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sábado, 12 de noviembre de 2016

El día del Juicio

¿Quién lee para llegar al final, por deseable que éste sea? ¿Acaso no hay ocupaciones que practicamos porque son buenas en sí mismas, y placeres que son absolutos? ¿Y no está éste entre ellos? A veces he soñado que cuando llegue el Día del Juicio y los grandes conquistadores y abogados y estadistas vayan a recibir sus recompensas -sus coronas, sus laureles, sus nombres grabados indeleblemente en mármol imperecedero-, el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: “Mira, ésos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles, han amado la lectura”.
Virginia Woolf, en El lector corriente II.

El estilo es un asunto sencillo

El estilo es un asunto sencillo; todo es ritmo. En cuanto lo comprendes, no puedes equivocarte de palabras. Aunque por otra parte aquí estoy, después de media mañana, llena de ideas y visiones y cosas así, pero incapaz de verterlas por falta del ritmo adecuado. Esto sobre la esencia del ritmo es muy profundo y va mucho más allá de las palabras. Una visión, una emoción, crean esta ola en la cabeza mucho antes de que surjan las palabras apropiadas. Y al escribir (esto es lo que creo ahora) uno tiene que recapturar esto y asentar este funcionamiento (que aparentemente no tiene nada que ver con las palabras), de modo que después, cuando se fragmenta y rueda por la cabeza, crea las palabras adecuadas.
Virginia Woolf a Vita Sackville-West.

