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domingo, 12 de febrero de 2017

Sócrates en el centro comercial

Confieso que me he traicionado a mí misma
Antes de cumplir diez años me hice varias promesas que no cumplí:
Ser estoica como Sócrates:
¿Ves todo lo que hay expuesto en la feria para la venta?
Sí, maestro, muy bonito todo. Muy buenas las promociones de enero.
¡No necesito ninguno de esos objetos, todos son innecesarios!
Vivir toda la vida en la misma casa como Flaubert:
Una persona debe vivir toda su vida en la misma casa, ser parte de ella. Cuando la persona muere deben enterrarla y quemar la casa porque la casa es un objeto vivo, es parte del difunto, no es un simple espacio para vivir.
Ser autodidacta como los verdaderos Maestros:
Para despreciar el sistema educativo no necesité a Sócrates ni a Flaubert porque lo descubrí con mis propios ojos y oídos. Cuando todavía no era bachiller tomé la decisión de no someterme más a esa prisión, a ese espacio creado para uniformar a las personas, para hacerlos dóciles, buenos ciudadanos, para que acojan con cariño y sumisión los aparatos ideológicos del Estado que tan bien explicó Althusser antes de matar a su esposa. La educación sirve para que la gente educada repita la misma historia hasta el infinito: nacer, crecer, estudiar, buscar novio, casarse, tener un hijo, comprar casa, tener otro hijo, comprar otra casa y carro, comprar, tener varias tarjetas de crédito, viajar, comprar en Zara y en Mango, debatir en las redes sociales, defender diferentes Causas, esperar que sus hijos repitan la misma historia, ver crecer a las nietos, morir convencido de que lo hizo todo muy bien y fue un ciudadano ejemplar.
También me prometí no ser esposa abnegada ni madre amorosa y de eso sí me siento bastante orgullosa porque cumplí, claro. Pero en estos últimos días me he torturado pensando que me traicioné a mí misma porque yo quería ser estoica, vivir siempre en la misma casa y no haber terminado el bachillerato (me hubiera gustado tener segundo de Primaria) y me doy látigo todos los días porque me siento como una idiota entre millones de idiotas en el centro comercial. Soy como todos.
Por no haber cumplido esas tres grandes promesas me siento inauténtica, frustrada, fracasada, una idiota entre millones de idiotas, una ciudadana ejemplar, una persona que ha “triunfado en la vida” y se puede constituir en modelo digno de ser imitado y yo no soñaba con eso para mi vida. Pienso en lo que hubiera podido llegar a ser sin tener una casa PROPIA, formación educativa en las mejores instituciones del país, un trabajo digno porque me deja mucho tiempo libre y -en vista de que pagan por trabajar- estar obligada a comprar, a hacer uso de la ganancia en el centro comercial.
Si me hubiera rebelado de verdad sería otra, el camino hacia la escritura hubiera sido mucho más complicado, no tendría los lectores que tengo ni me prestarían la atención que me prestan porque los benditos títulos pesan más que lo que yo pueda decir si sólo tuviera segundo de Primaria, no tendrían valor mis palabras aunque hubiera leído todos los libros que he leído en la biblioteca. En la universidad estuve apenas seis años y esos seis años pesan más que los treinta años como lectora de biblioteca, no es justo ese trato con los autodidactas.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Creo que te pasa en Twitter

De nuevo un comentario digno de ser convertido en post, a cargo de “Otro estudiante de Lucas Ospina”:
Iré un paso más allá de lo que dices: es incomprensible un mundo donde un joven estudiante se burla de la “cara roja” del artista suicida aplastada contra el piso y un profesor no encuentra nada mejor que llamar esto una pieza del rompecabezas. Todo esto me tiene muy afectado Elsy. Ante tanta insensibilidad qué sentido tendría levantar mi voz y decir lo que realmente siento? Reconozco también que en un mes seré parte de una exposición que no quiero ver rodeada por la polémica de un enfrentamiento contra Ospina. Me horroriza que en mi Universidad haya “escuadrones de la muerte”. Piensa en el ataque a mansalva a Luis Colmenares. Alguno de esos jóvenes también podría escribir una carta similar contando cómo ese negro guajiro pedía clemencia antes de darle el golpe final. Todos esos que forman clanes para aplastar al que piensa o vive diferente, como creo que te pasa en Twitter. No comentaré más Elsy, siento ya que germina una nueva obra para expresar el dolor que me causa tanta vileza humana. Sigue tú adelante.
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El rey está desnudo. A propósito de Lucas Ospina

