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sábado, 12 de noviembre de 2016

Sobre la amistad

Soy muy capaz de hacer y conservar amistades raras y exquisitas. Como me ato con tanto apetito a las uniones que son de mi gusto, me muestro, me abalanzo tan ávidamente que no puedo dejar de ligarme fácilmente y de dejar huella cuando me doy. A menudo he hecho la prueba con felicidad. Para las amistades comunes soy algo estéril y frío pues mi andar no es natural si no es a toda vela; aparte de que la fortuna, al haberme acostumbrado y engolosinado desde mi juventud con una amistad única y perfecta, en verdad que de algún modo me ha hecho perder el gusto por los demás y me ha grabado en el cerebro que soy animal de compañía y no de tropa, como decía aquel clásico. También porque por naturaleza me cuesta comunicarme a medias y con disimulo, y con esa servil y desconfiada prudencia que se nos ordena en el trato con esas amistades numerosas e imperfectas; y se nos ordena principalmente en esta época en la que no se puede hablar del mundo sin peligro o falsedad.
Montaigne

Lo que me sirve de la melancolía

A partir del Problema XXX,1 de Aristóteles, mejor conocido como “El hombre de genio y la melancolía” se concluye de manera irrefutable: los melancólicos tienen predisposición hacia la genialidad, casi todos los genios son melancólicos. El análisis de Aristóteles sobre los genios melancólicos de su época se ha instaurado como modelo para escribir sobre genios y melancólicos de todos los tiempos partiendo del hecho de que la interpretación de Aristóteles es una verdad eterna e incuestionable; esta es una de las tantas mentiras o exageraciones del Maestro que vale la pena revisar y que ha llevado a tantos malos artistas a padecer estados melancólicos con la ilusión de que la obra surgirá como por arte de magia.
De un tiempo a la fecha han ido apareciendo intelectuales y científicos, hombres de genio, que no son melancólicos, al contrario, se trata de seres ávidos de vida y experiencia, personas bellas, sonrientes, esbeltas y rejuvenecidas que hacen de la ejecución de su arte uno más de los placeres que constituyen la dicha de estar vivo; lo más seguro es que estos nuevos genios han repasado fragmentos de Más allá del bien y del mal y han tomado la mejor decisión para su época: la melancolía aplicada al pie de la letra resulta poco práctica, tal vez la mejor opción consista en asumir las cualidades de los melancólicos no precisamente para gozar la muerte en vida sino para perfeccionar la propia obra sin perderse el placer de vivir como viven las personas que siempre sonríen para sí mismas.
Las cualidades de los melancólicos pueden ser de gran utilidad en una época como la actual en la que los estándares de calidad se han convertido en el gran anhelo no realizado, no precisamente por falta de melancolía sino por falta tiempo libre; además de artistas, científicos y melancólicos los genios necesitan ser grandes ociosos.
¿Es posible convertirse en melancólico?, ¿La melancolía concede estatus intelectual?, ¿Debemos dudar de los artistas o científicos alegres, casados, pasados de peso, con cinco hijos y optimistas?, ¿Las personas tristes tienen dotes artísticas no desarrolladas?, ¿La relación entre genio y melancolía es tan frecuente como lo presumía Aristóteles?
Cuando hay tiempo libre y soledad aparecen los pensamientos, cuando el ser libre y solitario se embebe en sus pensamientos puede empezar a verse como un ser trascendental.
1. Las ansias de vivir y el desprecio por la vida.
El mejor aliado de la melancolía es la psicosis maniacodepresiva, el estado emocional que no admite términos medios: somos felices o somos desgraciados, concebimos la vida como la gran oportunidad o como algo sin sentido, quisiéramos vivir mucho tiempo para realizar todos nuestros proyectos o quisiéramos morir de dolor ahora mismo. Estos estados de ánimo surgen sin una razón particular, se trata de dolor o alegría del alma que no admite racionalización. Hay que evitar este tipo de expansiones, es posible controlarlas a través de los siguientes ejercicios:
Cuando la tristeza es más fuerte que el deseo de vivir se hace necesario consagrarse a la realización de un trabajo manual que requiera un importante gasto de energía y movimiento corporal, pulir una tabla rústica que luego será usada como mesón en la cocina se constituirá en el mejor antídoto contra el dolor. La fase decisiva del ejercicio será el lijado del la tabla después de haberla estucado; cuando se esté aplicando la última capa de pintura el melancólico deberá estar curado de su fase dolorosa. Los estados depresivos tenderán a desaparecer con el paso del tiempo si el paciente se esfuerza por evadirlos de manera conciente a través de la ejecución de trabajos manuales.
Si se trata del sentimiento contrario, de un estado eufórico, felicidad sin razón, plenitud sin realización, también se debe aplicar un antídoto efectivo que libere del engaño a quien padece el estado de felicidad aparente; por extraño que pueda parecer, la felicidad sin sentido es tan absurda como la desgracia sin razón, en estas condiciones lo ideal es esquivar la falsa felicidad con tareas intelectuales solitarias como leer, escuchar música, ver una película. No tiene sentido llamar a los amigos, comerse un cono, comprar ropa nueva, cuando regrese la fase depresiva se sentirá vergüenza y culpa por haber realizado ejercicios tan banales.
La vida banal no debe ser objeto de desprecio para el melancólico alegre, al contrario, estas actividades servirán de alimento para nutrir sus reflexiones sobre el presente, que no puede ser perdido de vista por un ser que goza plenamente de la vida, jamás debe buscar la banalidad para esquivar el dolor sino que gozará del domingo tanto como del lunes o del martes. La vida dejará de ser vivida en función de los días de la semana.
2. No quiero una familia feliz
El melancólico añora el pasado porque para él el presente es doloramente impredecible, adorna el dolor del presente y recuerda con nostalgia los fragmentos gratamente recordarbles de su monótona vida, se reconforta añorando la valentía con la que afronta el dolor y siente orgullo y hasta heroísmo por saberse diferente a la mayoría de la gente, por saberse solo, enigmático e incomprendido.
