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viernes, 11 de noviembre de 2016

¿A las mujeres se les exige mucho?

Estuve hablando con un médico. Le pregunté si puede detectar enfermedades del cuerpo y del alma con sólo mirar al paciente y antes de que me respondiera le dije que yo sí puedo porque soy experta en la mirada espontánea. Le dije que es preciso fijarse en la mirada, la sonrisa y la forma de caminar de la gente, en la forma de mover los brazos y las manos. Le dije que están más tristes y enfermas las mujeres, aunque los hombres también están agobiados y confundidos. ¿Es el cambio de milenio, la Era de Acuario, la estrategia de los dueños del mundo? ¿Nos quieren volver locos a todos? ¿Quieren comenzar con las feministas?
El médico no lo negó y agregó la siguiente frase: “¡Claro! A las mujeres se les exige mucho. Deben verse bonitas, ser buenas esposas, experimentadas amantes, saber cocinar, vestirse bien, ser madres ejemplares, trabajar con esmero y ser feministas, jajajaja, esa ocupación también les quita mucho tiempo”.
Y yo no lo dije pero lo pensé: “Los hombres nunca se han tomado en serio el feminismo, han dejado que las mujeres se liberen todo lo que quieran para reírse un poco mejor.Y ahora que no tenemos feminismo sino feminismos tienen mucho material para recrearse con sus burlas. No importa, a pesar de todo sigo amando a estos cerdos machistas, a los cisgénero: hombres con genitales masculinos que se ven y se identifican como hombres. La próxima vez que me encuentre con un hombre le preguntaré si es cisgénero: “¿Tienes genitales masculinos y eres hombre hombre?”.
Lo más triste de todo: el médico tiene razón.
¡Y no es que a las mujeres se les exija demasiado, pasa más bien que muchas mujeres mal entrenadas y poco reflexivas quieren competir con los hombres y no saben que competir no es una actitud inteligente porque terminan haciendo doble trabajo: el de los hombres y el de las mujeres: los hombres sólo tienen que ser hombres y ya; ellos no están pidiendo ser madres, por ejemplo!
Muchas mujeres quieren posar de heroínas, de exitosas, de controladas y versátiles y, entonces, recordé la frase machista que oí hace como treinta años: ¡El feminismo les sirvió para que además de ser madres y amas de casa ahora también tengan que trabajar!
Y, claro. Ahora la mayoría de las mujeres se siguen casando, teniendo hijos, siguen cocinando, quieren verse muy femeninas y además trabajan. En el trabajo no quieren ser “menos” que los hombres y, entonces, por querer demostrar que son iguales, que no son seres inferiores, terminan trabajando el doble y muchos hombres se sientan a verlas trabajar.
No son inteligentes ni creativas como yo. La clave consiste en usar lo mejor del feminismo para beneficio propio. Para comenzar: ¿qué sentido tiene casarse y tener hijos si es lo menos original que las mujeres han hecho a lo largo de la historia? ¡Pero la feminista también cae en el juego de la reproducción y termina convertida en ama de casa y madre asfixiante como todas las demás! No tener hijos deja mucho tiempo libre, se nota que no aprendieron nada de Virginia Woolf y de Simone de Beauvoir.
La estrategia de la lucha por el poder es masculina, es el infantilismo masculino que explicó tan bien Virginia Woolf pero las feministas en vez de sentarse a contemplar a los pobres hombres luchando por el poder les pareció más divertido competir con ellos. ¡No son inteligentes! Buscan competir con los hombres.
Conclusión: ¡El médico tiene razón! Con el feminismo las propias mujeres se encargaron de echarse la soga al cuello.

viernes, 16 de octubre de 2015

No sean como Catalina Ruiz-Navarro. No escriban como niñas malcriadas e irresponsables

“Yo soy dueña de mi cuerpo, me siento muy cómoda con él y puedo mostrarlo donde quiera y como quiera, incluso decidir ponerme en la posición de “objeto” (si así lo decido yo) porque de lo que se trata es de que YO sea quien tome decisiones autónomas sobre mi cuerpo y no OTROS POR MÍ. Cuando el lector me dice que yo no puedo salir en fotos desnuda “por ser feminista” lo que está haciendo es aplicarme las leyes de su machismo. Yo puedo hacer con mi cuerpo lo que me dé la gana, sépanlo bien”.
El feminismo colombiano apesta.
La cita anterior es de Catalina Ruiz-Navarro.
Me recordó la de otra gran intelectual colombiana exhibida como pedazo de carne en la revista SoHo: Margarita Posada.
Cuando le preguntaron por qué se desnuda de todas las formas posibles para esa revista respondió como una niña sin educación ni formación: “porque quiero, puedo y no me da miedo”.
Con ese feminismo colombiano es más respetable quedarse en el machismo y en el sistema opresor y falocéntrico.