A continuación un nuevo mensaje de “otro estudiante de Lucas Ospina”:
Te ahorraré el chiste flojo sobre la reproducción 3 veces de mi comentario Elsy, me honra que lo aprecies. En el entretiempo me han llegado 6 emails de amigos y colegas pidiéndome que me sume a los emails, páginas web y hasta reuniones de solidaridad con el profesor Ospina. Me escriben como si fuera un ataque a nuestro “gremio” y resaltan el acto “noble” de Ospina de haberse disculpado. Ninguno ha sido capaz de responderme dónde está lo “agridulce” del texto del estudiante, como tampoco cómo manejo Ospina ese material y ese personaje tan mezquinos, si lo hizo reflexionar por el orgasmo de placer que tuvo al enterarse del suicidio de Daniel. Las disculpas de Ospina para mí son tan venenosas como la carta que envió. Reducir la decisión de Daniel a su experiencia “agridulce” con el mundo laboral o con la incertidumbre de sus medios de subsistencia es muy bajo: acaso Ospina es psiquiatra también? acaso ser profesor de arte le desvela como por arte de magia los secretos del alma humana? es un fan de “mi vida por un puñado de dólares”? Además se cree un brillante detective privado, con esa carta cree haber encontrado la pieza perdida que terminaba de armar el rompecabezas. No estoy a favor de su linchamiento mediático sino a favor de que se detenga y evalúe a conciencia todo lo que lo llevó a: 1. Ver algo agridulce en ese ensayo y 2. Enviárselo a Piedad como un acto de “profunda empatía”. Las muestras de apoyo que recibe ahora no le ayudarán en ese sentido. Menos mal hay verdaderas voces críticas como la tuya que ayudan a mostrar que el rey está desnudo y no hay disculpas que lo cubran.
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sábado, 27 de agosto de 2016

¿Para qué sirve la educación?