La vida del melancólico alegre no es muy diferente a la del melancólico triste, lo que los singulariza es su manera de concebir el tiempo; mientras que el melancólico triste se consagra a una tarea porque se aburre, porque encuentra en ella la mejor estrategia para olvidar el sinsentido de la vida, el melancólico alegre, que ha sido antes melancólico triste, hace más o menos lo mismo pero no precisamente porque se sienta solo, miserable o aburrido sino porque le encuentra más sentido a la vida consagrada al estudio que a la vida vivida a partir de los lugares comunes, la de aquellos seres que repiten sin cesar: la vida es bella, el amor es el sentimiento más maravilloso, los hijos son la alegría del hogar, la gran realización de una mujer consiste en ser madre, si un hombre no tiene mujer y cinco hijos no encuentra razones para vivir. Este padre realizado no vive porque ame la vida sino porque la familia es el mejor pretexto para no matarse y porque el solo hecho de pensar en que debe alimentar, educar, vestir, recrear a sus hijos lo obliga a trabajar más de lo soportable y las horas que le quedan libres para reflexionar sobre la vida y la muerte transcurren pensando cómo hará para darle lo necesario a los frutos de su maravilloso sentimiento: el Amor. Se siente responsable, irresponsable, egoísta y en la recreación de su culpa y sus frustraciones personales se olvida de pensar que la vida no tiene sentido, el sentido de su vida es preocuparse por la vida que le ha concedido a otros seres que luego añorarán realizarse tanto como su padre, estos hombres del futuro también soñarán con encontrarle un sentido a la vida en compañía de una amorosa mujer, una futura madre.
El melancólico alegre no comparte los valores de la familia feliz, no tiene fe en la familia ni en la felicidad; este ser enigmático ha aprendido a llenar las horas de actividades, inventa sentido para pasar mejor sus días no porque crea que lo que hace salvará al mundo sino porque prefiere vivir engañado con tretas artificiales. Nacer, crecer y morir son acciones que él no puede controlar, la reproducción, la razón del nacimiento de todo lo vivo, es lo único sobre lo que tiene poder de decisión, se aferra a esta decisión como si se tratara de un juego ganado a la vida.
El melancólico alegre es un ser especializado en pasar el día en su hogar sin hablar con nadie pero con la condición de no aburrirse ni sentirse desgraciado, ese es su reto y el alimento de su orgullo. Los dias del melancólico alegre pasan tan veloces como los de la señora que trabaja de día, estudia de noche, tiene esposo, amante, hijos, carro, perro, finca, matas… pero no disfruta la plenitud del melancólico alegre porque ella esquiva el tiempo, le teme al dolor, a la soledad, para ella la soledad es un castigo y el tiempo libre un tiempo malo porque brinda la posibilidad de pensar y pensar no es bueno cuando no se disfruta lo que se hace, cuando no se ama aquello que le debe dar sentido a la vida, aunque la vida no tenga sentido.
3. Siempre se pierde algo al darse al público.
El melancólico es reservado, tímido, receloso, desconfiado, inseguro, cada vez que decide entregarse en cuerpo y alma a un ser amado descubre que sólo quiere compartir el tiempo con esa persona, sin testigos, porque a partir de rigurosos análisis fruto de experiencias vividas por él o por otros ha llegado a la siguiente conclusión: la mayoría de la gente habla por hablar, no escucha a los demás, conversa para no aburrirse, baila para matar el tiempo, bebe para olvidar lo desgraciada que es su vida, no contempla los paisajes con sinceridad, se ríe de chistes que no comprende para no pasar por idiota o simple. La mayoría de la gente vive sin pasión, vive para los demás sin amar a los demás.
El melancólico es un ser apasionado y detallista, no se entrega a los demás porque teme desilusionarse, es una persona selectiva pero no indiferente. Es un gran observador del comportamiento animal y humano, se complace comparando a las bestias con los hombres, lo enternecen más los cabritos y los perritos que los bebés de los vecinos. No sabe qué decir en situaciones ante las que cualquier persona sabe qué decir, se ríe a desatiempo, ni siquiera sonrie cuando se supone que se debe reír a carcajadas, es un poco torpe, algunos lo toman por lo que no es. Se ríe para sí mismo en sus gratos momentos de soledad. El mejor amigo de un melancólico es otro melancólico.
4. Relaciones complejas con los demás.
El melancólico es un ser incomprendido, él lo sabe, los demás no. Las personas que viven a su alrededor quisieran que él cambiara, que vislumbrara la vida de manera positiva, menos dolorosa; imaginan a un ser menos desconfiado, rígido, racional y contradictorio en sus apreciaciones. Ellos no saben que el melancólico sabe lo que ellos piensan y esperan de él, tampoco suponen que a veces sueña con admiración en la posibilidad de ser dulce y amoroso de forma auténtica, de manera consciente; cuando el melancólico pasa por fases eufóricas sueña con vivir la vida de los santos y de los humildes, quiere brindar paz y amor, pero estos sueños son imposibles de materializar porque en él es más fuerte el pesimismo, la falta de fe en la nobleza humana, la imposibilidad de vivir en comunidad y para la comunidad. Unas cuantas experiencias negativas lo han convencido de su verdad.
Los demás lo aconsejan, le dan las claves para convertirse en una persona normal, él sonríe para sí al comprender que cada quien considera que su vida y su concepción de la vida es la ideal, la soñada por todos aquellos que no viven a su manera. El melancólico también supone que su vida es la mejor vida, que los locos son los demás.
El melancólico es directo, no habla con rodeos, no le cuesta trabajo dejar una amistad por un detalle que lo pone en guardia sobre la deshonestidad de alguien en quien él ha confiado, el error de una persona vale por un error de la humanidad porque un ser humano es la síntesis del ser humano.
El melancólico es ventajoso, sólo piensa en sus sentimientos, en sus gustos, los demás deben tolerar sus estados de ánimo, prefiere permanecer solo para no molestar; siente que es víctima de los demás cuando en realidad son los demás quienes tienen que soportar sus estados de ánimos cambiantes, sus efusiones de dolor, de risa o de felicidad sin razón, sus ilusiones descabelladas. Es probable que lo traten como a un niño mimado, es probable que el melancólico no se percate.
El melancólico triste no puede salir de su mundo, no puede ver lo que los demás ven. El melancólico alegre lo sabe, porque antes ha sido melancólico triste, lo sabe y se divierte pensando en el dolor absurdo del melancólico triste, en algunas ocasiones puede llegar a sentirse culpable, quiere hacerse pasar por enfermo de melancolía cuando en realidad se vale de los síntomas del melancólico para sacar ventaja de la vida y vivir de manera cómoda.
5. Relación con los objetos: transacciones genuinas que revelan un significado.