domingo, 26 de julio de 2015

Envejecer con dignidad

Acabo de recibir dos mensajes ofensivos:
“No sean como Elsy, envejezcan con dignidad” y “Cada vez me convenzo más de que Elsy es un hombre. Tanta ordinariez no puede ser posible en una mujer”.
El segundo mensaje es tan burdo que no vale la pena ser tenido en cuenta, el que me llama poderosamente la atención es el primero: “No sean como Elsy, envejezcan con dignidad”.
Me asombra porque es obvio que quien lo escribió no me conoce, no me ha visto nunca cara a cara, no me ha oído hablar y no sabe nada de mi seriedad ni de mi formalidad. Si hay algo que me caracteriza es la claridad que tengo sobre el paso de los años y nunca he deseado verme más joven de lo que soy, ni siquiera cuando tenía veinte me jactaba de mi juventud.
Cuando tenía veinte quería llegar pronto a los treinta porque la juventud me resultaba un poco fatigosa, nunca he sido amiga de las fiestas, los paseos o los grupos de más de tres personas riendo de sus tonterías de juventud, no sé lo que es gozar los placeres de la vida como son concebidos por la mayoría de la gente. En ninguna edad fui amiga de mostrar el cuerpo, de ser provocativa ante la mirada ajena. Si no lo fui a los veinte no espero serlo a los cuarenta y cinco ni a las cincuenta, si es que llego a los cincuenta.
Y entonces surge la pregunta:
¿Qué es envejecer con dignidad?
No fumo, no bebo, no trasnocho, no consumo drogas, no soy promiscua, no forma parte de ningún partido político, organización o institución, no soy de izquierda ni de derecha, no tengo mascotas, matas ni grandes amigas en el vecindario, en realidad no tengo ninguna amiga en el vecindario, no saludo a ninguno de mis vecinos, ellos creen que soy una señora bastante presumida y amargada.
Soy una persona más bien inofensiva que pasa la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo y pensando en eso que lee y en eso que escribe. Para la mayoría de la humanidad no existo, ni siquiera produzco basura abundante y nunca hago ruido. Soy un ser imperceptible.
Formo parte de una familia de gente vieja y cada uno de ellos, especialmente los mayores de sesenta, me abruman con tanta salud y tanta vitalidad. Yo los veo y siempre me asombro, cuando me despido de ellos me pregunto si de llegar a los sesenta sabré vivir la vejez de una forma tan enérgica, tan positiva.
¿Ellos viven la vejez con dignidad o son gente ridícula por comer bien, caminar, comprar ropa, salir de paseo, reírse de los chistes que hacen otros viejos?
¿Qué es lo que debe hacer una persona mayor de sesenta años para ser digna de llamarse un buen viejo, una persona que ha sabido vivir la vejez con dignidad?
Desde que tengo uso de razón la mayoría de la gente que me ha tratado me ha pedido de diferentes formas que sea un poco más relajada, que no sea tan seria, que no me tome todo tan a pecho, en pocas, palabras, me piden siempre que sea un poco más juvenil y yo no entiendo nada de lo que me proponen, no entiendo ninguno de esos consejos.
Y entonces me vuelvo a hacer la pregunta:
¿En una vida tan simple y sencilla como la mía en qué consiste el arte de envejecer con dignidad?