Las horas

Sólo el cielo sabe por qué lo amamos tanto. (La señora Dalloway)
Quería escribir sobre todo, sobre la vida que tenemos y las vidas que hubiéramos podido tener. Quería escribir sobre todas las formas posibles de morir. (La señora Dalloway)
La sorprende como la sorprendería un objeto raro y extraordinario, una obra de arte; por la sencilla razón de que sigue siendo, a través del tiempo, pura y simplemente él mismo. (La señora Dalloway)
Cuando vio este nuevo libro sobre su mesa de noche, apilado sobre el que había terminado la noche anterior, estiró la mano automáticamente, como si leer fuera la primera y única tarea evidente del día, la única forma viable de negociar el tránsito del sueño al deber. (La señora Brown)
Leonard, el brillante e incansable Leonard, que se niega a distinguir entre un retraso y la catástrofe; que venera el éxito sobre cualquier cosa y que resulta insoportable para los demás porque cree genuinamente que puede arrancar de raíz y reformar todas las manifestaciones de la irresponsabilidad y de la mediocridad humanas. (La señora Woolf)
Los hombres puede preciarse de escribir honesta y apasionadamente sobre los movimientos de las naciones; pueden pensar que la guerra y la búsqueda de Dios son los únicos temas de la gran literatura; pero si la posición de los hombres en el mundo tambaleara por un sombrero mal escogido, la literatura inglesa cambiaría dramáticamente. (La señora Woolf)
No tengo tiempo de describir mis planes, Debería decir muchas cosas sobre las horas y mi descubrimiento; cómo excavo hermosas grutas detrás de mis personajes; creo que eso plasma exactamente lo que quiero; humanidad, humor, hondura. La idea es que las grutas conecten entre sí, y cada una sale a la luz del día en el momento presente. (Virginia Woolf)
Piensa que Clarissa Dalloway se matará por algo que en la superficie no parece gran cosa. Su fiesta será un fracaso, o su esposo se negará una vez más a admitir algún logro en relación con ella misma o con su hogar. El truco estará en transmitir intacta la diminuta pero real desesperación de Clarissa; en convencer al lector sin lugar a dudas de que para ella las derrotas domésticas son tan devastadoras como las batallas perdidas por un general. (La señora Woolf)
Estas dos muchachas crecerán hasta llegar a la edad madura y después a la vejez, y se marchitarán o se hincharán; los cementerios donde serán enterradas eventualmente se volverán ruinas donde la hierba crecerá salvaje y los perros merodearán de noche; y cuando no quede nada más de estas muchachas que unas cuantas calzas perdidas bajo tierra, la mujer en el remolque, ya sea que se trate de Meryl Streep o de Vanessa Redgrave o incluso de Susan Sarandon, aún será conocida. Existirá en archivos, en libros; se guardarán las grabaciones de su voz en otros objetos preciosos y venerados. (La señora Dalloway)
Sí, piensa Clarissa, es hora de que el día termine. Damos fiestas; abandonamos a nuestras familias para irnos a vivir solos a Canadá; luchamos por escribir libros que no cambian el mundo a pesar de nuestros talentos y de nuestros generosos esfuerzos, de nuestras extravagantes expectativas. vivimos nuestras vidas, hacemos lo que sea que hagamos, y después dormimos -es así de fácil y ordinario. Unos cuantos saltan por una ventana o se ahogan o toman pastillas; muchos más mueren por accidente; y la mayoría de nosotros, la gran mayoría, somos devorados lentamente por alguna enfermedad, o si somos afortunados, por el tiempo mismo. No nos queda más que este consuelo: una hora aquí y allá en la que nuestras vidas se abren en una explosión, contra todas las posibilidades y todas las expectativas y nos ofrecen todo lo que jamás imaginamos, aunque todos excepto los niños (y quizás ellos también) saben que a estas horas inevitablemente seguirán otras más oscuras y más difíciles. Y sin embargo, amamos la ciudad, la mañana, más que nada, tenemos la esperanza de más. (La señora Dalloway)
No comer es un vicio, una especie de droga: con el estómago vacío se siente limpia y veloz, con la cabeza despejada, lista para la pelea. Toma un sorbo de café, baja la taza, estira los brazos. Levantarse a lo que parece ser un buen día, prepararse para trabajar pero no embarcarse todavía, resulta una de las experiencias más singulares. En este momento las posibilidades son infinitas, tiene muchas horas por delante. Su mente canturrea. Es posible que esta mañana logre atravesar el ofuscamiento, las tuberías atascadas, y llegar al oro. Lo siente en su interior, un segundo yo prácticamente indescriptible, o más bien un yo paralelo, más puro. Si fuera religiosa, lo llamaría el alma. Es más que la suma del intelecto y de sus emociones, más que la suma de sus experiencias, aunque corre por las tres como venas de metal brillante. Es una facultad interior que reconoce los misterios que animan el mundo porque está hecha de la misma sustancia y cuando es muy afortunada es capaz de escribir directamente a través de esa facultad. La satisfacción más profunda que conoce es escribir en ese estado, pero su capacidad de hacerlo viene y se va sin previo aviso. A veces levanta la pluma y la sigue con su mano mientras se mueve por el papel; a veces levanta la pluma y descubre que es sólo ella, una mujer con una bata de estar en casa y una pluma en la mano, temerosa e incierta, apenas competente, sin ninguna idea de dónde empezar o qué escribir. (La señora Woolf)
Las Horas. Michael Cunningham. Bogotá: Norma. 2000. 281 páginas.