El melancólico se cura de la melancolía en el momento en que empieza a ver los objetos como objetos y deja de pensar en éstos como cosas sin trascendencia que valen sólo por la relación que establecen con las personas, los objetos dejan de embellecerse gracias al efecto del recuerdo y la nostalgia causada por la ausencia o el olvido. El objeto ya no vale por la persona, vale mucho menos que la persona, la persona y el objeto no son comparables ni equiparables; los objetos dejan de ser el pretexto perfecto para recordar y añorar los momentos vividos alrededor de este objeto, ya no se constituyen en el consuelo para pensar en un pasado digno del ser añorado.
6. Para vivir tranquilo hay que vivir solo.
Los beneficios de la soledad los puede corroborar quien no vive la soledad de manera resignada, quien no ha ido quedando irremediablemente solo por cuestiones de la vida y el azar, quien vive solo porque los demás no lo soportan o él no soporta a los demás. La soledad del abandonado no es una buena soledad. La única soledad feliz es la soledad soñada, la planeada, la que se vive como el mejor estado posible. La soledad no es un sueño deseable, se nos ha enseñado que las personas solas están enfermas, son perversas y hasta peligrosas; la familia, los hijos y la desgracia de la vida son más soportables que una persona sola que no necesita de los demás ni siquiera para decir: “Hola, cómo estás, lindo día”
7. Voluntad de ocupar un espacio.
El melancólico triste se aferra a su hogar de la misma forma en que se aferra a los objetos de las personas más que a las personas mismas; el hogar y el orden dan seguridad y esto es lo que el melancólico triste necesita. Como vive en función del pasado, al verse separado de su hogar no sólo sera melancólico, también lo aquejará la nostalgia, el amor al hogar, el deseo de regresar a ese espacio que no es sólo un espacio sino el lugar donde ha vivido, donde ha dejado los recuerdos.
El melancólico alegre ama su hogar y se siente cómodo en él pero no se aferra a este espacio como si fuera el único posible; vive largas temporadas en el mismo domicilio pero sin aferrarse a sus paredes, se queda allí porque considera que los trasteos deterioran los objetos, cada nuevo domicilio implica conocer y desilusionarse de nuevos vecinos, es necesario adaptarse al nuevo espacio; se pierde mucho tiempo y él sigue siendo él mismo, entoces, para qué vivir este tipo de aventuras y desventuras.
8. Dificultades de lenguaje.
El melancólico es asombrosamente diestro para expresarse por escrito y dolorosamente torpe para expresarse cuando se le enfrenta cara a cara; para él es sencillo expresarse en público, ante las cámaras, en medio de una multitud; es un niño desvalido cuando se encuentra en la intimidad de una conversación, cuando se trata de un charla informal con un desconocido que lo admira y además de eso es una persona feliz. Las dificultades de lenguaje están relaciones con el encierro voluntario, la profundidad de pensamiento y la desconfianza innata y aprendida en él.
9.Sentido hipertrofiado del deber y amor al trabajo
Esta es la gran cualidad del melancólico triste, la que hace de él el artista, el científico y el guerrero, el hombre que se diferencia de manera radical del triste término medio tan añorado por el ciudadano común. Las personas normales y felices no piensan con mucha frecuencia en cuál es su deber, tampoco aman su trabajo, más bien lo odian porque consideran que el trabajo es un castigo, una condena, lo remuneran económicamente por soportarlo.
El melancólico triste o alegre se siente comprometido consigo mismo, da más de lo deseado, es perfeccionista y obsesivo por hacer bien las actividades que ha elegido para gastar sus horas, sólo se entrega a las actividades intelectuales que hace y lo hace para sí mismo no por el reconocimiento público, lo único que le pide a estas actividades es que lo apasionen, que le brinden placeres que sólo él pueda comprender.
El trabajo es el mejor medio de escape para el melancólico triste, para el melancólico alegre es la plenitud de su vida, se siente dichoso al saber que sus horas pasan lentamente porque sus días no se esfuman en carreras, afanes y preocupacione domésticas. Desde la perspectiva de la persona normal el melancólico alegre no hace nada, pierde el tiempo, no sale, no toma el sol, no saluda a sus vecinos, pero los días son demasido cortos para él, todo su tiempo libre no es suficiente para hacer cuanto quisiera, esa es su gran dicha, saber que no hace nada y lo hace todo, que está inmóvil pero activo gracias a la actividades que lo entretienen diariamente.
10. La actividad de la mente es causa directa de la melancolía.
El melancólico es un ser intelectual aunque no lea libros en público, un ser reflexivo aunque no incomode a los demás con silencios sin sentido. Como pasa la mayor parte del tiempo solo y es desmedido en el empeño con el que se entrega a sus pasiones -que por lo general son de carácter intelectual- se convierte con el paso del tiempo en un ser ensimismado y reflexivo, más feliz con su soledad aunque esta lo convierta en un ser más arraigado en su melancolía.
11. Autonálisis.
El melancólico dispone de tiempo para pensar en los demás y en sí mismo, en lo que ve, oye y lee, suele relacionar cada experiencia vivida con las anteriores y con las vividas por los demás, tanto como con las que conoce a través del arte. Le gusta verse con distancia -como si se tratara de otra persona- con la ilusión de comprenderse mejor; cree que se comprende pero frecuentemente se sorprende ante sus propias actitudes, ante su propia falta de cordura. Ejercitarse diariamente en el conócete a ti mismo es uno de los mayores placeres del melancólico; sabe que engaña a los demás y que con frecuencia también se engaña a sí mismo, ese es su consuelo, saber que es consciente de su propio falsedad y lo admite en el silencio de su soledad.
12. Extraño placer por lo irónico.
Lo irónico y lo grotesco siempre es una verdad dicha sin disimulo, al melancólico lo apasiona la idea de acercarse a la verdad, no a la verdad ideal, al sueño que cada quien cree vivir diariamente, lo que llaman la realización personal, sino a la verdad desnuda, grotesca, la que muestra la banalidad, la monotonía, la falta de originalidad, el aburrimiento y la frustración, el dolor de no alcanzar lo que se sueña y el vacío al ver que lo que se soñó al convertise en realidad es mucho más banal que el propio sueño, el melancólico piensa siempre en la condena eterna de querer buscarle sentido a la vida o suponer que lo tiene. La ironía lo divierte pero también lo amarga, la verdad presentada sin misterios produce risa pero también es causa de dolor y desilusión. Después de la risa aparece trascendencia y la sensación de que la vida es un eterno juego en el que cada quien sueña que representar su papel con seriedad. El melancólico no se puede tomar en serio, no puede tomar en serio a los demás, no desea la trascendencia, lo único que busca es estar atento y divertirse un poco mientras transcurre la vida.