sábado, 25 de julio de 2015

Squirting. Confesiones de una vieja verde

Anoche antes de dormirme pensé que casi todo se puede vivir como meditación si se hace de forma consciente y se disfruta mientras se ejecuta cada acción: pensar es una acción, caminar es una acción, contar un chiste es una acción, llorar de tristeza es una acción. Lo importante siempre es entregarse a cada tarea de manera tranquila y natural, tratando siempre de que sea de forma ordenada y consciente, con un fin bien definido.
El ejercicio de la sexualidad también podría pensarse como meditación y no estoy hablando de sexo tántrico sino de amor propio, buena salud, predisposición física (tener las benditas glándulas de Skene) y entregarse a la experiencia con entusiasmo, inteligencia y buena actitud.
Viendo porno -la nueva escuela de amantes de las nuevas generaciones- noté que el famoso squirting le cambia la cara a los actores porque se puede fingir placer, se puede gritar para hacer sentir bien al hombre, se puede gemir para decir con las feministas que el orgasmo femenino es otra manifestación del dominio del macho, de la sociedad patriarcal y falocéntrica. Pero la eyaculación femenina es una experiencia que le cambia la cara y la actitud a la pareja. Para la mujer es una sensación de plenitud total, para el hombre (por ser una experiencia tan escasa en el terreno sexual) es un trofeo que lo hace sentir muy bien y lo convierte en un mejor amante, es una especie de condecoración que le confirma que la mujer está gozando de verdad. Mientras ocurre el hecho los dos saben que ninguno de los dos está fingiendo.
Un squirting en los primeros encuentros sexuales puede ser el comienzo de una relación duradera. Está casi científicamente comprobado que el hombre se enamora de la mujer que le da placer sexual y que a la mujer le produce una sensación de paz y de confianza un hombre que además de saber usar sus dedos y su lengua es apasionado, cariñoso, de trato suave, amante y admirador de las mujeres. Si está bien dotado y no tiene problemas de disfunción eréctil ni eyaculación precoz se convertirá en el amante perfecto. Una mujer con glándulas de Skene bien estimuladas, dispuesta a disfrutar del placer y con un hombre con las cualidades señaladas anteriormente es una mujer bendecida y afortunada.
Un buen squirting exige dedos y lengua diestros, pero, ¿qué es el bendito squirting de manera objetiva? ¿cuál es la explicación científica y por qué tan pocas mujeres han vivido esta experiencia tan espiritual?:
El squirting es la expulsión de un líquido generado por las glándulas de Skene o parauretrales, estas glándulas se encuentran ubicadas en la zona de la pared anterior de la vagina. Se estimulan en el acto sexual, producen un líquido transparente, incoloro, sin olor ni sabor, es como una especie de agua bendita que brota de una especie de fuente en forma de chorro, de forma similar a la eyaculación masculina, pero puede ser mucho más abundante y puede ocurrir varias veces en un encuentro sexual. La mujer no necesita recuperarse de cada eyaculuación, como el hombre, sino que cada nuevo chorro la hace sentir más plena y más leve, es un placer que viene del deseo consciente de la mujer de gozar del placer y de compartirlo con otro. El sexo es un trabajo en equipo.
En muchas mujeres esta experiencia no llega a vivirse nunca porque la mayoría no tienen las glándulas de Skene (llamadas próstata femenina) y entre las pocas que las tienen la mayoría no han contado con la estimulación adecuada porque las mismas mujeres no conocen su cuerpo, porque confunden la sensación placentera con el deseo de orinar (aunque el líquido expulsado en el squirting contiene residuos de urea y creatina, no es orina, sino que está formado principalmente por glucosa, fructosa y fosfatasa ácida prostática) o porque su pareja masculina es un hombre insensible, sin interés en conocer los límites del cuerpo y el placer de su novia, esposa o amante.
Algunas mujeres logran el squirting mediante la masturbación y es mucho más frecuente entre lesbianas que en parejas heterosexuales. El problema radica en que el autoamor es una experiencia triste porque la persona puede divertirse mucho pero al final puede sentirse muy solita y, además, en asuntos sexuales es más satisfactorio compartir con alegría. En cuanto a gozar de semejante dicha con una mujer es un placer que no deseo experimentar porque creo en la teoría del espejo y porque amo a los hombres, porque el squirting también es muy placentero cuando interviene el miembro viril.
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Cincuenta sombras de Grey