domingo, 21 de febrero de 2016

Una casa para escribir

Virginia Woolf necesitaba una habitación propia y terminó matándose; murió sin descubrir que lo que de verdad necesitaba era una casa suya y soledad, para escribir.
Marguerite Duras no fue tan conformista, tuvo la fortuna de nacer un poco después de Virginia Woolf, tenía el terreno mejor abonado. Ella necesita una casa inmensa y soledad para escribir. Lo sabía desde niña y construyó su vida en función de ese deseo.
Admiro a Virginia Woolf pero admiro más a Marguerite Duras porque fue más fuerte y arriesgada.
Virginia Woolf fue como tantas mujeres conformistas que vio en el matrimonio con un hombre -un socio y un hermano- el sustento más cómodo para aparecer como una señora normal y respetable ante la sociedad, como una mujer que no sucumbió ante la soledad. Le rindió culto a la familia y soñó con ser normal y aunque esa vida no le resta mérito a su obra vale la pena preguntarse qué tipo de textos hubiera escrito en caso de haberse atrevido a dar el gran paso. ¿Hubiera escrito textos como los que escribió Marguerite Duras?
La escritora más consciente que he leído es Marguerite Duras y he tomado varias ideas suyas para adaptarlas a mi propia vida. Una vida como la de ella sin incluir la tristeza, el alcohol ni el puterío.
Ella tenía claro desde muy joven que amaba el sexo y a los hombres pero la escritura era lo que de verdad le importaba. Quería tener un amante, varios amantes, mucho sexo, muchos amantes, mucho alcohol y soledad, pero lo que de verdad quería era escribir, escribir era lo que de verdad le importaba en la vida.
Compró una casa inmensa con su propio dinero, con ganancias obtenidas escribiendo. Eso es maravilloso.
Compró una casa inmensa para perderse en ella y para sentirse aún más sola porque la soledad la cautivó desde la infancia y decidió que la soledad es el mejor sustento para escribir.
Un hombre que escribe necesita una mujer para que lo atienda, para que lo adore como a un rey y para que lo mime como a un niño, un hombre que escribe necesita una mamá para que le sirva de amante cuando se sienta solo. La mujer del escritor puede ser su madre, su esposa, su sobrina o su sirvienta, cualquiera de las cuatro sirve; si es una mujer multifuncional como algunas impresoras, es la mujer perfecta, lo que importa es que sea una mujer. Un hombre que escribe necesita una mujer que haga el papel de mamá y le levante el ánimo cuando se siente solo, miserable, mediocre y fracasado, es decir, un hombre que escribe necesita una mujer a su lado la mayor parte de las horas de su triste vida.
Una mujer que escribe no necesita un hombre a su lado. Un hombre al lado de la mujer que escribe se convierte en un estorbo, en un mueble, en alguien que termina sobrando en el espacio de la escritura.
Marguerite Duras necesita apropiarse de la totalidad de la casa, ella forma parte de la casa, la casa no es un simple espacio en el que transcurre el tiempo sino que es el espacio para escribir y en esa casa se debe crear la atmósfera perfecta para la escritura y lo fundamental es la soledad.
***
Tenía pensado vender esta casa, estaba pensando en una casa para la vejez, en un espacio bien pensado para pasar los últimos años de mi vida, sean dos o sean cuarenta y cuatro-, lo tenía decidido, pero cuando pienso que tengo que abandonar esta casa, la casa en la que he pasado los últimos once años de mi vida me duele empezar de nuevo. Esta casa es una casa cultivada, se ha ido llenando de mí, es como si fuera yo. Me da pesar que otras personas se apropien de ella y tal vez me sientan a mí sin saber que soy yo, sin saber que era la casa de la escritura y tal vez la quieran para convertirla en la casa del televisor, la lujuria y la violencia. Esta casa no se merece ese triste final, merece estar conmigo hasta el último día y luego ser clausurada. Que pueda ser vista sólo desde afuera, una casa mágica a la que es prohibido entrar porque es la casa de la escritura y si no está habitada por quien escribe pierde la esencia de su ser.