Reflexiones de algunos místicos presocráticos

Desde que empecé a leer me gustó coleccionar frases de Sabios, mis sabios favoritos no son los del siglo xx sino los presocráticos. Hay un postsocrático que me cambió la vida, se trata de Séneca. Entre las frases de los sabios mis favoritas están relacionadas con la eudemonología o arte del buen vivir. La tradición empieza con los presocráticos, luego con los griegos, de ahí pasa a los latinos, luego están los seguidores de los griegos y los latinos: Montaigne, Schopenhauer (a él también lo seducen los filósofos orientales), Nietzsche. Hasta ahí llego yo, no he encontrado después de Nietzsche o Baudelaire a otro moralista de su talla. León Bloy es muy dramático, llega a ser inauténtico. Me gusta la idea de Dios tal como la plantean Pascal, Baudelaire y Hugo Ball. El gran defecto de Flaubert fue no haber creído en Dios.
Las reflexiones de los presocráticos:
Yo he sido muchacho, muchacha, planta, ave y pez mudo del mar.
La amistad de un solo hombre de juicio es preferible a la de todos los insensatos.
No seas arrogante en la prosperidad, pero si caes en la pobreza no te humilles. Aprende a soportar los cambios de la fortuna con nobleza.
No debe sorprender, entonces, que hablemos así y estemos satisfechos de nosotros mismos y nos consideremos bien dotados. También el perro parece hermoso ante el perro, el buey ante el buey, el asno ante el asno y ciertamente el cerdo para el cerdo.
Conócete a ti mismo. Honra a los que han muerto santamente. Respeta a los más ancianos. Prefiere la pérdida sentida a la ganancia vergonzosa, pues aquélla trae dolor sólo una vez; ésta, siempre. Domina la ira. Obedece las leyes. Si sufres injusticia, reconcíliate; de la Hibris, defiéndete.
Y los hombres observan en su vida sólo una pequeña parte de toda su existencia, pues corren a una rápida muerte, llevados hacia la altura como el humo, persuadidos únicamente de que lo que como individuos encuentran por azar en todas direcciones, pero seguro cada uno de haber descubierto el Todo.
Nada en exceso, huye del placer que provoca dolor. No conquistes amigos demasiado pronto, pero si los has ganado no los rechaces con rudeza. Si tú has aprendido a obedecer, aprenderás también a mandar. Aconseja a tus ciudadanos no lo más agradable sino lo mejor. Sé comprensivo frente a tus propios allegados. Deduce lo invisible de lo visible.
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viernes, 24 de julio de 2015

Nietzsche al alcance de los niños

No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo.
Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.
Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas.
Cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva!
Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto.
Se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.
Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.
El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”.
El hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?
El hombre desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.
La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.
Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas.
¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.
Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática.
Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera.
Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje.
El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.
El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.
Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre.
Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone.
Si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva.
No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos.
Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.
En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.
En la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico.
Lla “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar.
En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad.
Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”.

miércoles, 22 de julio de 2015

Epilepsia enmascarada

Dondequiera que ha aparecido hasta ahora en la tierra la neurosis religiosa, la encontramos ligada a tres peligrosas prescripciones dietéticas: soledad, ayuno y abstinencia sexual, - pero sin que aquí sea posible decidir con seguridad cuál es la causa y cuál es el efecto, y si en absoluto hay aquí una relación de causa y efecto. Lo que autoriza a esta última duda es el hecho de que cabalmente uno de los síntomas más singulares de esa neurosis, tanto en los pueblos salvajes como en los domesticados, es también la lascivia más súbita y desenfrenada, la cual se transforma luego, de modo igualmente súbito, en convulsiones de penitencia y en una negación del mundo y de la voluntad: ¿ambas cosas serían interpretables acaso como epilepsia enmascarada?
Friedrich Nietzsche, en Más allá del bien y del mal.Barcelona: Altaya. 1999: 79.

miércoles, 15 de julio de 2015

Reflexiones de algunos místicos presocráticos

Desde que empecé a leer me gustó coleccionar frases de Sabios, mis sabios favoritos no son los del siglo xx sino los presocráticos. Hay un postsocrático que me cambió la vida, se trata de Séneca. Entre las frases de los sabios mis favoritas están relacionadas con la eudemonología o arte del buen vivir. La tradición empieza con los presocráticos, luego con los griegos, de ahí pasa a los latinos, luego están los seguidores de los griegos y los latinos: Montaigne, Schopenhauer (a él también lo seducen los filósofos orientales), Nietzsche. Hasta ahí llego yo, no he encontrado después de Nietzsche o Baudelaire a otro moralista de su talla. León Bloy es muy dramático, llega a ser inauténtico. Me gusta la idea de Dios tal como la plantean Pascal, Baudelaire y Hugo Ball. El gran defecto de Flaubert fue no haber creído en Dios.
Las reflexiones de los presocráticos:
Yo he sido muchacho, muchacha, planta, ave y pez mudo del mar.
La amistad de un solo hombre de juicio es preferible a la de todos los insensatos.
No seas arrogante en la prosperidad, pero si caes en la pobreza no te humilles. Aprende a soportar los cambios de la fortuna con nobleza.
No debe sorprender, entonces, que hablemos así y estemos satisfechos de nosotros mismos y nos consideremos bien dotados. También el perro parece hermoso ante el perro, el buey ante el buey, el asno ante el asno y ciertamente el cerdo para el cerdo.
Conócete a ti mismo. Honra a los que han muerto santamente. Respeta a los más ancianos. Prefiere la pérdida sentida a la ganancia vergonzosa, pues aquélla trae dolor sólo una vez; ésta, siempre. Domina la ira. Obedece las leyes. Si sufres injusticia, reconcíliate; de la Hibris, defiéndete.
Y los hombres observan en su vida sólo una pequeña parte de toda su existencia, pues corren a una rápida muerte, llevados hacia la altura como el humo, persuadidos únicamente de que lo que como individuos encuentran por azar en todas direcciones, pero seguro cada uno de haber descubierto el Todo.
Nada en exceso, huye del placer que provoca dolor. No conquistes amigos demasiado pronto, pero si los has ganado no los rechaces con rudeza. Si tú has aprendido a obedecer, aprenderás también a mandar. Aconseja a tus ciudadanos no lo más agradable sino lo mejor. Sé comprensivo frente a tus propios allegados. Deduce lo invisible de lo visible.
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Aforismos de Flaubert en las cartas a Louise Colet