En tiempos de estupidez universal y del tan efectivo voz a voz seguramente Cincuenta sombras de Grey será la película más taquillera de la historia del cine. El porno para mamás que hizo famoso el libro logrará que muchos de los que no lo leímos -por puro amor propio- veamos la película por curiosidad, para ver la reacción del público, para apreciar cómo presentan el supuesto porno en pantalla gigante para ser visto en plan familiar y porque es menos doloroso ver una mala película que leer un mal libro. Perdemos menos tiempo y no estamos obligados a reciclar.
La película recrea la historia de amor de una joven inexperta, juiciosa, bien educada, con valores, bonita, inocente y sumisa que se enamora de un hombre mayor, experimentado, atractivo, rico, dominante y machista. La típica historia soñada por millones de niñas pobres que quieren triunfar, inspirarse viendo telenovelas porque sospechan que aquello que le pasa a las heroínas podría pasarle a ellas también y se preparan para lograrlo. La mayoría fracasa porque así es la vida, porque lo que pasa en los libros, en las telenovelas y en el cine no le pasa casi a nadie, es un simple consuelo para que el público se olvide -mientras disfruta de la obra- de su propia miseria personal. Cuando se acaba la película se reencuentran de nuevo con la dolorosa realidad, con el soñador fracasado.
Cincuenta sombras de Grey es un gran pretexto para que las feministas se indignen porque la mujer es tratada como un objeto que se pone a disposición del hombre a cambio de regalos caros. El orden patriarcal y falocéntrico es asumido por hombres y mujeres en la película y en la sala de cine, en los millones de lectoras deseosas de ser sometidas por un hombre frío que las domina, a ellas les resulta excitante imaginar que son atadas y golpeadas. Desean ser tan afortunadas como la protagonista de la historia mientras engordan, educan a sus hijos y soportan a su marido gordo y desagradecido.
La película es una bonita fusión entre liberación sexual y mentalidad de prepago. El hombre le pide apertura mental a la mujer y mientras lo hace reconoce que tiene traumas de infancia y termina seducido, enamorado de la mujer que quiere tocarlo, mirarlo a los ojos, dormir a su lado, no simplemente constituirse en su objeto sexual. Es una historia tonta que produce risa, risa estúpida, nada que ver con la historia de O, Irreversible, El amante, Luna de hiel, El último tango en París o Saló o los 120 días de Sodoma. Es una película estúpida para un público estúpido que ríe ante su propia estupidez porque se siente engañado. Iban a ver porno y les terminaron ofreciendo una insulsa historia de amor, se sienten burlados y sólo pueden reír ante sus expectativas truncadas.
El público va dispuesto a estimularse viendo imágenes estimulantes que nunca llegan, las escenas más fuertes son menos fuertes que las que se pueden ver en películas de mujeres y carros o en algunas telenovelas. Cuando la pareja de enamorados descubre que su sentimiento está mucho más allá del cuerpo y notamos que se acabó el asunto la gente ríe asombrada porque cae en cuenta de que han sido burlados de nuevo por la publicidad, el marketing, el voz a voz y el instinto básico que los lleva a creer que el sexo es lo más importante en la vida, porque fantasearon con la idea de que ir a cine con una amiga a divertirse un poco en un plan diferente, algo que los sacará de la rutina de los sábados resultó ser sólo otra mala película, como lo son la mayoría de las películas que se ven un sábado en una sala de centro comercial.

viernes, 24 de julio de 2015

Catalina Ruiz-Navarro: censora de la revista SoHo

En la revista SoHo ofrecen todo tipo de productos y entre esos productos está la mujer. Casi todos los productos para la venta están relacionados con mujeres y sexo: carros, hoteles, restaurantes, colonias, condones, ropa, juguetes sexuales, alcohol… Durante quince años Daniel Samper Ospina se ha dado el lujo de desnudar a más del 90% de las mujeres a las que se ha propuesto hacer pasar por su revista y algunas de ellas, claro, son feministas indignadas. Hoy vamos a hablar de una de las más indignadas e incoherentes de todas: Catalina Ruíz-Navarro.
Los dos trabajos más destacados de ella en la revista han sido: catadora de condones y participante en una encuesta sobre sexualidad, la mujer y la sexualidad de la mujer típica de la revista SoHo: amante del sexo a cambio de comida, regalos costosos y dinero, la mujer exigente que se hace pagar y se fija en la marca del carro, aquella que valora al hombre dependiendo de cuánto pagó en el restaurante y en el motel.
En el último número de la revista hicieron experimentos con productos que se ofrecen en el mercado, querían saber si las cualidades del producto corresponden con las que anuncian los medios: cremas reductoras, tratamientos para la calvicie, brujos y prostitutas conseguidas a través de páginas web, entre otros. En el caso de las mujeres el experimento consistía en saber si la mujer que aparece en el portal es la misma que llega a prestarle el servicio sexual al investigador. De las tres mujeres sólo una correspondía a la realidad. La conclusión es que ni las cremas, ni los brujos ni las prostitutas cumplen con las expectativas del cliente. Todo predecible, nada digno de escandalizar a nadie.
Catalina escribió una columna en El Espectador en la que sienta su voz de protesta porque en la revista la mujer fue tratada como un objeto sin su consentimiento, juzga con severidad a Daniel Samper Ospina como si no lo conociera, como si no fuera consciente del tratamiento que le da a la mujer número tras número en la revista de la que es director. Todos sabemos, no necesitamos ser expertos en nada para saberlo, que en la revista SoHo la mujer es un producto más. En todos los números salen modelos ambiciosas que presentan su perfil sexual para quien desee hacer uso de sus servicios, con frecuencia entrevistan prostitutas y actrices porno para animar a las mujeres que leen la revista para que aprendan las técnicas que proponen estas maestras. Los hombres se deben sentir muy bien viendo cómo estas mujeres, las que posan y las que participan en los experimentos, se sienten dichosas porque trabajan para un medio tan prestigioso y no se complican pensando en la forma en que son vistas por los lectores.
Pueden indignarse Carolina Sanín y Salud Hernández, pueden despreciar al director de la revista, a los lectores y a las mujeres que se sienten realizadas porque colaboran para la revista. Catalina Ruíz-Navarro no, ella no tiene derecho, ella se ha congraciado muchas veces con Daniel Samper Ospina, ha consentido ser tratada y vista como un pedazo de carne, como carne para la venta, soltera y disponible. Así la presentan en la encuesta.
De nuevo, como tantas otras veces, uno no entiende si Catalina Ruíz-Navarro se esfuerza por llamar la atención, si pide ser insultada por alguien como yo, si goza con el descrédito permanente, o si no tiene el nivel de inteligencia y coherencia suficientes como para entender que ella no es la mujer más indicada para ajusticiar a la revista y ni al director.
catalina ruíz.-navarro