Una de las ventajas de tener blog es que se puede tratar cualquier tema y los lectores pueden opinar. Publico todos los comentarios para que quien los lea pueda ver todos los puntos de vista, no sólo los que me favorecen. En eso consiste la libertad de expresión y en eso creo. La ejerzo con todos los riesgos, a pesar de las amenazas de muerte y todos los inconvenientes que me han ocasionado quienes en un momento dado no han estado de acuerdo con lo que he escrito aquí y no sólo han dejado comentarios altaneros sino que me han ocasionado verdaderos tropiezos que han afectado mi vida privada, la de la persona de carne y hueso, la misma que escribe y espera que le respondan con escritura, no con atentados a la vida real, a la tranquilidad y a la paz perpetua.
A pesar de las amenazas de muerte sigo escribiendo sin censura, sin pensar que al hacerlo estoy arriesgando mi vida o la tranquilidad de mi familia. Es una apuesta arriesgada pero no sé vivir de otra manera.
En un blog se  puede escribir sobre la propia vida privada, sobre la vida privada de los demás (porque la exponen en internet, la hacen pública), sobre oralidad, lectura, escritura, interpretación, literatura, cine, periodismo… sobre cualquier tema, y me ha llamado la atención la altura del discurso y la argumentación en el post titulado “¿Quién es Lucas Ospina?”.
Aunque se toca y se hiere la sensibilidad de muchas personas nadie me ha amenazado de muerte ni me ha insultado. Han comentado más de veinte personas y todos han estado a la altura de la discusión, han presentado sus puntos de vista y sus desacuerdos con buen español y en tono respetuoso, sin poner en peligro la vida ni la honra de quien esto escribe sólo porque mi opinión no concuerda con la suya.
Hagamos un ejercicio para ver los contrastes:
Volvamos a leer una colección de los comentarios más insultantes dejados en este blog cuando me ocupé de lo que he dado en llamar “las divas tuiteras” y después leamos el comentario más respetuoso acerca del profesor Lucas Ospina. El lector saca las conclusiones:
“¿Doña Elsy usted no tiene vida propia? pareciera que tiene que entrometerse en la de los demás para tenerla. su vida debe ser muy triste y patética para meter con tanto esmero sus narices en la vida de esta mujer así como hace con … o …, estas habida de atención me imagino que esta chica sera tu nueva obsesión.
y cual es la envidia vieja patetica? le da envidia que … pueda comenzar una carrera y que usted se tenga que conformar con ser una profesora por horas de una universidad mediocre? le da envidia que … pueda salir con una persona reconocida y exitosa mientras usted …? le da envidia que … salga en medios de amplia circulacion mientras usted tiene que llamar las atencion desde este pinche blog? aunque intente hacerlo parecer humor se le nota por encima el resentimient. petetica.
perdedora envidiosa porque … es atractiva y puede salir con quien sea y usted da asco. no se la come ni el ebola.
ojala tenga claro demente patetica que si lo que usted hace en internet causa daños a las personas en la vida real usted lo tiene que pagar en la vida real. no se queje cuando llegue su turno.
sigase metiendo conmigo perra hijueputa y vfa a quedar como natalia ponce y el malparido de su novio va a quedar como un marica pedofilo con toda la gente de … si quiere hagamos la prueba. ya sabe cual mierda tiene que borrar malparia desforme. lo de menos es citar a ese hijuepita … y meterle una levantada bien hijueputa. perra hijueputa metase una vez mas conmigo y vera gonorrea”.
Ahora veamos el comentario de  El otro estudiante de Lucas Ospina:
“Elsy, yo también fui estudiante de Lucas Ospina y compañero de Daniel Segura en esa misma clase. Daniel era muy talentoso, de los mejores de la clase. Era un poco retraído y hoy lamento no haberme acercado más a él, hubiera querido ser un apoyo en esos períodos de duda que nos acompañan a los artistas. En la clase había estudiantes que pasaban mucha parte de su tiempo buscando la confirmación de que eran artistas. Cuando el profesor Ospina les daba un gesto de aprobación lo adoraban. Hay muchos que todavía dicen que él fue quien los entusiasmó a seguir su camino. Para quienes no estábamos tan atormentados por nuestra vocación, el profesor Ospina era más bien una pesadilla, un hombre completamente lleno de verdades incuestionables (para él), que parecían más bien elucubraciones de una mente paranoica. Como el “razonamiento” que lo llevó a enviarle una carta tan vergonzosa a la profesora Bonnet: ¿en qué estaba pensando Ospina? Pues en otra de sus grandes y brillantes ideas. Como cosa rara le pareció tan buena que no pudo esperar a enviársela a la profesora Bonnet. En clase teníamos el chiste de que el profesor Ospina era EL artista de meter el dedo en la llaga, solo que en su caso era el brazo completo. Como en este caso. Todo en nombre de la verdad, nunca con mala intención. 18 años de experiencia docente y esto es lo mejor que puede hacer: me sorprende que siga siendo profesor cuando está rodeado de gente mucho mejor en la misma universidad. El tirón de orejas que le dieron no servirá para nada, esos egos tan grandes no tienen cura”.

Esos egos tan grandes no tienen cura

A continuación un comentario que vale la pena compartir:
Elsy, yo también fui estudiante de Lucas Ospina y compañero de Daniel Segura en esa misma clase. Daniel era muy talentoso, de los mejores de la clase. Era un poco retraído y hoy lamento no haberme acercado más a él, hubiera querido ser un apoyo en esos períodos de duda que nos acompañan a los artistas. En la clase había estudiantes que pasaban mucha parte de su tiempo buscando la confirmación de que eran artistas. Cuando el profesor Ospina les daba un gesto de aprobación lo adoraban. Hay muchos que todavía dicen que él fue quien los entusiasmó a seguir su camino. Para quienes no estábamos tan atormentados por nuestra vocación, el profesor Ospina era más bien una pesadilla, un hombre completamente lleno de verdades incuestionables (para él), que parecían más bien elucubraciones de una mente paranoica. Como el “razonamiento” que lo llevó a enviarle una carta tan vergonzosa a la profesora Bonnet: ¿en qué estaba pensando Ospina? Pues en otra de sus grandes y brillantes ideas. Como cosa rara le pareció tan buena que no pudo esperar a enviársela a la profesora Bonnet. En clase teníamos el chiste de que el profesor Ospina era EL artista de meter el dedo en la llaga, solo que en su caso era el brazo completo. Como en este caso. Todo en nombre de la verdad, nunca con mala intención. 18 años de experiencia docente y esto es lo mejor que puede hacer: me sorprende que siga siendo profesor cuando está rodeado de gente mucho mejor en la misma universidad. El tirón de orejas que le dieron no servirá para nada, esos egos tan grandes no tienen cura.
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¿Quién es Lucas Ospina?

