos con personas nacidas en un pueblo mucho más pequeño que el nuestro, gente que habla de Bogotá -de La Capital- como si de un sueño se tratara, un sueño difícil de alcanzar pero por el que vale la pena luchar, aunque en el trance el aspirante a bogotano pueda terminar sumido en la desesperación, la autocensura y la indigencia, en la negación de lo propio por el deseo de mostrarle a los demás y a sí mismo que vivir en Bogotá es como ser bogotano.
La idea de ser bogotano es una idea creada fuera de Bogotá y la gente que ha soñado con estar aquí la materializa. En Bogotá vive muy poca gente nacida en Bogotá, el bogotano nacido en Bogotá es un poco bobo, su seriedad y sequedad no son producto de la elaboración sino del asombro.
El bogotano casi siempre se relaciona con otros bogotanos que contemplan con asombro cómo los nuevos bogotanos representan su idea preconcebida -desde un pueblo o desde una ciudad mucha más pequeña- de lo que significa ser bogotano en Bogotá. Para quien ha nacido en Bogotá esta pobre ciudad sobrevalorada no representa lo mismo que representa Bogotá para la gente que llegó aquí con la idea de ser cosmopolita, moderno, globalizado, educado, dispuesto a recibir ofertas culturales y mucho mundo.
Para los bogotanos nacidos en Bogotá la idea de ser bogotano no tiene nada que ver con la recreación de esos imaginarios. Bogotá es más bien una ciudad cada día más invivible que expulsa a los bogotanos bobos que no soportan el ritmo frenético de los nuevos bogotanos que quieren triunfar en Bogotá y a costa de mucho esfuerzo logran arrinconar al bogotano que no está muy dispuesto a competir con uñas y dientes por aquello que se supone que es suyo y debe defender. Muchos bogotanos prefieren hacerse a un lado en esa lucha a muerte y terminan viviendo en pueblos, ciudades pequeñas o en el exterior.
Bogotá no es una gran ciudad, es una ciudad muy grande y muy desordenada poblada mayoritariamente por campesinos de todo el país que desde el comienzo de los tiempos ha sentido que vivir en Bogotá es tener un pedacito de cielo aunque se trate de la zona más deprimida de esta pobre ciudad. Cambian mar, brisa, llano, montañas, naturaleza por contaminación, por supuesta calidad de vida, por el sueño de conquistar un nuevo mundo, el mundo civilizado.

sábado, 18 de julio de 2015

El error de mi hermana

Mi hermana y yo vivimos toda la infancia en la misma casa, una casa a la antigua en Bogotá: cuatrocientos metros cuadrados para jugar. Casa con dos patios, tejado, barandas, celosías y una terraza inmensa. En esa casa jugamos todo tipo de juegos, mi papá la construyó a prueba de niños juguetones. Mi hermana se casó, compró un lote con su esposo, construyeron su casa cuando empezaban a escasear los lotes en Bogotá, una casa con una sala inmensa, patio trasero y vecinos; los dos niños tenían amigos en la cuadra para crecer, para jugar, dos niños necesitan más hermanos, pero como no pueden tener más hermanos deben tener amigos vecinos.
Como en Bogotá se ha puesto de moda vivir en conjuntos cerrados organizados por torres y con estrato, ella decidió tomar la peor decisión de su vida: arrendó la casa grande de barrio y la cambió por su apartamento grande, que no será nunca comparable a la grandeza de una casa hecha a la medida y según los gustos de quien la construye. Un apartamento en la torre 3 13-03, estrato cuatro.
Ayer tuvimos un gran encuentro familiar en la casa de mis papás y mis hermanos menores, una casa grande, no tan grande como la casa en la que viví desde que nací hasta los 34, cuando decidí pasarme a mi propia casa, una casa sin patio ni terraza; en Bogotá no construyen casas bonitas para una persona sola, si la casa es grande tiene cuatro habitaciones y cinco baños, son espacios grandes para hacinar gente. Mientras los adultos estábamos en la sala, los niños estaban en la terraza jugando, compitiendo, los niños de mi hermana no se pueden comparar en sus destrezas físicas con los niños que viven en la casa en la que viví cuando era niña. Los sobrinos superdotados, los de mi hermana, se acostumbraron a su apartamento con la supervista y no salen de ahí, creo que mi hermana le robó a su niño de ocho años el placer de vivir en una casa grande en un barrio cualquiera, sólo por el placer de responder ante la típica pregunta bogotana: ¿Dónde vives?
A veces lamento que Bogotá se esté "desarrollando", la familia se está desintegrando, la gente está cada día más hacinada y algunos se siguen reproduciendo al mismo ritmo de hace veinte años. Yo rompí el esquema de mis hermanos mayores al decidir no casarme ni tener hijos, mis hermanos menores parece que van a seguir mi ejemplo, el de 29 ya está pagando su apartamento para empezar a vivir solo dentro de seis meses. La soledad no es para todos, es una elección, sería horrible que terminara convertida en lo normal, lo natural. Eso tampoco me gusta.