viernes, 17 de julio de 2015

Los que diferencia a los hombres de las mujeres son las tetas

Antes de suscribirme a la revista SoHo sospechaba que me iba a encontrar con una revista colombiana diferente a las demás, pero no pensé que lo fuera tanto. Me soprende la publicidad, la mayoría es pensada para ser vista en esta revista y no en otra y el lector novato tiene que acostumbrarse a que algunos textos cortos que parecen breves ensayos también son publicidad. Hay slongans del tipo "usted lo que quiere es ver viejas", "dicen que el tamaño no importa", "en este carro puedes levantarte al tipo que te gusta"; el 90% de la publicidad es sobre cirugías estéticas (el énfasis se le da a las tetas y el culo). Hay diferentes secciones, la mayoría de los textos son muy breves y fáciles de digerir, para leerlos rápido y seguir viendo viejas. El énfasis se le concede a temas sexuales e "irreverentes" y algunas de las mujeres que posan para la revista responden breves tests relacionados con sexo y hombres. Sólo he leído dos números -y aunque me he divertido más leyendo esta revista que los últimos números de El Malpensante- me gustaría saber cuántos sucriptores tiene y qué es lo que más les gusta, cuál es la edad del suscriptor ideal, si algunos se inspiran en las modelos y no modelos para masturbarse. En la revista hay temas para todos los gustos, quienes escriben asumen posiciones radicales del tipo: me gustan las vergas grandes, lo que diferencia a las mujeres de los hombres son las tetas, una mujer sin tetas o con tetas grandes pero que no las muestra, no es una verdadera mujer; no me imagino con una verga en la boca, a mí como mujer me gusta enamorarme de un cuerpo igual al mío. Estas opiniones tan contundentes no son presentadas por hombres sino por mujeres.