Los textos escritos, a diferencia de la narración o el diálogo oral, conservan el discurso y se convierten en archivos disponibles para la memoria individual y colectiva, si la lectura es posible es porque el texto no está cerrado en sí mismo sino abierto a otra cosa. Leer es encadenar un discurso conocido al discurso del texto que se está leyendo, relacionar experiencias anteriores de lectura y de vida y actualizar o activar la lectura de nuevos textos o de textos ya leídos a partir de perspectivas nuevas, la capacidad de reactualización de los documentos escritos es lo que garantiza su carácter abierto. En la correspondencia de Flaubert, y especialmente en las Cartas a Louise Colet, esta regla se evidencia en todo su esplendor puesto que al lector se le brinda la posibilidad de encontrar una y otra vez, expresado desde diversas perspectivas y con énfasis diferentes, desde la voz del enamorado que expresa la intensidad de sus sentimientos sólo a través de la escritura y desde la distancia, pasando por los más honestos consejos para emprender una vida menos dolorosa -toda una filosofía de la vida con argumentos lo suficientemente lógicos, sólidos y consecuentes- hasta las reflexiones más lúcidas relacionadas con el arte, la lectura y la escritura, sopesadas por un hombre que se autoproclama como un practicante del misticismo estético.
Para Flaubert el amor loco y las valores de la vida comunitaria como experiencias humanas son inferiores a las que proporciona la relectura de un clásico en absoluta soledad; él necesita de todo su tiempo para volver una y otra vez sobre los autores que más admira: Cervantes, Rabelais, Epicteto... y se empeñó en convertir en realidad la escritura de las obras con las que soñó. Ese fue su gran ideal y lo alcanzó a fuerza de trabajo, soledad y perseverancia, tres valores que enaltece a lo largo de su correspondencia.
Flaubert le escribía a su amante para distraerse del trabajo o para desatar la ira, la felicidad o la impotencia que generaba en él la escritura de su obra literaria más importante: Madame Bovary. La gran paradoja alrededor de la escritura simultánea de estos dos textos está relacionada con el hecho de que a pesar del innegable valor estético de la novela la lectura de las cartas en algunas ocasiones puede llegar a ser más estimulante, actual y universal, este hecho se debe, tal vez, a que son expresión cabal de lo que el mismo Flaubert consideraba sería la gran obra literaria del futuro: un texto autobiográfico escrito con total sinceridad, buen estilo y sin omitir detalles que pongan a salvo la imagen del escritor: "Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa" (Flaubert. 1989. 95).
El principal objeto de estudio de Flaubert a lo largo de su vida fue él mismo y la experiencia amorosa con Louise Colet se constituyó en el mejor pretexto para profundizar más en su autocontemplación, en algunas ocasiones es asombrosa la convicción de Flaubert para expresar sus sentimientos y otorgarle un lugar preciso o cada pasión, casi siempre de manera racional y calculada, en medio de la placidez que le proporciona el hecho de compartir impresiones sobre la gran pasión de su vida, la lectura y la escritura, con una mujer que además de eso lo ama y estuvo dispuesta siempre a soportar sus cambiantes estados de ánimo y sus ausencias.
Flaubert escribe sobre la vida y la muerte, sobre las pasiones y las flaquezas humanas, sobre el arte, la lectura y la escritura. En vista de que se trata de un hombre tan consecuente consigo mismo y ha constituido su vida de tal manera que cada idea y acción suyas se corresponden de manera plena, sobran más explicaciones:
Un polvo dura un minuto, y lo has deseado durante meses.
Quisiera escribir palabras que te hicieran llorar de admiración.
Las pasiones son buenas, pero no en exceso; hacen perder mucho tiempo.
Se llegan a hacer cosas hermosas a fuerza de paciencia y de larga energía.
La felicidad es una mentira cuya búsqueda causa todas las calamidades de la vida.
¡Qué mecánica supone lo natural, y cuántas artimañas hacen falta para ser auténtico!
Me gustan los tipos tajantes y energúmenos. Sin fanatismo no se hace nada grande.
Ser tonto, egoísta y tener buena salud, son las tres condiciones requeridas para ser feliz.
Todos los grandes voluptuosos son púdicos; hasta ahora no he visto excepciones.
La naturaleza exterior nos avergüenza: es de una serenidad desoladora para nuestro orgullo.
No creo en el remordimiento: es una palabra de melodrama que jamás consideré auténtica.
Me gusta agotar las cosas. Y todo se agota; jamás he tenido un sentimiento sin tratar de agotarlo.
Por un instante he visto la sima, he comprendido el abismo, y luego el vértigo me ha arrastrado.
Así que tú también has sondeado el abismo y has visto el fondo allá donde creías que no lo había.
Ahora siento hacia mis semejantes un odio sereno, o una piedad tan inactiva que es lo mismo.
Más que galopar, Pegaso suele ir al paso. Todo el talento consiste en tomar el ritmo que uno quiere.
Las mujeres confunden el culo con el corazón y creen que la luna está hecha para alumbrar su cuarto.
Para aguantar todo lo que precisas, ángel mío, hazte una coraza secreta compuesta de poesía y orgullo.
Temo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe bien, sin embargo, lo que sucede en estos momentos dentro de mí.
Hay que apoyarse sobre los fuertes y sobre lo eterno, y no sobre nuestras pasiones tornasoladas y cambiantes.
Me disgusta profundamente el periódico, es decir, lo efímero, lo pasajero, lo que es importante hoy y no lo será mañana.
Cuando uno vale algo, buscar el éxito es estropearse sin motivo, y buscar la gloria es quizá perderse completamente.
Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo.
No soy ruiseñor, sino curraca de grito agrio que se oculta en el fondo de los bosques para no ser oída sino por ella misma.
Si no me quisieras, me moriría; como me quieres, aquí estoy, escribiéndote que te detengas. Mi propia estupidez me da asco.