He leído ocho veces la columna escrita por Piedad Bonnett titulada “Historia de un oprobio” y entre más la leo más me asombro porque no es ficción, es algo que le ocurrió a ella, una escritora colombiana que además fue profesora de la Universidad de los Andes durante treinta y dos años, un acto vil perpetrado por otro intelectual colombiano: Lucas Ospina, también profesor de esa Universidad. El estudiante egresado del Gimnasio Campestre es un caso perdido como ser humano, sin duda será el futuro empresario exitoso, el ministro o el senador de renombre. Así funciona Colombia.
El  profesor, intelectual y crítico Lucas Ospina representa muy mal a su gremio, especialmente a los profesores de la Universidad de los Andes. ¿Esa es la Educación de Calidad por la que pagan más de seis millones de pesos cada semestre esos pobres estudiantes? ¿Cuál es la función de los profesores universitarios en la formación de valores aunque sus discípulos ya hayan pasado por la educación básica? ¿Qué tipo de educación se da en el Gimnasio Campestre?  ¿Por qué las directivas de la Universidad de los Andes consideran caso cerrado la queja de Piedad Bonnett y le respondieron después de ocho meses? ¿Por qué la mayoría de los Grandes Intelectuales Colombianos callan ante este hecho tan lamentable? ¿Esa es la tan anhelada paz?
La historia:
Piedad Bonnett es la madre de un joven que fue profesor del Gimnasio Campestre durante dos años; uno de sus alumnos estudia ahora en la Universidad de los Andes  y su profesor es Lucas Ospina, un intelectual y crítico de arte que, además, dirigió el trabajo de grado de Daniel Segura Bonnett, hijo de Piedad Bonnett. Daniel Segura Bonnett se suicidó y ese hecho conmocionó tanto a la madre que escribió un libro titulado Lo que no tiene nombre.  El egresado del Gimnasio Campestre elaboró un trabajo académico que en resumidas cuentas es una burla infame a Daniel Segura Bonnett y el profesor Lucas Ospina lo compartió con Piedad Bonnett. Ella envió una queja a la Universidad de los Andes y el único medio que tuvo para hacerse oír fue su columna en El Espectador, las directivas de la Universidad de los Andes no consideraron relevante su queja y le respondieron después de ocho meses. Al profesor le hicieron un llamado de atención leve y la vida segirá su rumbo como si nada hubiera sucedido.
Me cuentan que lo que la escritora narra en la columna es poco comparado con la historia completa. Ojalá algún pudiera llegar a conocerla.
Esta es la columna:
En enero de este año un profesor de arte de la Universidad de los Andes, quien también funge de crítico y escribe en una reconocida revista nacional, me reenvió un trabajo —“agridulce”, según él— en el que un alumno suyo recordaba a mi hijo Daniel, quien fue su profesor en el Gimnasio Campestre. Dice el estudiante que mi hijo “sufrió la mala fortuna de enseñar en un colegio masculino teniendo una voz algo afeminada. Cada clase, sin falta, se la montábamos y nos reíamos en su cara. Parecía que él no se lo tomaba personal, pero para poder dictar su clase nos tenía que gritar o amenazar con jodernos disciplinariamente”. Años después, cuando se enteraron de su suicidio, dice: “yo sólo podía pensar en un evento cómico”. Según él, mi hijo enfureció, tomó a uno de los muchachos del cuello “y le metió la cabeza debajo de un pupitre repitiéndole en un tono amenazante, pero pasivo, que si no paraba la jodedera no lo iba a soltar”. Pero ellos siguieron riéndose, sobre todo de su cara roja, “probablemente muy similar a la cara roja que vieron quienes pasaban por la calle cuando Daniel se votó (sic) desde su apartamento y dejó pintado el piso de sangre”. La conclusión del estudiante es triunfante: “la cosa fue que nosotros todavía teníamos tiempo para vivir, nosotros no decidimos quitarnos la vida, así que decidimos reír otro rato”.
Después de limpiarme las lágrimas, y mientras recordaba la bella voz de mi hijo, envié al rector de los Andes, sitio donde trabajé 32 años, una carta donde me quejaba de la falta de empatía —ese sentimiento que nos hace humanos solidarios— de un profesor que tiene en sus manos la formación de jóvenes, y me preguntaba por la razón de enviarle este mensaje a la madre de un muchacho muerto. “¿Acaso informarle, por si no lo sabe, que su hijo sufrió de burlas e irrespeto por parte de sus alumnos, para los que trabajó con dedicación y afecto durante dos años? ¿Hacerle cambiar de opinión sobre la condición serena y respetuosa de Daniel, mostrándole que tuvo una reacción violenta? ¿O tal vez hacerle recrear la imagen de su cara contra el pavimento, por si no la tiene?” Y preguntaba: ¿Estaba el profesor autorizado por el estudiante a hacerme llegar ese trabajo? ¿qué evaluaba este? ¿La actitud cínica e inhumana del joven estudiante le valió algún comentario negativo de su maestro? La Universidad de los Andes, cuyo Consejo Superior asegura “tener la responsabilidad social de sancionar y rechazar toda forma de amenaza, acoso, matoneo, maltrato, discriminación…” duró ocho meses sin darme una respuesta formal. Esta semana, después de muchas presiones, me informaron que un Comité que estudió el caso lo declaró cerrado, después de invitar al profesor “a hacer una reflexión sobre el límite que existe entre lo que él considera público y la sensibilidad de las personas”. Razón tiene el analista extranjero que escribió hace poco que lo que le pasó a este país es que perdió su capacidad de escandalizarse. Qué tristeza.
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domingo, 3 de abril de 2016

