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sábado, 12 de noviembre de 2016

La mayoría de los escritores

La mayoría de los escritores son gente tan fea que sus caras destruyen un sentimiento que quizá podría haberles sido favorables. Quizá soy demasiado sensible, pero varias veces me he sentido tan repugnado por esas caras que no he podido leer los libros sin que la cara se interpusiera. Especialmente esas caras de mujeres maduras gordas con ojos de cuervo.
Es horrible admirar el libro de un hombre y después conocerlo, y destruir todo el placer que causó su obra con unas pocas posturas egocéntricas, de modo que no sólo a uno le disgusta su personalidad, sino que nunca puede volver a leer nada de él con una mente abierta. Su pequeño ego malo siempre está espiándolo a uno detrás de las palabras.
Otros escritores están haciendo cosas todo el tiempo (charlas en ferias del libro, giras de firmas de autógrafos, conferencias, difusión de sus personalidades en tontas entrevistas) que, no puedo evitar pensarlo, los hacen parecer un poco baratos. Para ellos es parte del oficio, para mí, es lo que lo vuelve un oficio.
Cada cosa que uno alcanza elimina un motivo para querer alcanzar algo más. ¿Quiero ser un gran escritor? ¿Quiero ganar el premio Nobel? No si es demasiado trabajo. Qué diablos, les dan el premio Nobel a demasiados mediocres para que me interese. Además, tendría que ir a Suecia y ponerme un frac y pronunciar un discurso. ¿El premio Nobel vale todo eso? Diablos, no.
¿Por qué diablos esos idiotas editores no dejan de poner fotos de escritores en sus sobrecubiertas? Compré un libro perfectamente bueno… estaba dispuesto a que me gustara, había leído sobre él y entonces le echo una mirada a la foto del tipo y es obviamente un completo imbécil, una basura realmente abrumadora (fotogénicamente hablando) y no puedo leer el maldito libro.
El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Raymond Chandler. Barcelona: Emecé: 2004. 326 páginas.
Imagenmo

domingo, 19 de julio de 2015

No puede planearse una buena historia

No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse. A largo plazo, por poco que uno hable sobre el tema, lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Las ventas se demoran, el agente se burla, el editor no entiende, y se necesitará gente de la que uno nunca ha oído para convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca individual en lo que escribe siempre dará ganancia. No basta sólo con intentarlo, porque la clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla. Pero si uno la tiene, sólo puede proyectarla en el papel pensando en otra cosa. Esto es irónico en cierto modo. Es el motivo, supongo, por el que en una generación de escritores "hechos". Sigo diciendo que no se puede hacer un escritor. La preocupación por el estilo no lo producirá. Ninguna cantidad de corrección y pulido tendrá ningún efecto apreciable sobre el sabor de lo que un hombre escriba. Es un producto de la cualidad de su emoción y percepción; es la capacidad de transferirlos al papel lo que hace de él un escritor, en contraste con la gran cantidad de gente que tiene emociones igualmente buenas y percepciones igualmente agudas, pero no lleva mi un millón de kilómetros de ponerlas sobre el papel. Conozco a varios escritores hechos. Hollywood, por supuesto, está lleno de ellos; sus libros a menudo tienen un impacto inmediato de habilidad y sofisticación, pero por debajo están huecos, y uno nunca vuelve a ellos.
El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Raymond Chandler. Barcelona: Emecé: 2004. 326 páginas.

El nirvana del pobre

La televisión es perfecta. Basta con girar los botones, arrellenarse en el sillón y vaciar la mente de todo pensamiento. Y ahí queda uno, contemplando las burbujas que se forman en el barro primigenio. No tiene que concentrarse. No tiene que reaccionar. No tiene que recordar. No se extraña el cerebro porque no se le necesita. El corazón y el hígado y los pulmones siguen funcionando normalmente. Aparte de eso, todo es paz y silencio. Es el nirvana del pobre. Y si aparece alguien de mente malvada y le dice que uno parece una mosca en un cubo de basura, no hay que prestarle atención.
El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Raymond Chandler. Barcelona: Emecé. 2004. 326 páginas.