Cada día me doy cuenta de lo poco que tengo, y la profundidad de mi vacío no iguala sino la paciencia que dedico a contemplarlo.
Por mucho que escondo lo más posible mis dolores en mi interior, a veces salen, y desgarran a quienes estrecho entre mis brazos.
La felicidad es un usurero que, por un cuarto de hora de dicha que te presta, te hace pagar todo un cargamento de desgracias.
Los nudos más sólidos se desatan por sí mismos, porque la cuerda se gasta. Todo se va, todo pasa; el agua corre y el corazón olvida.
La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reir, el lirismo en la broma es para mí lo que más me seduce como escritor.
Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella.
¡Camina, venga, no mires hacia atrás ni hacia adelante; pica piedras como un peón, con la cabeza gacha, latiéndote el corazón siempre, siempre!
Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hoja de lata.
No presumo de ir hacia un falso ideal de estoicismo, pero evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas, de las que ya no se vuelve.
El amor no es lo primero en la vida, sino lo segundo. Es un lecho en el que acuesta uno su corazón para relajarlo. Y uno no puede pasarse todo el día echado.
Las mujeres, que han amado tanto, no conocen el amor, por haber estado demasiado acupadas con él; no tienen un apetito desinteresado por lo Bello.
Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y que no flaquea.
Al amor le pusieron una venda, pues resultaba embarazoso representar sus ojos. Habría sido algo demasiado feo. Lleva tanto tiempo llorando que han de estar rojos.
Porque un imbécil tenga dos pies como yo, en vez de cuatro como un burro, no me creo obligado a quererlo, o al menos, a decir que lo quiero y que me interesa.
El amor, después de todo, no es sino una curiosidad superior, un apetito de lo desconocido que te empuja a la tormenta, a pecho abierto y con la cabeza adelante.
Lo que hace dulces los días es la expansión de la mente, la comunión de ideas, el relato confidencial de lo que se ha soñado, de lo que se desea, de todo lo que se piensa.
Hay que poner el corazón en el arte, la inteligencia en el comercio del mundo, el cuerpo allá donde se encuentre bien, la bolsa en el bolsillo y la esperanza en parte alguna.
Me detesto y me acuso por esa demencia de orgullo que me hace jadear en pos de la quimera. Un cuarto de hora después, todo ha cambiado; el corazón me late de alegría.
Que cada uno se contente con ser honesto, quiero decir con cumplir su deber y no fastidiar al prójimo, y entonces todas las utopías virtuosas se verán rápidamente rebasadas.
¡Si me hubieras amada a los diecisiete años, qué cretino sería ahora! La feliclidad es como la sífilis: si se contrae demasiado joven, puede estropear completamente el temperamento.
No hay un cretino que no haya soñado ser un gran hombre, ni un burro que, al contemplarse en el arroyo junto al que pasaba, no se mirara con placer, encontrándose aires de caballo.
Soy el hermano en Dios en todo lo viviente, de la jirafa y del cocodrilo tanto como del hombre, y conciudadano de todos los inquilinos del gran caserón amueblado que es el Universo.
Lo grotesco triste tiene para mí un encanto inaudito; corresponde a las necesidades íntimas de mi naturaleza, que es bufonescamente amarga. No me hace reir sino soñar largamente.
Amo el arte, y no creo en él. Me acusan de egoísmo, y no creo en mí más que en otra cosa. Amo la naturaleza, y con frecuencia el campo me parece estúpido. Amo los viajes y detesto menearme.
Siempre soy sincero, y no puedes acusarme de haber mentido ni fingido un solo minuto, pues desde la primera hora, desde la primera palabra, dije todo eso; desde el bautismo anuncié el entierro.
Yo le había dado el fondo. Usted quiere, además, lo de encima, la apariencia, los mimos, la atención, los desplazamientos, todo lo que me he matado tratando de explicarle que no podía darle.
Ya he sido amado antes, y mucho, aunque soy de esos seres a los que se olvida pronto, más aptos para hacer nacer la emoción que para hacerla durar. Siempre me quieren un poco como algo raro.
Me parece que tú también tienes tristeza en el corazón, de esa profunda que de nada procede y que, como depende de la sustancia misma de la vida, es tanto mayor cuanto que ésta es más agitada.
La gente que medita, o sea, los champiñones intelectuales que se pudren en su sitio, como yo, hacen bien de vez en cuando en acercarse al fuego. Hace que despidan su jugo, luego quedan aún más secos.
Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos.
La idea de dar la vida a alguien me produce horror. Me maldeciría si fuese padre. ¡Un hijo mío! ¡Oh, no, no, no! ¡Perezca toda mi carne, y que no transmita a nadie el hastío y las ignominias de la existencia!
El hastío que me entra por los ojos me rompe, desde el punto de vista nervioso, y además, sufrir durante mucho tiempo el espectáculo de la multitud me hunde siempre en ciénagas de tristeza, donde me asfixio!
Comprendo como cualquier otro lo que debe de experimentarse viendo dormir a un hijo. Yo no habría sido mal padre; pero ¿para qué hacer salir de la nada lo que duerme? Hacer venir a un ser es traer a un desdichado.
No he podido llegar al estoicismo, al que nada afecta, y que no se rebela más ante la estupidez que ante el crimen; pero he conseguido librarme completamente de todo cuanto puede mostrarme la estupidez humana.
Ya he vuelto a mi vida chata y monótona, que sólo tiene algún placer en su uniformidad, y alguna grandeza, quizá, sólo en su perseverancia. En cuanto rompo mi ritmo ordinario y quiero volver a él, siento una amargura sin fondo.
Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.
Lo que siento por ti es un fruto de verano de piel lisa, que cae de la rama al menor soplo y derrama en la hierba su jugo bermejo. Se agarra al tronco, tiene la corteza dura como un coco y erizada de pinchos como los higos chumbos.
Lo que temo no son los leones ni los sablazos, sino las ratas y los alfilerazos. La habilidad práctica de un ser inteligente consiste en saber preservarse de todo eso. Para ello, como en todo, hace falta arte, y sobre todo paciencia.