La dominación masculina

Las armas del débil son siempre armas débiles.
Se dice del pene que es el único macho que incuba dos huevos.
"Para muchas mujeres, un estatuto dominante de los hombres es excitante".
Pensemos en los pasitos rápidos de algunas muchachas con pantalones y zapatos planos.
La fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación.
La familia es la que asume sin duda el papel principal en la reproducción de la dominación y de la visión masculinas.
El acto sexual en sí mismo está pensado en función del principio de la primacía de la masculinidad.
Lo típico de los dominadores es ser capaces de hacer que se reconozca como universal su manera de ser particular.
Encima o debajo, activo o pasivo, estas alternativas paralelas describen el acto sexual como una relación de dominación.
La visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla.
El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya.
Si las mujeres son especialmente propensas al amor llamado romántico, se debe sin duda, por una parte, a que están especialmente interesadas en ello.
Cualquier oficio, sea cual sea, se ve en cierto modo cualificado por el hecho de ser realizado por los hombres (que, desde ese punto de vista, son todos, por definición, de calidad).
El principio de visión de dominante no es una simple representación mental, un fantasma ("unas ideas en la cabeza"), una "ideología", sino un sistema de estructuras establemente inscritas en las cosas y en los cuerpos.
Al estar la mujer constituida como una identidad negativa, definida únicamente por defecto, sus virtudes sólo pueden afirmarse en una doble negación, como vicio negado o superado, o como mal menor.
Inscrito en las cosas el orden masculino se inscribe también en los cuerpos a través de las conminaciones tácitas implicadas en las rutinas de la división del trabajo o de los rituales colectivos o privados.
Las mujeres son capaces de hablar de su marido con mucho detalle, mientras que los hombres sólo pueden describir a su mujer a través de estereotipos muy generales, válidos para "las mujeres en general".
A los ojos de los hombres, las mujeres que, rompiendo la relación tácita de disponibilidad, se reapropian en cierto modo de su imagen corporal, y con ello, de su cuerpo, aparecen como no "femenina", prácticamente como lesbiana.
Al estar simbólicamente destinadas a la resignación y a la discreción, las mujeres sólo pueden ejercer algún poder dirigiendo contra el fuerte su propia fuerza o accediendo a difuminarse y, en cualquier caso, negar un poder que ellas sólo pueden ejercer por delegación (como eminencias grises).
Las mujeres francesas manifiestan, en una amplísima mayoría, que desean tener una pareja de mayor edad y también, de manera muy coherente, de mayor altura física, y dos terceras partes de ellas llegan a rechazar explícitamente a un hombre más bajo.
Todo, en la génesis del hábito femenino y en las condiciones sociales de su actualización, contribuye a hacer de la experiencia femenina del cuerpo el límite de la experiencia universal del cuerpo-para-otro, incesantemente expuesta a la objetividad operada por la mirada y el discurso de los otros.
A los que puedan objetar que muchas mujeres han roto actualmente con las normas y las formalidades tradicionales del pudor y verían en el espacio que dejan a la exhibición controlada del cuerpo un indicio de "liberación" basta con indicarles que esta utilización del propio cuerpo permanece evidentemente subordinada al punto de vista masculino.
Forma especial de la peculiar lucidez de los dominados, la llamada "intuición femenina" es, en nuestro propio universo, inseparable de la sumisión objetiva y subjetiva que estimula u obliga a la atención y a las atenciones, a la vigilancia y a la atención necesarias para adelantarse a los deseos o presentir los disgustos.
Los hombres (y las propias mujeres) no pueden ver que la lógica de la relación de dominación es la que consigue imponer e inculcar a las mujeres, en la misma medida que las virtudes dictadas por la moral, todas las propiedades negativas que la visión dominante imputa a su naturaleza, como la astusia, o por tomar una característica más favorable, la intuición.
El cuerpo tiene su parte delantera, lugar de diferencia sexual, y su parte trasera, sexualidad indiferencia, y potencialmente femenina, es decir, pasiva, sometida, como lo recuerdan, mediante el gesto o palabra, los insultos mediterráneos (especialmente el famoso "corte de mangas") contra la homosexualidad.
La diferencia biológica entre los sexos, es decir, entre los cuerpos masculino y femenino, y muy especialmente, la diferencia anatómica entre los órganos sexuales, puede aparecer de ese modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo.
La misma protección "caballeresca", además de que puede llevar a su confinamiento o servir para justificarla, puede contribuir también a mantener a las mujeres al margen de cualquier contacto con todos los aspectos del mundo real "para los cuales no están hechas" porque ellos no están hechos para ellas.
De acuerdo con la lógica habitual del prejuicio desfavorable, la representación masculina puede condenar las capacidades o las incapacidades femeninas que ella misma exige o contribuye a producir. De ese modo observamos que "el mercado de las mujeres no se termina" -son parlanchinas y sobre todo pueden pasarse siete días y siete noches discutiendo sin decidirse- o, para manifestar su acuerdo, las mujeres tienen que decir sí dos veces.
El placer masculino es, por una parte, disfrute del placer femenino, del poder de hacer disfrutar. Es indudable que Catherine MacKinnon acierta al ver en la "simulación del orgasmo", una demostración ejemplar del poder masculino de conformar la interacción entre los sexos de acuerdo con la visión de los hombres, que esperan del orgasmo femenino una prueba de su virilidad, y el placer asegurado de esta forma suprema de la sumisión.