domingo, 8 de noviembre de 2015

8 de noviembre de 2015

11:11 a.m. Domingo
Anoche tardé un poco en dormirme, es algo que suele suceder un día en la semana. Estoy tan llena de mí, me siento tan plena que la plenitud no me deje dormir porque la sensación es muy intensa. Me siento muy bien por ser yo, eso es todo, parece poco pero es mucho, la sensación es muy agradable, tanto que a veces termino pensando en sexo, recordando algunos muy buenos momentos rebosantes de salud y energía. No miro el reloj porque no es aconsejable, mirar el reloj atrae el insomnio, pero sospecho que me dormí un poco después de las doce. No soñé. A veces lo mejor es no soñar.
No amaneció lloviendo y el día no es frío y como es domingo es el día de salir a caminar. ¡Maravilloso! Antes de salir tomo café y me hago un masaje. Por ser domingo el masaje es en todo el cuerpo porque tengo todo el tiempo y puedo hacerlo con mucha calma. Una caminata después de un masaje es como una droga, me siento muy bien. Cuando me siento muy bien pierdo el apetito porque me gusta sentir como que vuelo, es cuando más recuerdo a Virginia Woolf y entiendo su fastidio al hecho de comer:
No comer es un vicio, una especie de droga: con el estómago vacío se siente limpia y veloz, con la cabeza despejada, lista para la pelea. Toma un sorbo de café, baja la taza, estira los brazos. Levantarse a lo que parece ser un buen día, prepararse para trabajar pero no embarcarse todavía, resulta una de las experiencias más singulares. En este momento las posibilidades son infinitas, tiene muchas horas por delante. Su mente canturrea. Es posible que esta mañana logre atravesar el ofuscamiento, las tuberías atascadas, y llegar al oro. Lo siente en su interior, un segundo yo prácticamente indescriptible, o más bien un yo paralelo, más puro. Si fuera religiosa, lo llamaría el alma. Es más que la suma del intelecto y de sus emociones, más que la suma de sus experiencias, aunque corre por las tres como venas de metal brillante. Es una facultad interior que reconoce los misterios que animan el mundo porque está hecha de la misma sustancia y cuando es muy afortunada es capaz de escribir directamente a través de esa facultad. La satisfacción más profunda que conoce es escribir en ese estado, pero su capacidad de hacerlo viene y se va sin previo aviso. A veces levanta la pluma y la sigue con su mano mientras se mueve por el papel; a veces levanta la pluma y descubre que es sólo ella, una mujer con una bata de estar en casa y una pluma en la mano, temerosa e incierta, apenas competente, sin ninguna idea de dónde empezar o qué escribir. (La señora Woolf)
Las Horas. Michael Cunningham. Bogotá: Norma. 2000. 281 páginas.
Imagen
4:13 p.m.
Salí con la firme intención de comprar un mueble nuevo para organizar más libros y terminé almorzando como si llevara un mes sin comer. Lo mejor de todo es que estaba delicioso.
Hoy he pasado el día como me gusta, como un perro o gato doméstico, sin hacer nada pero sintiéndome muy bien. Así sospecho que se siente la gente feliz, aquellos que nunca han leído un libro, tienen esposa gorda, cinco hijos, aman la televisión y cada mañana le dan gracia al Dios vengador por tantos regalos. Cuando me siento bien -con la sospecha de que así se debe sentir la gente común- no alcanzo a llegar a envidiarlos, lo que siento es pena por ellos al saber que pasan por la vida con la misma profundidad con la que pasa su mascota. No, tal vez sus mascotas son un poco más reflexivas, no hay que despreciar a los perros y a los gatos, animales cariñosos y encantadores.

domingo, 19 de julio de 2015

Una experiencia muy intensa y muy desagradable

Entonces me dio un brinco el corazón; y paró; y brincó de nuevo; y noté ese extraño sabor amargo en la garganta; y sentí el pulso brincar en la cabeza y latir, latir, cada vez más rápido, más salvaje. Me voy a desmayar, dije, y resbalé silla abajo sobre la hierba. Inconsciente no lo estaba, eso no. Estaba viva; pero poseída por esa batalla en mi cabeza: galope, martilleo. Pensé: algo va a estallarme en el cerebro si esto continúa. Poco a poco se fue amortiguando. Conseguí levantarme, y tambaleándome -con qué infitina dificultad y con qué susto- poquito a poco -qué interminable me pareció-, fui hasta la casa; y alcancé mi habitación y me desplomé en la cama. Luego dolor, como de parto; y luego eso también se desvaneció poco a poco; y quedé velando, como una lamparilla, como una madre solícita, los pedazos, rotos y resquebrajados de mi cuerpo. Una experiencia muy intensa y muy desagradable.
Virginia Woolf. Miércoles, 17 de agosto de 1932.

No comer es un vicio

No comer es un vicio, una especie de droga: con el estómago vacío se siente limpia y veloz, con la cabeza despejada, lista para la pelea. Toma un sorbo de café, baja la taza, estira los brazos. Levantarse a lo que parece ser un buen día, prepararse para trabajar pero no embarcarse todavía, resulta una de las experiencias más singulares. En este momento las posibilidades son infinitas, tiene muchas horas por delante. Su mente canturrea. Es posible que esta mañana logre atravesar el ofuscamiento, las tuberías atascadas, y llegar al oro. Lo siente en su interior, un segundo yo prácticamente indescriptible, o más bien un yo paralelo, más puro. Si fuera religiosa, lo llamaría el alma. Es más que la suma del intelecto y de sus emociones, más que la suma de sus experiencias, aunque corre por las tres como venas de metal brillante. Es una facultad interior que reconoce los misterios que animan el mundo porque está hecha de la misma sustancia y cuando es muy afortunada es capaz de escribir directamente a través de esa facultad. La satisfacción más profunda que conoce es escribir en ese estado, pero su capacidad de hacerlo viene y se va sin previo aviso. A veces levanta la pluma y la sigue con su mano mientras se mueve por el papel; a veces levanta la pluma y descubre que es sólo ella, una mujer con una bata de estar en casa y una pluma en la mano, temerosa e incierta, apenas competente, sin ninguna idea de dónde empezar o qué escribir. (La señora Woolf)
Las Horas. Michael Cunningham. Bogotá: Norma. 2000. 281 páginas.