Es un poco como ser profesor

Juan: los grandes comediantes son personajes trágicos por supuesto.
Yo: Woody Allen y Groucho Marx son los mejores.
Juan: me gusta Lenny Bruce, aquí lo representa el actor Dustin Hoffman
Yo: vea esta conversación
Juan: está muy bueno, tengo el mismo gusto sexual de Woody Allen, preferiblemente que sea una mujer negra. Este señor es un campeón:
Yo: mi desgracia es que no me gustan los monólogos, prefiero las entrevistas.
Juan: dele la oportunidad a este, es muy bueno.
Yo: bueno. Lo voy a oír hasta el final.
Yo: sí, es cierto,  tiene razón, este viejo despiadado es muy chistoso.
Juan: ese del suicidio es genial, mire el de los niños por favor:
Yo:  eso es un poco como ser profesor. Por eso me gusta tanto mi trabajo.
Juan: así es, que belleza un profesor así, que hable con esa gracia y sea un realista, que no engañe.
Yo: sí.
Juan: del del suicidio me dio mucha risa dizque “el miércoles no me suicidio, debo llevar a Timmy al circo…”.
Yo: sí es bueno. ¿En Colombia hay gente que haga algo parecido?
Juan: no. Los buenos comediantes son cultos y se fundamentan en la crítica al poder, lo establecido, lo políticamente correcto.
Yo: y en Colombia eso es muy escaso.
Juan: para mí usted es una muy buena humorista tuitera.
Yo: para mí usted es la mejor compañía los miércoles y los jueves. Este es un buen año.
Juan: sí, hablamos sabroso.
Yo: sí.

domingo, 4 de octubre de 2015

El marco del lenguaje

Aunque no me gustaba estudiar estudiaba
Y buscaba siempre a los mejores profesores
A los más fieros, a los más exigentes
A los que se salían de la mediocridad típica del profesor universitario.
Cuando lo tenía identificado
No sé a través de qué poder lograba que mi profesor favorito me terminara prestando sus libros favoritos.
No recuerdo cómo los abordaba
No recuerdo cómo se los pedía
No recuerdo cómo ellos terminaban prestándome sus libros.
Estos hombres fieros me prestaban los libros pero no me dejaban ver la biblioteca porque los lectores son gente extraña.
No me interesaban los libros de las profesoras sino los de los profesores
Debe haber algún placer morboso que yo misma no puedo explicar.
No los deseaba a ellos sino deseaba sus libros
Pero no quería libros favoritos de mujeres sino de hombres.
Es Extraño.
***
Un lector comprometido no presta libros sino los recomienda, los recicla y los regala. No los presta porque se los pueden robar.
Y ellos me los prestaban porque sabían que no era una ladrona.
No me robé ninguno.
Sólo le he robado libros a mis hermanos, a nadie más.
Es un secreto de familia.
No recuerdo cómo terminaba con los libros favoritos de mis profesores favoritos encima de mi mesa, en el centro, como reyes
Pero sí recuerdo que me despertaba en medio de la noche para saber si todavía estaban ahí.
Los libros prestados que recuerdo con más cariño son estos dos
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Tuve muchos libros de mis profesores favoritos sobre mi mesa pero sólo recuerdo estos dos.
Así de triste es la vida.
Mi profesor favorito me mostró muchos libros.
Los más selectos los tenía guardados en una vitrina y esos sí los podía ver, pero no tocar.
Me hablaba de un libro, iba a la biblioteca, lo traía, me lo dejaba tocar y si yo quería me lo prestaba.
De la vitrina no se me antojó leer ninguno.
La biblioteca se veía desde la calle, pero desde adentro no me la dejaba ver.