Si la relación sexual aparece como una relación social de dominación es porque se constituye a través del principio de división fundamental entre lo masculino, activo y lo femenino, pasivo, y ese principio crea, organiza, expresa y dirige el deseo, el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erótica, y el deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada, o incluso, en su límite, reconocimiento erotizado de la dominación.
Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de reconocimiento, de sumisión.
La lógica, esencialmente social, de lo que se llama "vocación" tiene como efecto producir tales encuentro armoniosos entre las disposiciones y las posiciones que hacen que las víctimas de la dominación psicológica puedan realizar dichosamente (en su doble sentido) las tareas subalternas o subordinadas atribuidas a sus virtudes de sumisión, amabilidad, docilidad, entrega y abnegación.
Habría que enumerar todos los caso en que los hombres mejor intencionados (la violencia simbólica, como sabemos, no opera en el orden de las intenciones conscientes) realizan unas acciones discriminatorias, que excluyen a las mujeres, sin siquiera planteárselo, de las posiciones de autoridad, reduciendo sus reivindicaciones a caprichos, merecedoras de una palabra de apaciguamiento o de una palmadita en la mejilla.
El hombre no puede realizar sin rebajarse determinadas tareas domésticas consideradas inferiores (entre otras razones porque no considera que pueda realizarlas), las mismas tareas pueden ser nobles y difíciles cuando son realizadas por unos hombres, o insignificantes e imperceptibles, fáciles y triviales, cuando corren a cargo de las mujeres, como lo recuerda la diferencia que separa al cocinero de la cocinera, al modisto de la modista; basta con que los hombres se apoderen de tareas consideradas femeninas y las realicen fuera de la esfera privada para que se vean ennoblecidas y transfiguradas.
De acuerdo con la ley universal de la adecuación a las esperanza a las posibilidades, de las aspiraciones a las oportunidades, la experiencia prolongada e invisiblemente amputada de un mundo totalmente sexuado tiende a hacer desaparecer, diseminándola, la misma inclinación a realizar los actos que no corresponden a las mujeres, sin tener ni siquiera que rechazarlos.
"Cuanto más me trataban como mujer, en más mujer me convertía. Me adaptaba de grado o a la fuerza. Si me supusieran incapaz de retroceder unos escalones o de abrir unas botellas, sentiría extrañamente, que me estaba volviendo incompetente. Si alguien pensaba que una maleta era demasiado pesada para mí, inexplicablemente, yo también lo consideraría así".
Para alcanzar plenamente cierta posición, una mujer tendría que poseer no sólo lo que exige explícitamente la descripción del puesto, sino también todo un conjunto de propiedades que sus ocupantes añaden habitualmente al mismo, una estatura física, una voz, o unas disposiciones como la agresividad, la seguridad, la "distancia respecto al papel", la llamada autoridad natural, etc. para las que los hombres han sido preparados en cuanto que hombres.
Al sentir la necesidad de la mirada de los demás para construirse, las mujeres están constantemente orientadas en su práctica para la evaluación anticipada del precio que su apariencia corporal, su manera de mover el cuerpo y de presentarlo, podrá recibir (de ahí una propensión más o menos clara a la autodenigración y a la asimilación del juicio social bajo la forma de malestar corporal o timidez.
La iglesia, habitada por el profundo antifeminismo de un clero dispuesto a condenar todas las faltas femeninas a la decencia, especialmente en materia de indumentaria, y notoria reproductora de una visión pesimista de las mujeres y de la feminidad, inculca (o inculcaba) explícitamente una moral profamiliar, enteramente dominada por los valores patriarcales, especialmente por el dogma de la inferioridad natural de las mujeres.
Sea cual sea su posición en el espacio social, las mujeres tienen en común su separación de los hombres por un coeficiente simbólico negativa que, al igual que el color de la piel para los negros o cualquier otro signo de pertenencia a un grupo estigmatizado, afecta de manera negativa a todo lo que son y a todo lo que hacen, y está en el principio de un conjunto sistemático de diferencias homólogas.
A través de la experiencia de un orden social "sexualmente" ordenado y los llamamientos explícitos al orden que les dirigen sus padres, sus profesores y sus condiscípulos, dotados a su vez de principios de visión adquiridos en unas experiencias semejantes del mundo, las chicas asimilan, bajo formas de esquemas de percepción y de estimación difícilmente accesibles a la conciencia, los principios de división dominante que les lleven a considerar normal, o incluso natural, el orden social tal cual es y a anticipar de algún modo su destino, rechazando las ramas o las carreras de las que están en cualquier caso excluidas, precipitándose hacia aquellas que, en cualquier caso, están destinadas.
La dominación masculina, que convierte a las mujeres en objetos simbólicos, cuyo ser es un ser percibido, tiene el efecto de colocarlas en un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de dependencia simbólica. Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto que objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean "femeninas", es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas. Y la supuesta "feminidad" sólo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas, reales o supuestas, especialmente en materia de incremente del ego. Consecuentemente, la relación de dependencia respecto a los demás (y no únicamente respecto a los hombres) tiende a convertirse en constitutivo de su ser.
Bourdieu, pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama. 1996.