No ha dado tiempo a su ira para que se enfríe. Una vez más, no se escribe con el corazón, sino con la cabeza, y por bien dotado que esté uno, siempre hace falta esa vieja concentración que da vigor al pensamiento y relieve a la palabra.
He perdido a muertos, he perdido a vivos, y he visto toda las estupidez vanidosa de mis dolores, cuando creía que estos afectos eran necesarios para mi vida. Nada es necesario ni útil. Hay cosas más o menos agradables, eso es todo.
¿Por qué has querido entrometerte en una vida que no me pertenece a mí mismo, y cambiar toda esa existencia a capricho de tu amor? Me ha hecho sufrir el ver los esfuerzos inútiles que hacías para mover esa roca que hace sangrar los dedos cuando se roza.
De día en día siento operarse en mi corazón un alejamiento de mis semejantes que va ensanchándose, y estoy contento de ello, pues mi facultad de aprehensión hacia lo que me es simpático va en aumento, debido a ese mismo alejamiento.
El fondo de mi creencia es no tener ninguna. Ni siquiera creo en mí; no sé si soy idiota o ingenioso, bueno o malo, avaro o pródigo. Como todo el mundo, floto entre todo eso; mi mérito es, quizá, el darme cuenta, y mi defecto, el tener la franqueza de decirlo.
Hay que leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos posible, sólo para calmar la irritación de la idea que exige tomar forma, y que se revuelve en nuestro interior hasta que le hemos encontrado una exacta, precisa, adecuada a ella misma.
La prueba de que no soy un fanático de los tonos crudos y de las ideas absolutas es que, tanto como me gustan en arte los amores desordenados y las pasiones que gritan, tanto me gustan en la práctica las amistades voluptuosas y los galanteos sentimentales.
No son las grandes desgracias las que crean la desgracia, ni las grandes felicidades las que hacen la felicidad, sino el tejo fino e imperceptible de mil cinscuntancias banales, de mil detalles tenues, que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal.
No son las grandes cenas ni las grandes orgías las que alimentan, sino un régimen seguido, sostenido. Trabaja cada día pacientemente un número igual de horas. Toma el hábito de una vida estudiosa y tanquila; primero saborearás en ella un gran encanto y sacarás fuerza.
Lo que a mí me parece lo más elevado del Arte (y lo más difícil) no es hacer reir ni llorar, ni poner cachondo o enfurecer, sino obrar al modo de la naturaleza, es decir, hacer soñar. Por eso las obras más hermosas poseen ese carácter. Son serenas de aspecto e incomprensibles.
Me hablas de un terremoto en Livorno. Aunque abriera la boca al respecto, para dejar escapar las frases consagradas en semejante caso: "¡Es lamentable! ¡Qué horrible desastre! ¿Será posible? ¡Ay, Dios mío!", ¿devolvería la vida a los muertos y sus bienes a los pobres?
San Vicente de Paúl obedecía a un apetito de caridad, como Calígula a un apetito de crueldad. Cada uno goza a su estilo y para sí solo; unos, reflejando la acción sobre sí mismos, convirtiéndose en su causa, centro y finalidad; otros, convidando al mundo entero al festín de su alma.
El éxito no me tienta. Lo que me tienta es lo que puedo darme, mi propia aprobación; y quiza acabaré por prescindir de ella, como habría que tenido que prescindir de la de los demás. Así pues, traslada todo eso a ti, sobre ti, Trabaja, medita, medita sobre todo, condensa tu pensamiento.
Eres precisamente la única mujer a la que he querido y que he conseguido. Hasta ahora me iba a calmar con unas los deseos inspirados por otras. Me has hecho mentirle a mi sistema, a mi corazón, quizá a mi naturaleza, que, siendo incompleta en sí misma, busca siempre lo incompleto.
El amor no está, y no debe estar, en el primer plano de la vida; debe quedarse en la trastienda. Hay otras cosas antes que él, en el alma, que están, creo, más cerca de la luz, más próximas al sol. Conque, si tomas el amor como plato fuerte de la vida: no. Como condimento: sí.
Lo que me impide tomarme en serio, aunque tengo el espíritu bastante grave, es que me encuentro bastante ridículo, no con ese ridículo relativo que es la comicidad teatral, sino con ese ridículo inherente a la propia vida humana, y que brota del acto más sencillo o del gesto más ordinario.
Un hombre querrá a su lavandera y sabrá que es tonta, sin gozar menos por ello. Pero si una mujer ama a un patán, es un genio desconocido, un alma de élite, etc., de modo que, debido a esa natural disposición al bizqueo, no ven la verdad cuando aparece, ni la belleza allá donde se encuentra.
La patria es la tierra, es el universo, son las estrellas, es el aire, es el propio pensamiento, es decir, lo infinito dentro de nuestro pecho. Pero las querellas de pueblo a pueblo, de municipio a barrio, de hombre a hombre, me interesan poco, y sólo me divierten cuando constituyen grandes lienzos en fondo rojo.
Lea y no sueñe. Sumérjase en largos estudios; lo único que hay perennemente bueno es el hábito de un trabajo tozudo. De él se desprende un opio que embota el alma. He pasado por atroces hastíos, y he girado en el vacío, loco de aburrimiento. De eso se salva uno a fuerza de constancia y de orgullo.
Déjame quererte a mi aire, al estilo de mi ser, con lo que tú llamas mi originalidad. Compréndeme y no me acuses. Si te considerase ligera y necia, como las demás mujeres, te engañaría con palabras, promesas y juramentos. ¿Qué me costaría? Pero prefiero quedarme por debajo que por encima de la verdad de mi corazón.
Si por amor entiendes tener una preocupación exclusiva por el ser amado, no vivir más que por él, no ver más que a él de todo cuanto hay en el mundo, estar lleno de su idea, tener el corazón colmado de él... sentir, en una palabra, que tu vida está ligada a esa vida y que ésta se ha convertido en un órgano particular de tu alma: no.
Creo que la noche está hecha para un orden de ideas muy particular, distinto de aquel en que vivimos todo el día; es el momento de los suspiros, de los deseos, del recuerdo y de la esperanza; entonces es cuando, solo y despierto, el pensamiento flota a gusto entre cielo y tierra, como esas aves que viven en las nubes.