viernes, 7 de agosto de 2015

Cándido pero no huevón

Lo que más he despreciado en mi vida ha sido a los profesores. Cuando éramos niños mi papá tenía un amigo que era dueño de un colegio, un profesor comprometido con la causa. Nosotros nos reíamos en su cara y cuando pasaba por el frente de nuestra casa nos escondíamos y con voces solemnes decíamos ¡Profesor! Cuando el Maestro volteaba a mirar con la ilusión de ver a sus discípulos o admiradores nosotros lo mirábamos muertos de la risa desde nuestros escondites y crecimos convencidos de que era un idiota.
De la primaria no recuerdo nada, así de desmotivada estaría.
En bachillerato quería renunciar y hacerme autodidacta como Estanislao Zuleta porque veía a mis profesores como los más mediocres y los más ignorantes. Mi hermana no me dejó.
En el pregrado tuve que relacionarme con los bobos más convencidos que he conocido en mi triste vida académica y en la maestría tuve el placer de conocer al anciano que nos gritó en medio del bullicio: ¡Soy cándido pero no huevón!
La maestría fue lo que reivindicó mi vida, fue allá donde sentí que estudiar valía la pena, que los viejos pueden llegar a constituirse en una fina materia para divertir a la gente joven; también supe que aunque algunos profesores viejos  pueden llegar a ser la gente más ridícula del mundo otros lo hacen sentir a uno ante ellos como ante los verdaderos maestros. Forjadores del carácter y verdaderos lectores e intérpretes.
Allá conocí a las dos mujeres más admirables que recuerdo en mi vida de estudiante. Mujeres viejas, firmes, fuertes, exigentes, de las que humillan a los estudiantes y los hacen temblar de miedo y, como era de esperarse, yo era la niña mimada de ese par de mujeres porque mi furia, mi carácter, mi inteligencia y mi erudición eran tan evidentes que las dos cayeron rendidas ante mí. Cuando un profesor descubre a su discípulo es como cuando una joven inocente descubre al amor de su vida, es una situación parecida pero a nivel intelectual.
La más vieja me decía que tenía madera y me miraba como diciéndome que podría llegar a superarla. Esa profesora, a la que llamaban Doña o Doctora temblando del miedo, ya está muerta. Es una verdadera lástima que sólo haya conocido en la vida a una persona como ella.
Con la otra profesora nos reíamos a carcajadas de Ricardo Cano Gaviria, ella fue la directora de mi trabajo de grado. Sigue viva y espero que siga siendo el terror de las nuevas generaciones. Es un portento de mujer, elegante como un andamio y con voz y mirada de trueno.
Gracias a ese par de furias pensé que podría llegar a ser divertido convertirme en el futuro en una venerable anciana que inspira una mezcla de miedo, admiración y reverencia. Si llego a la vejez me gustaría ser un poco como ellas.
Los profesores -entre los que se encontraba Cándido- nos ofrecían espectáculos de otro nivel:
El poeta que todos dábamos por muerto tenía una voz tan muerta que nadie entendía lo que decía. Nadie supo nunca qué era lo que decía el poeta porque su voz no llegaba a nuestros oídos, pero nosotros estábamos orgullosos porque el maestro no estaba muerto sino vivo y además era nuestro profesor. Con eso nos bastaba.
El otro poeta no era tan viejo pero no tenía nada que decir. Lo único memorable es recordar el día en que no sabíamos por qué motivo terminó comprando vino para todo el curso, pidió música culta, se pasó de la medida en el alcohol y en medio de la borrachera despreció la música elegante y después de decir borracho y desconsolado ¡Cambien esa mierda! sólo pudo controlarse cuando trajeron un radio y encontraron lo que él pedía a gritos: La cariñosa. Esa música era la que le gustaba de verdad al poeta, el alcohol lo reconcilió con su gusto.
El otro profesor viejo se dormía en la clase y nosotros lo contemplábamos en silencio, se despertaba cuando comenzaba a roncar.
Y estaba Cándido. Cándido era un profesor encantador, todavía atractivo y elegante a pesar de la edad. Sabía mucho, como dicen los estudiantes, pero estaba un poco sordo y parece que la sordera le hacía creer que nosotros nos reíamos de él a sus espaldas. Un día cualquiera nos olvidamos de que Cándido esperaba que nosotros nos sentáramos y dejáramos de hablar, nunca supimos qué fue lo que enfureció al profesor que admirábamos tanto, el hecho es que nos calló a todos con un grito, Cándido dijo con toda la fuerza que conservaba en sus pulmones: ¡Soy cándido pero no huevón! Nosotros nos callamos y nos sentamos, claro, la clase debía comenzar, pero reímos como locos durante meses recordando la reacción del venerable anciano.