miércoles, 15 de julio de 2015

¿Qué es la mujer?

Un mal necesario.
Un hombre inferior.
El Satán del hombre.
Un hombre más blando.
Una esfinge sin secretos.
La confusión del hombre.
El lugar de la mujer es la cocina.
El lugar de la mujer es el dormitorio.
Un animal al que le encantan los adornos.
Si las esposas fueran buenas Dios tendría una.
Es casta la que nunca se ha preguntado si lo es.
El silencio da a las mujeres la gracia apropiada.
Las mujeres, en el mejor de los casos, son malas.
Que una mujer estudie indica confusión en el reino.
La mujer llora antes de la boda y el hombre después.
Las mujeres y los elefantes jamás olvidan un agravio.
Es mejor ser macho por un día que hembra por diez.
En ausencia de hombres, todas las mujeres son castas.
Hay muchas mujeres buenas, pero todas están muertas.
Educar a una mujer es como darle un cuchillo a un mono.
Las mujeres malas fastidian; las mujeres buenas aburren.
El hombre que confía en una mujer confía en un estafador.
Bandejas de plata en las que ponemos manzanas de oro.
Vale más la maldad del hombre que la bondad de la mujer.
Las mujeres, en su mayoría, son un ganado de difícil manejo.
Si no eres un hombre, no eres más que un cero a la izquierda.
El que cuenta noticias a su esposa es que está recién casado.
Es ley natural que la mujer esté sometida al dominio del hombre.
Las mujeres y los pollos se pierden deambulando de casa en casa.
Gracias, Señor, porque no me has creado pagano, esclavo o mujer.
Una mujer, un asno y un nogal dan más fruto cuanto más les pegas.
Una mujer es como un caballo: el que puede manejarla es su amo.
La mujer está hecha para el hombre, el hombre está hecho para la vida.
Un caballero es quien se quita el sombrero antes de golpear a su esposa.
Una mujer no es más que un animal, y no un animal del orden más elevado.
Un cordero blanco como la leche que pide con su balidos la protección del hombre.
Una mujer que silba y una gallina que cacarea no sirven ni para Dios ni para los hombres.
Lo que se busca es una esposa, como en un perro, es la reproducción de la raza.
Una mujer no es una persona, de la misma manera que un pollo no es un pájaro.
En el hombre los pecados mortales son veniales; en la mujer los pecados veniales son mortales.
Una esposa que espera tener buena reputación está siempre en casa, como si fuera paralítica.
Las almas de las mujeres son tan pequeñas que según algunos carecen por completo de alma.
El hombre es el mundo entero y el aliento de Dios; la mujer es la costilla y el fragmento torcido del hombre.
Unos hombres se entregan al placer y otros a su profesión, pero en el fondo de toda mujer hay una libertina.
La diferencia principal entre las mujeres llamadas decentes y las putas es que estas últimas son menos deshonestas.
Las niñas empiezan a hablar y a tenerse en pie antes que los chicos porque los hierbajos siempre crecen más de prisa que los buenos cultivos.
A toda mujer le encanta la idea de un jeque que se la lleva en su caballo blanco y la viola en su tienda. Es un instinto femenino básico.
Toda mujer preferiría ser hombre, de la misma manera que todo infeliz deforme preferiría estar intacto y ser hermoso, y todo idiota y necio preferiría ser instruido y sabio.
El hombre puede obtener una experiencia de Dios; la mujer sólo puede obtenerla a través del hombre. Por lo tanto, cada mujer debería tratar a su marido como a Dios.
Un animal que suele vivir en la proximidad del hombre y tiene una susceptibilidad rudimentaria a la domesticación... la mujer es ágil y de movimientos airosos, es omnívora y se le puede enseñar a callarse.
Tomado de:
La inferioridad natural de la mujer. Tama Starr. Buenos Aires. Alcor. 1993. 222 páginas.