sábado, 18 de julio de 2015

Feminismo y arte

Las reglas del orden, los esquemas de organización son productos de la mente masculina (Herbert Marder).
Por muy agradable que pueda ser el pasatiempo de medir, es una de las ocupaciones más inútiles (Virginia Woolf).
Todo hombre que no tenga su propia santa puede considerarse desafortunado (Desmond McCarthy).
Su feminismo y su tradicionalismo pueden considerarse como reguladores, uno de su sensibilidad estética y el otro de su tendencia a experimentar (Herbert Marder).
En el caso de las mujeres escritoras uno casi puede medir su grandeza por el grado en que hayan conseguido olvidar los agravios cometidos contra ellas (Herbert Marder).
El deseo de venerar a la mujer como una influencia moral más elevada tiende, en la vida cotidiana, a restringir su libertad tanto como su convicción de inferioridad (Social Rights and Duties).
El miedo y la tiranía empiezan, según observó, en aquellos momentos que integran la vida de las personas hora a hora, día a día. Las verdades más esotéricas están ocultas en las experiencias más vulgares (Herbert Marder).
El hecho fundamental de las relaciones entre los hombres y mujeres, según lo veía Virginia Woolf, es que los hombres son socialmente estériles. Sin la influencia armonizadora de las mujeres no habría civilización (Herbert Marder).
Expresar cualquier tipo de valía, tanto intelectual como moral, mediante el uso de trozos de metal, de cintas, o de caperuzas o capas de colores, es una barbaridad que merece el mismo ridículo que reservamos a los ritos de los salvajes (Virginia Woof).
Acude todos los días a una oficina. Cada año publica un libro... Al poco tiempo ya es incapaz de entrar en una habitación sin hacernos sentir incómodos; adopta una actitud condescendiente hacia toda mujer que se encuentra y no se atreve a decirle la verdad ni a su esposa (Virginia Woolf).
A un monstruoso varón de voz chillona, puño duro, empeñado, como un niño pequeño, en marcar el suelo de la tierra con señales de tiza, dentro de cuyas místicas fronteras se encierra a los seres humanos, rígida, separada y artificialmente; donde... decorado con plumas como un salvaje pasa por ritos místicos y goza del dudoso placer del poder y del dominio (Virginia Woolf).
Aquellos que desempeñan sus profesiones con pleno éxito pierden los sentidos, Pierden vista. No tienen tiempo de contemplar cuadros. Pierden oído. No tienen tiempo de escuchar música. Pierden habla. No tienen tiempo de conversar. Pierden su sentido de proporción... Pierden su humanidad... Pierden su salud... ¿Qué queda de un ser humano que ha perdido vista, oído y el sentido de la proporción? Nada más que un inválido en una caverna (Virginia Woolf).
Las mujeres han servido todos estos siglos de espejos, con la magia y el delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural. Sin semejante poder, la tierra sería aún probablemente jungla y ciénagas.... Los espejos son indispensables para toda acción heroica o violenta. Por ello Napoleón y Mussolini insisten ambos con tanto énfasis en la inferioridad de las mujeres, porque si no fueran inferiores, ellos dejarían de agrandarse (Virginia Woolf).
Debemos subrayar que el feminismo de Virginia Woolf suponía la ampliación y no el rechazo de la sabiduría doméstica tradicionalmente cultivada por las mujeres. Sus libros más poéticos están salpicados de imágenes hogareñas extraídas de la cocina y del cuarto de los niños. Tampoco intentó, como lagunas feministas, minimizar la diferencia entre los sexos; todos sus escritos subrayan el hecho de que hombres y mujeres son diferentes. Sin embargo, creía que la educación tradicional había marcado la línea divisoria entre ambos por un lugar erróneo, y que las mujeres habían sido excluidas de campos de actuación en que podían haber sobresalido (Herbert Marder).
La sociedad masculina había confinado a la naturaleza dentro de rígidas convenciones: el intelecto masculino había estrechado tanto el ámbito de la experiencia imponiendo demasiado arbitrariamente sus categorías. El orden era necesario y deseable, pero este énfasis extremado en el sistema equivalía a una enfermedad del espíritu. Los sedimentos de los hábitos, combinados con el interés propio, había endurecido lentamente la estructura social; el andamio pensado para sustentar la vida se había convertido en un medio para aprisionarla. Las herramientas de análisis, en manos de académicos y especialistas, se habían convertido en grilletes. Para las mujeres, libres de lealtades irreales, "hacia los viejos colegios.... las viejas iglesias, las viejas ceremonias y los viejos países" , los valores de la sociedad patriarcal parecían casi incomprensibles (Herbert Marder).
Feminismo y arte. Un estudio sobre Virginia Woolf. Herbert Marder. Bogotá: Pluma. 1979.216 páginas.