sábado, 18 de julio de 2015

Raymond Chandler y la entrega de los premios

Si usted puede pasar frente a las caras horriblemente idiotas en las gradas afuera del salón sin un sentimiento de colapso de la inteligencia humana; si puede soportar la tempestad de flashes estallando ante los pobres pacientes actores que, como reyes y reinas, nunca tienen derecho a lucir su aburrimiento; si puede echar una mirada a esta asamblea de lo que se supone que es la élite de Hollywood y decirse, sin un sentimiento de angustia: "en estas manos están los destinos del único arte original que ha concebido el mundo moderno"; si puede reírse, y probablemente lo hará, de los chistes de los presentadores en el escenario, chistes que no fueron los bastante buenos para usar en sus programas de radio; si puede soportar el falso sentimentalismo y los lugares comunes de los funcionarios y la afectada dicción de las reinas del glamour (debería oírlas después de cuatro martinis); si puede hacer todo eso con elegancia y placer, y no sentir una oleada de horror salvaje y desamparado ante la idea de que la mayoría de estas personas realmente se toman sus vulgares actuaciones en serio; y si después puede salir a la noche a ver a la mitad de la fuerza policial de Los Ángeles reunida para proteger a los seres dorados de la plebe en los asientos gratuitos, aunque no puedan protegerlos de ese espantoso gemido que produce su aparición, como el destino silbando a través de una caracola vacía; si pueden hacer todo eso y seguir pensando a la mañana siguiente que el negocio del cine merece la atención de una sola mente inteligente y artística, entonces es seguro que usted pertenece al negocio del cine.
El simple arte de escribir. Raymond Chandler. Cartas y ensayos escogidos. España: Emecé. 2004: 326 páginas.

Verso libre

Sí, amigo, los viejos métodos son muy favorecedores
a ciertos tipo de mente,
como un bonete puntiagudo
es favorecedor
a ciertos tipo de cara.
Pero descubro que yo necesito
un poco más de libertad
para expresar mi alma inmortal
(si es inmortal, cosa que uno duda
después de leer a Freud).
Sabes, es tan complicado
aprender los metros
y las rimas,
y hay pocos metros
y menos rimas,
y después de todo, cuando se los ha aprendido,
¿para qué sirven?
Es preciso tener algo que decir
que calce en esa forma seca y cuadrada.
Y yo no tengo.
Realmente en esta civilización que se desintegra
qué puedo tener uno que decir
salvo
que todo es un tedio infernal
y eso ya todos lo saben.
Pero esa es otra clase de poesía
es como mármol.
Cualquiera, creo, puede hacer una cara
con arcilla
aún si sólo es grotesca (y lo grotesco tiene su atractivo).
¿Pero con mármol?
habría que ser escultor para eso,
es decir,
alguien que se ha tomado el trabajo
de aprender su duro oficio.
El grabador del camafeo piensa cuánto tiempo
debe vivir con ese pequeño retrato
antes de terminarlo.
¿No se aburre? Por supuesto, dices,
se aburriría
si no supiera hacerlo bien.
Y yo no sé, como bien sabes.
Aclararía mis ideas incluso
llamándolas
estados de ánimo.
Un pequeño giro de la frase o el pensamiento
en esa dirección o en aquélla
para darle un aire de significar mucho
más de lo que dice.
Una pizca de reacción nerviosa
por el ruido del tren
o el exceso de café
o una mala noche, fumando hasta las dos.
¿A quién se le ocurriría emplear la "forma" para esas cosas?
Y aún así vale la pena ponerlo sobre el papel
en parte porque es divertido
y fácil
y en parte porque
ocasionalmente (sólo ocasionalmente)
a uno le pagan por hacerlo.
Este verso mío es pura inspiración,
es tan fácil como caerse de un árbol,
la única dificultad es saber dónde
parar,
pero llego a este punto vagando
durante
tanto tiempo como quiera
y después
borrando un verso de cada tres:
los agujeros en el sentido (si los hay)
lo hacen todo más
interesante.
Y las palabras mismas significan tanto,
esas cositas bonitas.
"Malva", por ejemplo,
cuánto parece querer decir esa palabra simple,
tanto más de lo que uno puede decir.
Me gusta
escribir una palabra así
y mirarla
con la cabeza inclinada
y darle vueltas
y vueltas y vueltas
hasta marearme un poco
y después sentarme y
charlar un rato
sobre cualquier cosa que me venga
a
la cabeza. Al fin recojo todo
con mi don poético, una suerte de pala, sabes,
y lo salpico caprichosamente sobre
unas pocas
hojas de papel,
y ahi tienes.
Un poema más o menos. Al menos
lo llamamos así
por conveniencia.
No obstante, viejo amigo, espero que consideres
todo esto como confidencial,
estrictamente entre nous, podría decirse,
porque
mucha gente está hablando en serio
sobre nuestros intelectuales norteamericanos
revolucionarios
y no querríamos que se difunda
que somos sólo intelectuales
en bancarrota,
con el buen sentido de las discordias
de un violín quebrado
tocado por un violinista un tanto indiferente
en la conflagración
de un universo
también indiferente.
Raymond Chandler