sábado, 25 de julio de 2015

Escribir es como bailar

Acabo de presenciar quince minutos de una clase de “rumba”, hacer ejercicio con música para bailar, deporte mezclado con diversión. Antes de que hubieran transcurrido los primeros cinco minutos supe que escribir es como bailar: se tiene talento o no se tiene, de nada sirve el esfuerzo, el deseo de hacerlo bien, de dejarse llevar por la emoción del momento, si no se tiene sabor en las caderas para bailar el mapalé y estilo en la escritura para lograr que las señoras que ven bailar a su profesor lo conviertan en objeto del deseo y los lectores de este post lean lo que estoy escribiendo hasta el final por el simple placer de leer, porque tengo el poder de seducir con las palabras así como el bailarín seduce con la gracia y el encanto de su cuerpo en movimiento.
Yo miraba al bailarín y él bailarín me miraba a mí, sabía que estaba fascinado con mi admiración porque lo hacía muy bien, pocas personas tienen verdadero talento y este profesor lo tenía. Los asistentes al curso lo contemplaban con adoración, especialmente las mujeres. Recordé a mi amigo bailarín, él tiene muchas pretendientes porque ellas, al verlo bailar, sueñan con que es un gran amante, y recordé también que el desempeño en la pista de baile no tiene nada que ver con el desempeño sexual. Aunque el baile está cargado de erotismo nada tiene que ver con el sexo, son escenarios diferentes. La gente se suele confundir, suelen asociar ambas cosas porque una puede llevar a la otra y porque las dos están relacionadas con el sabor, el movimiento, el ritmo y la pasión, pero son asuntos diferentes, no me queda la menor duda. Les habla la voz de la experiencia.
Mientras lo miraba con su cara de satisfacción al sentirse adorado pensaba en mi propio placer cuando la gente me dice que le gusta lo que escribo, que tengo mucho talento, que soy un diamante en bruto, que esperan ansiosos mi libro… No puedo negar que es una sensación muy agradable. Pero mi dicha se multiplicó cuando recordé que él baila y yo escribo y los dos gozamos viendo gozar a otros mientras contemplan la manifestación de nuestro talento. Pero recordé que yo también soy profesora como él y no pude tener claro si son más intensos los momentos de gozo cuando me dejo llevar por el teclado, en conexión con el cerebro, o cuando me oigo en un salón de clase y a veces me sorprendo con la mirada de asombro o con la admiración que algunas veces manifiesta un estudiante ante lo que acabo de decir o ante la forma de decirlo, o cuando camino pensando en el libro que estoy leyendo o cuando camino pensando en un texto que quiero escribir, o cuando me quedo mirando muy concentrada y dichosa durante quince minutos a un profesor de baile como hoy o cuando me siente un ángel, un hada o una persona que vive con la sensación de que no camina sino vuela bajo el efecto de ninguno droga sino por el simple placer de caminar. Lo mejor de caminar es dejar de caminar, caminar y llegar a escribir sobre lo importante que es para alguien como yo caminar para escribir. Hay una relación evidente entre mis piernas, mis ojos, mis dedos y mi cerebro.
Creo que el profesor bailarín es afortunado porque goza absolutamente gracias a su don, pero creo que yo soy mucho más afortunadamente que él porque para él todo termina cuando termina la clase mientras que las lecturas, las ideas para escribir, oír mi propia voz y mi propio discurso cada semestre ante rostros nuevos son placeres mucho más intensos que los vividos por el profesor de baile. No lo creo, lo sé.