He nacido hastiado; esa es la lepra que me corroe. Me aburro de la vida, de mí mismo, de los demás, de todo. A fuerza de voluntad he acabado por adquirir el hábito del trabajo; pero cuando lo interrumpo, todo mi hastío vuelve a la superficie, como una carroña hinchada que exhibe su vientre verde y corrompe el aire que respiramos.
Si alguna vez se enamora de ti un pobre muchacho que te encuentra hermosa, un chico como era yo, tímido, dulce, tembloroso, que te tiene miedo y te busca, te evita y te persigue, sé buena con él, no lo rechaces, dale solamente tu mano a besar; morirá de embriaguez. Pierde tu pañuelo, lo recogerá y dormirá con él; se revolcará encima, llorando.
El extremo de todos mis sentimientos tiene una punta afilada que hiere a los demás, y también a mí mismo, a veces. No me gusta que mis sentimientos sean conocidos por el público, y que en las visitas me arrojen a la cabeza mis propias pasiones, a modo de conversación. Siento que te amaría de manera más ardiente si nadie supiera que te amo.
Nunca hay que pensar en la felicidad, eso atrae al diablo, pues es él quien ha inventado esa idea para hacer enloquecer al género humano. El concepto de paraíso es, en el fondo, más infernal que el de infierno. La hipótesis de una felicidad perfecta es más desesperante que la de un tormento sin descanso, ya que estamos destinados a no encontrarla nunca.
A partir de la noche en que me besaste en la frente, me juré a mí mismo no mentirte nunca. Es el procedimiento más rudo, más brutal; ¿dirás, acaso, el menos tierno? Pero creo que obrar de otro modo sería despreciarte, envilecerte incluso. No estás hecha para que se te sirva con un amor falso y lleno de muecas. Preferiría rajarte la cara que burlarme de ti a tus espaldas.
Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir.
¡Cuántos amores, entusiasmos, amistades profundas y vivas simpatías no habré tenido ya, para verlas derretirse como la nieve! Me aferro a lo poco que me queda. He llorado a los muertos, a algunos vivos, y me he reído de lástima ante la vanidad de mis mejores sentimientos y de mis creencias más puras. Pero no arrojo a la calle a los que quieren quedarse conmigo, en mi aburrido aislamento.
Antes pasé largas horas soñando con triunfos asombrosos para mí, cuyos clamores me hacían estremecerme como si ya los hubiera oído. Pero no sé por qué, una mañana me desperté desembarazado de aquel deseo, incluso más enteramente que si hubiera sido satisfecho. Entonces me vi más pequeño, y dediqué toda mi razón a observar mi naturaleza, su fondo, y sobre todo sus límites.
¿Sabes que es lo que hay de más íntimo, más oculto en todo mi corazón y lo que es más "yo" en mí? Son dos o tres pobres ideas de arte incubadas con amor; eso es todo. Los más grandes acontecimientos de mi vida han sido algunos pensamientos, lecturas, ciertas puestas de sol en Trouville al borde del mar, y charlas de cinco o seis horas consecutivas con un amigo que ahora está casado, y perdido para mí.
Para tener talento hay que estar convencido de que se posee, y para conservar la conciencia limpia hay que colocarla por encima de la de todos los demás. El modo de vivir con serenidad y al aire libre es instalarse sobre una pirámide cualquiera, no importa cuál, con tal que sea elevada y su base sólida. ¡Ah!, no siempre es divertido, y se está muy solo; pero se consuela uno escupiendo desde arriba.
Si a veces tengo momentos agrios que me hacen casi gritar de rabia, hasta tal punto siento mi impotencia y mi debilidad, hay otros también en que me cuesta contenerme de alegría. Algo profundo y extravoluptuoso desborda de mí a chorros precipitados, como una eyaculación del alma. Me siento transportado y todo ebrio de mi propio pensamiento, como si me llegase, por un tragaluz interior, una bocanada de perfumes cálidos.
Hubo un tiempo en que me mirabas como a un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles.
¿Por qué no amarnos como debe uno amarse cuando tiene inteligencia? ¿Por qué no disfrutar simplemente del placer de estar juntos, buscarlo, escribírnoslo de vez en cuando, vernos con el rostro risueño y el corazón abierto, y que todo quede ahí? No merece la pena el no ser perfectos imbéciles, si es para vivir como locos. Cuando se quiere que un río corra más aprisa, se estrecha, se hace más profundo, pero sus aguas son turbias. Cuando se suena uno demasiado fuerte, se sangra. Cuando se zambulle uno demasiado hondo, se rompe la cabeza. Cuando se ama irracionalmente, se sufre desmesuradamente.
En cuanto a la idea de la patria, es decir de cierta porción de terreno dibujada en el mapa y separada de las demás por una línea roja o azul, ¡no! La patria es para mí el país que quiero, es decir, con el que sueño, aquel en que me encuentro bien. Soy tan chino como francés, y no me alegro nada de nuestras victorias frente a los árabes, porque me entristecen sus reveses. Quiero a este pueblo áspero, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuestra valiente civilización que tiembla de ira.
Si por amor entiendes querer tomar de ese doble contacto la espuma que flota encima sin remover el pozo que puede estar en el fondo, unirse con una mezcla de ternura y de placer, verse con encanto y separarse sin desesperación... poder vivir uno sin el otro, puesto que uno vive separado de todo cuanto anhela, huérfano de todo lo que ama, viudo de todo aquello con lo que sueña; pero experimentar, no obstante, en estas aproximaciones, desfallecimientos que hacen sonreír, como ante un cosquilleo extraño; sentir, por último, que esto ha ocurrido porque tenía que ocurrir, y que pasará porque todo pasa, jurándose de antemano que no acusará al otro ni a uno mismo, y en medio de esta dicha vivir como uno vive, o un poco mejor, con un sillón más para reclinar en él el corazón los días de cansancio, sin que por ello deje uno de estar mucho más divertido al levantarse cada mañana.
Bibliografía
Flaubert, Gustave. Cartas a Louise Colet. Madrid: Siruela. 1989.