El día del juicio

¿Quién lee para llegar al final, por deseable que éste sea? ¿Acaso no hay ocupaciones que practicamos porque son buenas en sí mismas, y placeres que son absolutos? ¿Y no está éste entre ellos? A veces he soñado que cuando llegue el Día del Juicio y los grandes conquistadores y abogados y estadistas vayan a recibir sus recompensas -sus coronas, sus laureles, sus nombres grabados indeleblemente en mármol imperecedero-, el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: "Mira, ésos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles, han amado la lectura".
Virginia Woolf, en El lector corriente II.

viernes, 17 de julio de 2015

El estilo en un asunto sencillo

El estilo es un asunto sencillo; todo es ritmo. En cuanto lo comprendes, no puedes equivocarte de palabras. Aunque por otra parte aquí estoy, después de media mañana, llena de ideas y visiones y cosas así, pero incapaz de verterlas por falta del ritmo adecuado. Esto sobre la esencia del ritmo es muy profundo y va mucho más allá de las palabras. Una visión, una emoción, crean esta ola en la cabeza mucho antes de que surjan las palabras apropiadas. Y al escribir (esto es lo que creo ahora) uno tiene que recapturar esto y asentar este funcionamiento (que aparentemente no tiene nada que ver con las palabras), de modo que después, cuando se fragmenta y rueda por la cabeza, crea las palabras adecuadas.
Virginia Woolf a Vita Sackville-West.