Emprendedores colombianos en la red. El caso @aspasiasegunda

Hace más de cinco años fui invitada como conferencista en la Universidad Externado de Colombia. Seis conferencias de tres horas para un grupo de estudiantes de Comunicación Social. 18 horas para hablar de mí y de mi experiencia como experta en redes sociales. Alguien pensó que tenía material suficiente almacenado en el cerebro para convencer a un grupo de jóvenes entusiastas de que gracias a la tecnología podrían llegar tan lejos como yo, podrían soñar con comprender la verdad revelada a través de mi experiencia.
La Conferencia tenía un nombre: Cibercultura. Yo, a través de mi voz, como una Autoridad, sin material, sin evaluación, sin participación de los jóvenes entusiastas, debería hacerme oír y pasaría la materia quien tuviera el valor de soportarme durante 18 horas sin parpadear. Una especie de tortura dividida en seis sesiones que equivalía a tres créditos y que ellos -las víctimas- debían soportar en silencio y con resignación. Todo el curso pasó la “materia”. Yo me sentía culpable haciendo el ridículo más grande de mi vida.
Al final, en la última sesión, sentí congoja, pena y pesar por esas jóvenes promesas amantes de la tecnología, la cibernética, las redes sociales, el posthumanismo y las transacciones bancarias en línea. Sentía que los había defraudado. Ese día me prometí a mí misma no volver a presentarme como disponible para una experiencia tan triste y tan dolorosa.
Entre el grupo de víctimas había una niña que logró llamar mi atención. Era una joven formal, atenta, amable y bien dispuesta para oír a su sabia de turno. Era una joven dulce, con voz de teletubie y una estatura que oscila entre lo bajo y el enanismo. Ni bonita ni fea, ni gorda ni flaca. La versión de una estudiante amable en miniatura, con mirada y actitud servil.
¿Por qué destaco la bondad, la estatura y el tono de voz de @aspasiagunda? Porque en Twitter y en Instagram, como dicen en tono coloquial: se nos creció la enana.
¿Cómo supe que la niña servil en miniatura es la misma @aspasiasegunda de Twitter? Supongo que ella apareció de la nada para recordarle a su maestra que había sido una de las privilegiadas, que había tenido el gusto de haberme oído durante las 18 horas. Y, entonces, ese día supe quién era, la recordé perfectamente: era la niña servil y bien educada que soportó las conferencias de Cibercultura con una mezcla de gozo y resignación.
@aspasiasegunda no tiene nombre oficial. ¿Por qué? Sólo ella lo sabe, pero ha sabido ganarse el respeto y la admiración de hombres y mujeres que seguramente sueñan con gozar alguna noche con los encantos de semejante mujerón.
Al comienzo se abrió camino sola, posando de inteligente, culta, profunda e irreverente. Un día cualquiera publicó una fotografía y alguien le dijo que era la mujer más sensual del universo y ella se lo creyó, entonces decidió que la mejor estrategia de marketing era posar con el paquete completo, quiso encarnar a la mujer ideal: inteligente, profunda, sabia, sensible, con buen sentido del humor, crítica, puta en la cama y divertida en Oma y en Juan Valdez.
Se convirtió en una Institución con el lema Viernes de tangas al tobillo y logró hacernos sentir que hasta cuando nos informaba que estaba en un trancón o llovía torrencialmente ella seguía siendo la puta insaciable de siempre. Los tuits de @aspasiasegunda deben ser leídos con un largo gemido para que se entienda su sentido profundo y cabal.
La bella Aspasia ha concretado varios momentos decisivos a lo largo de su carrera:
1. Se gradúa como Comunicadora Social.
2. Crea su cuenta en Twitter.
3. Reconoce y se presenta ante su Maestra de Cibercultura
4. Conoce a Virginia Mayer
5. Es contratada en KienyKe.
6. Se vuelve influyente en Twitter
7. Se toma la primera foto en calzones.
8. Daniel Samper Ospina la descubre.
9. Empieza a publicar en la revista SoHo.
10. Contrata un fotógrafo que le permitirá exhibir todos sus encantos en Instagram.
A continuación algunos tuits de la emprendedora. Recuerde el lector que estas pequeñas obras maestras escritas con arte e ingenio deben ser leídas con un largo gemido, como si quien escribiera fuera una loba en celo muy inteligente, crítica y profunda. El paquete completo:
Si de verdad les gustara más la inteligencia que la nalga el Reinado no existiría, pero ustedes perdonan cualquier ignorancia en tanga.
Nada más sexy que una buena conversación.
Yo jodo pero valgo la pena. El premio es pa’ el que aguante.
Un hombre como Pirlo, que la meta con elegancia, pues.
Intentémonos que ya es viernes.
Estado civil: pecando…
aspasia