Las horas

Sólo el cielo sabe por qué lo amamos tanto. (La señora Dalloway)
Quería escribir sobre todo, sobre la vida que tenemos y las vidas que hubiéramos podido tener. Quería escribir sobre todas las formas posibles de morir. (La señora Dalloway)
La sorprende como la sorprendería un objeto raro y extraordinario, una obra de arte; por la sencilla razón de que sigue siendo, a través del tiempo, pura y simplemente él mismo. (La señora Dalloway)
Cuando vio este nuevo libro sobre su mesa de noche, apilado sobre el que había terminado la noche anterior, estiró la mano automáticamente, como si leer fuera la primera y única tarea evidente del día, la única forma viable de negociar el tránsito del sueño al deber. (La señora Brown)
Leonard, el brillante e incansable Leonard, que se niega a distinguir entre un retraso y la catástrofe; que venera el éxito sobre cualquier cosa y que resulta insoportable para los demás porque cree genuinamente que puede arrancar de raíz y reformar todas las manifestaciones de la irresponsabilidad y de la mediocridad humanas. (La señora Woolf)
Los hombres puede preciarse de escribir honesta y apasionadamente sobre los movimientos de las naciones; pueden pensar que la guerra y la búsqueda de Dios son los únicos temas de la gran literatura; pero si la posición de los hombres en el mundo tambaleara por un sombrero mal escogido, la literatura inglesa cambiaría dramáticamente. (La señora Woolf)
No tengo tiempo de describir mis planes, Debería decir muchas cosas sobre las horas y mi descubrimiento; cómo excavo hermosas grutas detrás de mis personajes; creo que eso plasma exactamente lo que quiero; humanidad, humor, hondura. La idea es que las grutas conecten entre sí, y cada una sale a la luz del día en el momento presente. (Virginia Woolf)
Piensa que Clarissa Dalloway se matará por algo que en la superficie no parece gran cosa. Su fiesta será un fracaso, o su esposo se negará una vez más a admitir algún logro en relación con ella misma o con su hogar. El truco estará en transmitir intacta la diminuta pero real desesperación de Clarissa; en convencer al lector sin lugar a dudas de que para ella las derrotas domésticas son tan devastadoras como las batallas perdidas por un general. (La señora Woolf)
Estas dos muchachas crecerán hasta llegar a la edad madura y después a la vejez, y se marchitarán o se hincharán; los cementerios donde serán enterradas eventualmente se volverán ruinas donde la hierba crecerá salvaje y los perros merodearán de noche; y cuando no quede nada más de estas muchachas que unas cuantas calzas perdidas bajo tierra, la mujer en el remolque, ya sea que se trate de Meryl Streep o de Vanessa Redgrave o incluso de Susan Sarandon, aún será conocida. Existirá en archivos, en libros; se guardarán las grabaciones de su voz en otros objetos preciosos y venerados. (La señora Dalloway)
Sí, piensa Clarissa, es hora de que el día termine. Damos fiestas; abandonamos a nuestras familias para irnos a vivir solos a Canadá; luchamos por escribir libros que no cambian el mundo a pesar de nuestros talentos y de nuestros generosos esfuerzos, de nuestras extravagantes expectativas. vivimos nuestras vidas, hacemos lo que sea que hagamos, y después dormimos -es así de fácil y ordinario. Unos cuantos saltan por una ventana o se ahogan o toman pastillas; muchos más mueren por accidente; y la mayoría de nosotros, la gran mayoría, somos devorados lentamente por alguna enfermedad, o si somos afortunados, por el tiempo mismo. No nos queda más que este consuelo: una hora aquí y allá en la que nuestras vidas se abren en una explosión, contra todas las posibilidades y todas las expectativas y nos ofrecen todo lo que jamás imaginamos, aunque todos excepto los niños (y quizás ellos también) saben que a estas horas inevitablemente seguirán otras más oscuras y más difíciles. Y sin embargo, amamos la ciudad, la mañana, más que nada, tenemos la esperanza de más. (La señora Dalloway)
No comer es un vicio, una especie de droga: con el estómago vacío se siente limpia y veloz, con la cabeza despejada, lista para la pelea. Toma un sorbo de café, baja la taza, estira los brazos. Levantarse a lo que parece ser un buen día, prepararse para trabajar pero no embarcarse todavía, resulta una de las experiencias más singulares. En este momento las posibilidades son infinitas, tiene muchas horas por delante. Su mente canturrea. Es posible que esta mañana logre atravesar el ofuscamiento, las tuberías atascadas, y llegar al oro. Lo siente en su interior, un segundo yo prácticamente indescriptible, o más bien un yo paralelo, más puro. Si fuera religiosa, lo llamaría el alma. Es más que la suma del intelecto y de sus emociones, más que la suma de sus experiencias, aunque corre por las tres como venas de metal brillante. Es una facultad interior que reconoce los misterios que animan el mundo porque está hecha de la misma sustancia y cuando es muy afortunada es capaz de escribir directamente a través de esa facultad. La satisfacción más profunda que conoce es escribir en ese estado, pero su capacidad de hacerlo viene y se va sin previo aviso. A veces levanta la pluma y la sigue con su mano mientras se mueve por el papel; a veces levanta la pluma y descubre que es sólo ella, una mujer con una bata de estar en casa y una pluma en la mano, temerosa e incierta, apenas competente, sin ninguna idea de dónde empezar o qué escribir. (La señora Woolf)
Las Horas. Michael Cunningham. Bogotá: Norma. 2000. 281 páginas.